La sensación de agotamiento constante, esa fatiga mental que nos acompaña incluso después de días de descanso, se ha convertido en una de las epidemias silenciosas de nuestro tiempo. Parece que todos a nuestro alrededor, incluidas nosotras mismas, luchamos contra una presión invisible para estar siempre al máximo, rindiendo al cien por cien. Pero, ¿y si esta lucha fuera en realidad una trampa, un error de percepción que nos aboca directamente a la depresión?
A veces, las grandes revelaciones llegan de la mano de los pensadores menos convencionales. En un giro que nos hará reconsiderar todo lo que creíamos saber sobre la salud mental, un filósofo surcoreano ha puesto el dedo en la llaga, señalando una causa que pocas veces contemplamos. Su tesis es tan contundente que ha cautivado la atención de millones de personas y podría ser la solución al malestar colectivo que padecemos.
Hablamos de Byung-Chul Han, una de las voces más lúcidas y críticas de la actualidad, que ya hace años advirtió sobre un fenómeno oculto en su célebre ensayo «La sociedad del cansancio». Su afirmación es radical y nos interpela directamente: «La depresión es la enfermedad de una sociedad que sufre de excesiva positividad». (Sí, nosotros también alucinamos con la frase por su carga de verdad).
La trampa de la autoexigencia ilimitada
Esta visión rompe con la narrativa dominante que nos invita a abrazar la positividad a toda costa, sin filtros ni matices. Para Han, el alarmante aumento de los casos de depresión no es casual, sino una consecuencia directa de una cultura obsesiva con el rendimiento, la superación personal y el mantra de «sentirse bien» permanentemente. Nos exigen una mejor versión de nosotras mismas cada día, sin un final visible.
Si antes los límites nos venían de fuera, de las autoridades o las estructuras sociales, ahora la presión se ha desplazado hacia el individuo. Somos nosotras mismas quienes nos imponemos un listón casi inalcanzable, alimentadas por mensajes motivacionales que prometen que «todo es posible» y que «tú puedes» lograr cualquier objetivo. Esta narrativa, lejos de empoderar, puede acabar siendo una fuente inagotable de ansiedad y agotamiento.
La verdadera alarma es que, en una sociedad donde nada parece imposible, el fracaso se convierte en un reproche directo hacia una misma. Es una batalla interior que nos está pasando una factura demasiado cara.
Cuando estas expectativas no se cumplen, el fracaso ya no se atribuye a factores externos o al contexto, sino que se transforma en un reproche interno, una crítica feroz hacia la propia persona. Esta dinámica genera una intensa batalla interior, una guerra del ser contra sí mismo, que según Han, explica por qué el cansancio y la depresión ocupan un lugar tan central en nuestra vida moderna.
La crítica de Han sitúa la salud mental dentro de una reflexión mucho más amplia sobre la sociedad contemporánea, aquella que venera la productividad por encima de todo. Es esta obligación implacable de rendir, progresar y alcanzar metas de manera permanente la que nos empuja hacia un abismo de autoexigencia destructiva, haciéndonos sentir que nunca somos lo suficientemente buenas. (Y nuestro cerebro nos lo hace notar con agotamiento).
El imperativo del «tú puedes» y sus consecuencias virales
El filósofo subraya una paradoja escalofriante: «La queja de un individuo depresivo, ‘nada es posible’, solo puede ocurrir en una sociedad que piensa que ‘nada es imposible’». Este imperativo del «tú puedes» se convierte en la cara más peligrosa de una positividad mal entendida. Al eliminar los límites de la realidad, el sistema nos hace creer que cualquier fracaso es una responsabilidad exclusivamente individual.
Esta creencia genera sentimientos de culpa profundos, una ansiedad constante por no cumplir con los propios estándares impuestos y, finalmente, la depresión. Han, nacido en 1959 en Corea del Sur, entiende bien esta presión, ya que su país de origen, con sus duras exigencias de un capitalismo ligado al desarrollo tecnológico, se encuentra entre los países con las tasas de suicidio más altas del mundo.
Su biografía ya nos da una pista de su pensamiento: estudió filosofía, literatura y teología en las universidades alemanas de Friburgo y Múnich, y hoy es profesor en la Universidad de las Artes de Berlín. Esta formación le permite ofrecer una mirada crítica y muy detallada sobre el presente, plasmada en frases concisas y simples que, sin embargo, tienen un impacto definitivo en quien las lee.
Desmontar la positividad tóxica, el truco definitivo
Su análisis nos ofrece una perspectiva imprescindible para entender lo que quizás ya sentíamos pero no sabíamos verbalizar. Byung-Chul Han pone la lupa sobre esta «positividad tóxica» que, con la mejor de las intenciones, nos ha arrastrado hacia una cultura de la autoexigencia donde no hay espacio para el descanso ni la vulnerabilidad. (Y sí que debería haberlo, y mucho).
Entender este fenómeno es un primer paso vital para desmontar las expectativas irreales que nos ahogan. No es que la positividad sea mala en sí misma, sino que su versión extrema, el imperativo de ser «siempre feliz» y «siempre capaz», es lo que nos hace daño. La reflexión de Han es un truco para mirar más allá de la superficie y comprender las fuerzas más profundas que modelan nuestro bienestar.
En un mundo donde las redes sociales amplifican esta cultura del rendimiento perfecto, su voz es un faro que nos invita a la desaceleración y a la reevaluación de nuestro papel en esta sociedad. Esta perspectiva nos da el poder de cuestionar lo que nos hemos visto obligadas a aceptar como norma, y es una herramienta imprescindible para proteger nuestra salud mental. (Para nosotras, ha sido una revelación).
Así que, la próxima vez que sientas la presión de ser la mejor versión de ti misma, recuerda las palabras de Han. Quizás la solución no es esforzarse más, sino todo lo contrario: permitirse ser vulnerable, aceptar los límites y, simplemente, ser. ¿Qué te parece si comenzamos a desmontar esta presión hoy mismo?



