¿Imaginas vivir más de siete décadas en tu hogar, verlo transformarse contigo, ser testigo de tu propia vida entre esas cuatro paredes? Ahora, imagina que de la noche a la mañana, ese hogar, tu santuario, te sea arrebatado. Esta es una realidad cruel que la filósofa Simone de Beauvoir advirtió hace más de medio siglo, y que hoy es más palpable que nunca.
De Beauvoir alzó la voz en 1970 con su obra «La vejez», revelando una verdad incómoda: la sociedad tiene la capacidad de condenar a los mayores a la miseria y la desesperación. Nos obligó a mirar de frente a aquellos que la sociedad había decidido olvidar. Pero, ¿qué pasa cuando esta advertencia se materializa de la forma más brutal, afectando a la persona que menos lo esperaba?
La historia de Maricarmen Abascal, de 87 años, es el retrato fiel de esta profecía. Después de cuatro intentos, ha sido desahuciada de su piso, el mismo donde ha vivido más de siete décadas. Una empresa compró la propiedad y, tras respetar inicialmente un alquiler de 500 euros, lo elevó hasta los 1.600 euros mensuales. Hoy, Maricarmen duerme en una cama de hospital, sin hogar, esperando una solución.
La vejez: una construcción social, no un destino físico
De Beauvoir no se equivocó. Argumentó con firmeza que la vejez es una condición social, no solo un proceso físico. El cuerpo envejece, eso es innegable, pero hemos permitido que la sociedad asocie esta etapa a términos como pobreza, abandono, soledad y estigma, que nada tienen que ver con la edad en sí misma. (Sí, nosotros también pensamos que es una barbaridad).
La pensadora sentenció con claridad: «La sociedad condena deliberadamente a las personas mayores a la miseria, las viviendas precarias, la enfermedad, la soledad y la desesperación». Esta frase es un golpe a la conciencia colectiva. Es crucial entender que hay una diferencia abismal entre la limitación física y la exclusión social. Esta última es una consecuencia directa de cómo organizamos nuestra vida en común, transformando la vejez en una condena.
No es la edad lo que te roba la vida, es la sociedad que te obliga. Lo que le ha pasado a Maricarmen es un espejo de lo que puede pasarle a cualquiera.
Pensemos en esta mujer que ha trabajado toda la vida y, al jubilarse, se encuentra sola y desprotegida. O como Maricarmen, obligada a abandonar su hogar, alejándose de todo aquello que conoce y ama. De Beauvoir nos hace una pregunta incómoda: ¿cuánto de esta pérdida de autonomía es inevitable y cuánto depende de los medios que les hemos negado? Es un error pensar que es solo una cuestión de años.
El engaño de la ‘jubilación dorada’ y la exclusión positiva
Beauvoir va un paso más allá y nos invita a reflexionar sobre cuándo comienza realmente la precariedad de una persona. Quizás muchas de las privaciones que se evidencian en la vejez comenzaron mucho antes, y la jubilación simplemente las hace visibles. Esta es una verdad dura, pero necesaria para entender el problema oculto de nuestra sociedad.
Imagina a alguien que ha pasado décadas trabajando sin parar, con poco tiempo y poco dinero para cultivar intereses o relaciones fuera del trabajo. Cuando llega la jubilación, esa rutina desaparece, y lo que encuentra no es libertad. Es una falta de recursos para disfrutarla, una ausencia de aficiones y, lo más importante, una falta de relaciones significativas. El trabajo y el cansancio ya no pueden esconder lo que nunca tuvo tiempo de construir.
Por si no fuera suficientemente complejo, la sociedad a menudo mira hacia la vejez y, en lugar de apartar la mirada, la eleva a un altar. Este fenómeno, que De Beauvoir llama exclusión positiva, es igualmente peligroso. Podemos excluir a una persona mayor tanto menospreciándola como idealizándola. La primera forma es más obvia: hablarles como a niños, robarles las decisiones, asumir que no saben nada.
La segunda, sin embargo, es más sutil y, por tanto, más difícil de combatir. Es la exclusión de quien coloca a sus abuelos en un pedestal, creyendo que ya están por encima de cualquier deseo, emoción o ilusión. La imagen del «anciano sabio» que no deja espacio para que la persona real que está detrás de la edad pueda ser quien es. Este es un truco mental que nos impide ver la verdad.
El pacto de silencio que nos condena a todas
Finalmente, convertimos la vejez en una condición social cuando apartamos la mirada. De Beauvoir lo llamó «la conspiración del silencio«, refiriéndose a nuestra tendencia compartida de no querer enfrentarnos a cómo viven muchas personas mayores, ni escuchar lo que tienen que decir. ¿Por qué nos cuesta tanto escuchar? Porque nos obliga a aceptar dos verdades incómodas.
La primera, que nosotros también llegaremos allí. La segunda, y quizás la más alarmante, es que si sabemos que alguien vive en condiciones indignas, ya no podemos afirmar con la conciencia tranquila que nuestra sociedad trata a todos con igual respeto. El caso de Maricarmen es un impulso definitivo que nos obliga a esta reflexión. Esta es una urgencia que nos afecta a todas.
Las reflexiones de Simone de Beauvoir son, lamentablemente, de una actualidad punzante. La manera como está configurada nuestra sociedad nos aboca a una vejez indigna, conduciéndonos a la miseria, las viviendas precarias, la enfermedad, la soledad y la desesperación. Y lo hace con la complicidad de una sociedad que prefiere mirar hacia otro lado.
El caso de Maricarmen no es aislado, es un grito de alarma que nos afecta a todos. Ha puesto de manifiesto una realidad que no podemos continuar ignorando. Las cosas tienen que cambiar, y la vejez debe dejar de ser una condición indigna. Debemos comenzar a luchar por aquellos que ya lo han dado todo a esta sociedad en la que vivimos. ¿Estamos preparadas para afrontar el reto?
