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No la ignores: la ansiedad siempre nos viene a explicar algo esencial, afirma el psiquiatra Alejandro Martínez Rico

¿Te has sentido alguna vez atrapado en un ciclo de preocupación constante? Esa sensación de no llegar a todo, de estar siempre en alerta, como si un incendio estuviera a punto de quemar tu vida. Nosotros lo hemos vivido.

La verdad es que esta tensión no es casual. Hay una realidad oculta detrás de esta epidemia de angustia que nos consume en silencio cada día. Y la mayoría ni siquiera lo sabe.

El Dr. Alejandro Martínez Rico, un psiquiatra que no tiene pelos en la lengua, lo ha dejado clarísimo. Afirma que la ansiedad no es un problema aislado, sino el precio que pagamos por vivir en una sociedad frenética que no sabe frenar. Según él, un impactante ochenta por ciento de las patologías que se tratan en la consulta psiquiátrica están directamente relacionadas con ella. (Sí, nosotros también alucinamos). Lo revela en su libro Ansiedad, ¡déjame en paz!, un manual imprescindible para cualquiera que quiera recuperar la paz interior.

La ansiedad: el precio que pagamos por la vida moderna

Vivimos en un remolino sin fin. La presión por rendir, conectar y ser perfectos es tan grande que, sin darnos cuenta, nuestro cuerpo y mente se agotan. Este ritmo tiene un coste altísimo para nuestra salud, y la ansiedad es su mensajero más fiel.

¿La prueba? España lidera el ranking mundial de uso de fármacos para dormir y calmar la angustia. Un dato alarmante que nos debe hacer reflexionar sobre nuestra dependencia de las pastillas. El Dr. Martínez Rico es contundente: aunque puedan ser un salvavidas en momentos extremos, su utilización indiscriminada y a largo plazo es un error que pagamos caro. (Deberíamos recordarlo más a menudo).

Estos fármacos generan una dependencia y tolerancia enormes. Nuestro cuerpo se vuelve resistente, exigiendo dosis más grandes. Existen alternativas. Se necesitan herramientas para equilibrar la balanza sin tener que recurrir siempre a la vía rápida. Hay fármacos que no crean adicción, una solución más inteligente que las benzodiazepinas.

El peligro oculto de las pantallas en nuestra juventud

La ansiedad no entiende de edades. La tasa en menores de veinticinco años se ha disparado de forma exponencial. Una realidad que nos golpea directamente. El psiquiatra señala claramente a los culpables: las pantallas y la hiperconexión en las redes sociales tienen un papel fundamental en esta pandemia silenciosa.

Pero no solo las pantallas. También está la sensación de un «futuro cancelado». La precariedad laboral y la imposibilidad de emanciparse frustran los sueños de una generación entera. Que nuestros niños y adolescentes carguen con una mochila tan pesada es para reflexionar profundamente. No tienen los mecanismos psicológicos para discernir lo que es real y lo que no. Las comparaciones físicas con modelos imposibles son una constante en las consultas.

Los móviles, entregados a edades muy tempranas, son una auténtica llave que abre todas las puertas, para bien y para mal. Muchos estudios científicos demuestran que cuántos más minutos pasan los jóvenes en las redes sociales, menos felices son. Por eso, es imprescindible que como padres controlemos la duración y el contenido. Es una inversión en su salud mental.

Las mil caras de un enemigo silencioso

La ansiedad es un verdadero camaleón. Puede esconderse detrás de cualquier síntoma físico imaginable. Mareos, tinnitus, taquicardias, pérdidas de memoria, dolor de espalda, dolor de cabeza… Las señales físicas son las más visibles, pero la mente también sufre un asedio constante. Miedo intenso, preocupación incesante, estar siempre en alerta. Vivir como si hubiera un incendio en casa, aunque no haya fuego, sale muy caro a todos los niveles.

¿Cómo podemos bajar el volumen de estos pensamientos tormentosos? El primer paso es identificar los famosos «y si…». «¿Y si a mi hijo le pasa algo?», «¿Y si tengo un accidente?», «¿Y si este bulto es un tumor?». La mente ansiosa adora plantear escenarios catastróficos. El Dr. Martínez Rico nos da un truco: poner esos «y si…» en cuarentena. Cuando te atormentan, programa un «tiempo de preocupación». De cinco a diez minutos al día, acostado en la cama, para darles curso. Es un método efectivo.

La ansiedad, en sí misma, no es mala. Es una emoción necesaria. Es como la luz del cuadro de mando del coche que te indica que debes prestar atención a algo. Ignorarla hará que la avería sea mayor. Nos dice que bajemos el ritmo, que no debemos estar en todo, que dejemos de sobrepensar. Debemos escucharla, siempre nos viene a explicar algo esencial.

El perfeccionismo es otro gran error. No llegamos a todo. A veces es mejor que nuestros hijos desayunen unas lentejas de bote si eso significa tener una madre o un padre feliz. Exigir que todo sea perfecto nos bloquea. La ansiedad es un tren con destino a la depresión, y nosotros decidimos en qué estación bajamos. Si ignoramos las señales, nuestro cuerpo se obligará a parar. Nos enviará una tristeza y un agotamiento tan grandes que solo querremos quedarnos en el sofá. No debemos esperar a llegar a este punto.

Herramientas (¡gratis!) para desconectar la alarma

La buena noticia es que hay muchas herramientas a nuestra disposición, y muchas de ellas son gratuitas y están al alcance de la mano. La naturaleza, por ejemplo, es una auténtica farmacia. El sol, los baños de bosque… Los árboles liberan fitoncidas, unos ansiolíticos naturales que aumentan nuestras defensas y nos reconectan con esa parte de nosotros que las ciudades nos han robado. Caminar por la playa o hacer deporte al aire libre son soluciones probadas. El ejercicio físico moderado tres veces por semana tiene un poder antidepresivo y ansiolítico mayor que cualquier fármaco o terapia.

El contacto social es también imprescindible. El mayor estudio sobre la felicidad demuestra que lo que realmente nos hace felices no es poseer cosas, sino la calidad de nuestras relaciones. Contar con buenos amigos, sentirnos parte de un grupo, disfrutar de esa oxitocina que se libera cuando estamos bien acompañados. (O con un animal con quien tengamos un vínculo. Esta conexión también es preciosa y curativa).

Nuestro botón de emergencia cuando estamos desbordados es la respiración. Es gratis y la llevamos siempre encima. Cuando estamos nerviosos, respiramos con el pecho de forma rápida y superficial. El error es común. Hay que hacer lo contrario: respiración diafragmática. Imagina que tienes un globo en el vientre que se infla cuando inhalas y se desinfla lentamente por la boca. Un truco infalible.

La alimentación también juega un papel clave. El omega 3, por ejemplo, es milagroso para nuestra salud mental. Una dieta equilibrada, alejarnos de los ultraprocesados y aparcar el azúcar es vital. El azúcar aniquila nuestra microbiota, nuestro «segundo cerebro», que fabrica el noventa por ciento de la serotonina. Lo que comemos impacta directamente en nuestra felicidad.

El secreto definitivo para ganar la batalla

Debemos cuidarnos, pero sin caer en la obsesión. Mucha gente hace de todo — come sano, respira conscientemente, camina — y aun así, no se encuentra bien. El error es que, al intentar hacer «más y más», sumamos estrés y nos bloqueamos. Soltar no es rendirse ante la vida; es confiar.

Queremos controlarlo todo en un mundo que es, por definición, impredecible. Muchas personas con ansiedad tienden a ser obsesivas y cuadriculadas, a tenerlo todo ordenado. Esto está bien para muchas cosas, pero llevado al extremo, juega en contra nuestra. La flexibilidad cognitiva, que es entender que a veces está bien fluir, improvisar y vivir en el presente sin tener que estar adivinando los peligros futuros, nos ayuda a quitarnos una carga muy pesada. Este es el secreto definitivo.

La ansiedad es una señal, no una sentencia. Ignorarla es el peor error que podemos cometer. El tren de la depresión ya espera. No dejes que el agotamiento se apodere de ti. Tienes en tu mano el poder de hacer un cambio imprescindible.

Acabas de descubrir las herramientas clave para recuperar el control. Esta lectura es tu primer paso hacia una vida más libre y serena. ¿Te atreves a hacer el cambio?

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