Volver a la rutina después de las vacaciones o enfrentarnos a tareas que se acumulan puede parecer una montaña insuperable. Sentimos una falta de motivación que nos frena, ya sea para ir al gimnasio, comer mejor o, sencillamente, para empezar ese proyecto pendiente. Pero, ¿qué pasa realmente dentro de nuestra cabeza cuando nos decimos “no tengo ganas”?
La respuesta la tiene la doctora en neurociencia Ana Asensio, y es más alarmante de lo que parece. Nuestra mente no es perezosa por naturaleza; simplemente está haciendo un cálculo costosísimo. Cuando el cerebro percibe una tarea con mucho coste y poca recompensa inmediata, la tendencia a posponer todo aumenta de forma dramática.
Asensio, psicóloga y experta en estos complejos mecanismos cerebrales, nos revela un patrón que compartimos la mayoría. Antes de que seamos conscientes, nuestro cerebro ya ha valorado el esfuerzo, la recompensa, el tiempo que tardará en llegar e incluso la emoción que anticipa. Y aquí radica el problema: solemos priorizar aquello que nos aporta un beneficio inmediato.
¿Por qué nos cuesta tanto arrancar?
Si el cerebro detecta un coste muy alto, una recompensa escasa, incertidumbre o miedo a equivocarse, directamente activa el modo «aplazamiento». (Sí, esta es la cruda realidad). Las áreas prefrontales, encargadas de la planificación y el mantenimiento de metas, se encienden, junto con los circuitos de recompensa donde la dopamina juega un papel fundamental.
Pero, atención, la dopamina no es solo «la molécula de la motivación» como muchas veces se la conoce simplistamente. La doctora Asensio aclara que su funcionamiento es mucho más complejo, participando en el aprendizaje y en la valoración de si el esfuerzo que debemos hacer vale la pena. No aparece solo con la alegría, es un jugador clave en nuestra decisión de actuar.
Además de estos circuitos cerebrales, hay otros factores que minan nuestra voluntad. Dormir mal, vivir bajo estrés constante, la sobrecarga de decisiones diarias, un duelo, ansiedad o depresión, o incluso asociar una tarea a la crítica, pueden ser detonantes. (¿Ves? No es solo «pereza», nuestro cerebro está gestionando una información brutal).
Lo que muchas veces llamamos pereza, en realidad, puede ser agotamiento, miedo al fracaso o perfeccionismo. Antes de exigirnos más, debemos preguntarnos qué peso tiene esta tarea para nosotros y qué estamos anticipando.
Es viral pensar que la mente siempre busca el ahorro de energía. Pero llamarlo simplemente «pereza» es injusto y poco útil. Influyen los hábitos, el cansancio real y nuestro estado emocional. Si estamos agotadas, el cerebro busca la recompensa inmediata: el móvil, una serie, cualquier cosa que nos dé placer con poco esfuerzo. (Nos entiende perfectamente).
El truco oculto para activarte
Aquí llega la revelación que nos cambiará la vida: la clave no es esperar la motivación para comenzar. (Sorpresa, ¿verdad?). Muchas veces, es exactamente al revés: el inicio de la acción es lo que facilita que aparezcan las ganas. La tarea deja de ser una idea gigante y aterradora en nuestra cabeza y se convierte en algo concreto, manejable, en movimiento.
Cuando damos este primer pequeño paso, recibimos información real. Comprobamos que quizás no era tan difícil, percibimos un cierto avance y eso aumenta nuestras ganas de continuar. Es como cuando nos ponemos las zapatillas para salir a caminar sin ganas, y diez minutos después sentimos que podríamos seguir un poco más. Este es el secreto definitivo para ganar la batalla a nuestro cerebro.
Por lo tanto, esperar a tener ganas puede dejarnos en una espera infinita. Dar un primer paso, por pequeño que sea, permite que la motivación nos atrape por el camino. Esto no significa obligarnos si estamos realmente agotadas, sino comprender que la motivación no es siempre el punto de partida. (Una verdad incómoda pero liberadora).
Pequeños pasos para grandes cambios
La psicóloga nos ofrece unos trucos imprescindibles para activarnos. El primero: dejar de mirar la tarea completa y decidir solo cuál es el primer movimiento. En lugar de pensar en estudiar un tema entero, podemos decirnos: «a las cinco abriré el libro y leeré dos páginas». Así, el sistema recibe «pequeños pagos» de éxito que mantienen el motor en marcha.
¿Cuántas veces decimos «tengo que ponerme en forma» y no hacemos nada? La frase en sí es pesada. Pero, si preparamos la ropa y nos proponemos caminar diez minutos, la cosa cambia. Asensio subraya la importancia de concretar: cuándo, dónde y cómo comenzaremos, preparar lo que necesitamos con antelación, reducir las distracciones y fijar un tiempo limitado. Esto nos permitirá entrar en la tarea sin sentirnos atrapadas horas.
Otro error que nos frena es la búsqueda de la perfección. Muchas personas posponen no por falta de capacidad, sino porque creen que desde el primer minuto deben hacerlo «muy bien». Permitirnos comenzar de manera imperfecta es una liberación. Además, cuidar el sueño, hacer pausas y no sobrecargarnos diariamente es vital, ya que no podemos pedir claridad a una mente exhausta.
Si sabemos que debemos hacer algo y perdemos el tiempo mirando el móvil, terminaremos más saturadas y con una sensación de culpa mayor. El truco para alimentar la motivación es precisamente este: ponerse a trabajar con aquello que debemos hacer, comenzando con un pequeño paso, sin presiones innecesarias y fijando una meta pequeña que nos animará a continuar. (Es nuestro ahorro de bienestar).
Ahora que conoces estos mecanismos de tu propio cerebro, ¿qué harás con esta información de valor? ¿Comienzas hoy mismo tu primer pequeño paso?
