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Un psicólogo explica por qué pedir perdón por todo no es educación: «Tienen problemas de autoestima»

Seguro que conoces a alguien que pide disculpas incluso cuando alguien más tropieza con él en la calle. O tal vez tú mismo eres de aquellos que comienzan cada frase en el trabajo con un «lo siento». Creemos que somos educados, pero la realidad es mucho más oscura.

La psicología clínica acaba de lanzar una advertencia contundente sobre este comportamiento tan habitual. No se trata de cortesía, ni de respeto, ni de tener una sensibilidad especial hacia los demás. Es una bandera roja de manual.

Esta necesidad casi física de pedir perdón por existir esconde un mecanismo de defensa psicológico bastante nocivo. Cuando lo haces, estás enviando un mensaje muy claro a tu cerebro, y no es precisamente un mensaje de poder.

La trampa del escudo protector

Los expertos en salud mental coinciden en señalar que este hábito es en realidad un escudo preventivo. Pides perdón antes de que alguien pueda enfadarse contigo, juzgarte o, lo que es peor, rechazarte.

Es un comportamiento que nace del miedo al conflicto. (Sí, a nadie le gusta discutir, pero evitarlo a cualquier precio tiene un costo personal altísimo). En lugar de afrontar una posible discrepancia, prefieres asumir una culpa que no te pertenece.

El perfil de la persona que abusa de las disculpas suele coincidir con lo que en psicología se llama people pleaser o cumplidor sistemático. Son personas que necesitan la aprobación externa constante para sentir que tienen algún valor.

El diagnóstico de los psicólogos: Un problema de autoestima

La ciencia del comportamiento lo tiene claro. Detrás de esta tendencia casi compulsiva hay una autoestima debilitada que busca refugio en la sumisión social. No te sientes lo suficientemente seguro de tus acciones ni de tus palabras.

Cuando pides perdón sin motivo, estás devaluando tu propio criterio. Estás diciéndole al mundo que tu presencia, tu opinión o tu espacio son una molestia para los demás. Y lo peor es que la gente a tu alrededor acaba creyéndolo.

Este desgaste diario genera un círculo vicioso muy peligroso. Cuantas más disculpas pides, más pequeña se hace tu autoestima, y cuanto más pequeña es tu autoestima, más necesidad sientes de volver a pedir perdón.

Cómo afecta tu vida profesional y personal

En el trabajo, este hábito puede ser completamente demoledor para tu carrera. Un empleado que pide perdón constantemente es percibido como alguien poco preparado, inseguro o incapaz de asumir responsabilidades con firmeza.

En el ámbito de la pareja o de la amistad, la situación no es mejor. Generas una dinámica de poder totalmente desequilibrada donde tú siempre estás por debajo. Esto invita, casi sin querer, a que los demás se aprovechen de tu vulnerabilidad autoimpuesta.

La buena noticia es que este comportamiento es aprendido, lo que significa que también se puede desaprender. Solo necesitas comenzar a prestar atención a tus palabras y a cambiar el chip mental.

El método para cambiar el «perdón» por el «gracias»

La transición no es fácil, pero hay un truco psicológico muy potente que puedes comenzar a aplicar hoy mismo. Consiste en transformar tus disculpas vacías en agradecimientos reales.

En lugar de decir «perdón por llegar tarde», prueba con un «gracias por esperarme». En lugar de decir «perdón por molestar con esta duda», utiliza un «gracias por tu tiempo». El cambio de perspectiva es brutal.

Con este pequeño cambio de vocabulario, dejas de pedir permiso para existir y comienzas a validar tu presencia. Tu interlocutor ya no recibe una vibración de inseguridad, sino de respeto y colaboración.

Tu nueva relación con el error

Debemos perder el miedo a equivocarnos y, sobre todo, a no ser perfectos. Pedir perdón es un acto noble y necesario cuando realmente hemos causado un daño o hemos cometido un error grave, pero no puede ser tu respuesta por defecto ante la vida.

La próxima vez que sientas el impulso de pedir disculpas porque alguien te ha empujado en el metro o porque quieres hacer una pregunta en una reunión, frena un segundo. Respira profundamente.

No has hecho nada malo. No estás molestando a nadie. Tienes derecho a ocupar tu espacio, a opinar y a equivocarte sin tener que pedir clemencia constantemente a la sociedad.

Dejar de pedir perdón por todo es el primer paso para comenzar a respetarte a ti mismo. Y tú, ¿cuántas veces has pedido disculpas hoy sin ningún motivo real?

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