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Leticia Martín Enjuto, psicóloga: «Ceder el paso en una cola revela algo más que educación, es tener en cuenta al otro»

Todas hemos estado allí. Con nuestra cesta de la compra, llenas de prisa, viendo cómo el carro gigante de delante se vacía lentamente en la cinta de la caja. La impaciencia se nos pega, y automáticamente calculamos los minutos perdidos. Pero de repente, la magia: la persona de delante se gira con una sonrisa y dice: «Pasa tú, que solo llevas una cosa».

Un simple gesto, ¿verdad? Una pequeña muestra de buena educación que ni siquiera registraríamos al final del día. Pero, ¿qué pasaría si te dijera que este instante, aparentemente trivial, es en realidad una ventana directa a nuestra humanidad más profunda y un indicador sorprendente de cómo estamos conectadas con el mundo?

La psicóloga Leticia Martín Enjuto, una de las voces más respetadas en bienestar emocional y colaboradora habitual de Cuerpomente, ha puesto nombre a esta conexión. Para ella, ceder el paso a alguien en una cola no es solo cuestión de modales. Es la capacidad innata (y a veces oculta) de ver las necesidades de los demás, incluso cuando chocan con nuestras propias urgencias. Es un secreto de la convivencia que puede cambiar nuestro día.

El verdadero valor de un gesto minúsculo

En el fondo, cuando tenemos prisa, nuestro enfoque se reduce a nosotras mismas. Pensamos en la hora, en la lista de tareas pendientes, en llegar a tiempo a todo. Es un mecanismo de supervivencia puro. Pero precisamente por eso, la renuncia voluntaria a esta comodidad, aunque sea por unos segundos, adquiere un valor incalculable. «No parece gran cosa», explica la directora del Centro de Psicología Leticia Martín Enjuto, «pero en ese pequeño momento estamos haciendo algo interesante porque estamos teniendo en cuenta a otra persona, aunque hacerlo suponga renunciar, aunque sea durante unos minutos, a nuestra propia comodidad». (Y sí, nosotras también alucinamos con la profundidad de esta idea).

Estas expresiones de empatía cotidianas son el motor silencioso que lubrica nuestras interacciones sociales. No hace falta conocer a la persona, ni su historia, ni sus problemas. Simplemente, somos capaces de imaginar que quizás ha tenido un mal día, que llega tarde, o que tiene una necesidad desconocida. Y ante esta posibilidad, tomamos la decisión de hacerle la vida un poco más fácil. Este es el truco más sencillo para conectar. Este es un indicador definitivo de nuestra inteligencia emocional.

Mi consejo es claro: La empatía no siempre es una emoción grandilocuente. A menudo se manifiesta en la valentía de salir de nuestro propio punto de vista por un instante, solo para ayudar.

El auténtico desafío de la empatía no es ser amables cuando nos resulta sencillo. El verdadero interés reside en el momento en que tenemos que elegir entre nuestro propio beneficio y facilitarle las cosas a otro. Ceder un turno, esperar un poco más, u abrir una puerta; son gestos que, aunque parezcan insignificantes, exigen la capacidad vital de trascender, aunque sea por un instante, nuestra perspectiva personal. Una solución brillante para la vida en sociedad, ¿no crees?

El poder inesperado de un «pasa tú»

No podemos olvidar la forma en que se siente la persona a quien le ceden el paso. La psicóloga Leticia Martín Enjuto subraya que «que alguien nos deje pasar cuando vamos con prisa, nos sostenga una puerta o tenga un poco de paciencia en un momento complicado puede parecer una tontería». Pero nos engañaríamos si lo creyéramos. Porque un gesto que para nosotros apenas ha supuesto un esfuerzo, puede aliviar considerablemente el día de alguien. Nunca sabemos el impacto real que tiene.

Vivimos en una sociedad donde a menudo parece que tenemos que llegar antes, conseguir más y aprovechar cada oportunidad que se nos presenta. En este contexto, decidir voluntariamente no aprovechar una pequeña ventaja para facilitar las cosas a otra persona tiene un valor especial. No se trata de renunciar siempre a lo nuestro, sino de demostrar que comprendemos que nuestras necesidades no son las únicas que existen. Esto marca una diferencia definitiva.

Empatía saludable: cuidarse sin olvidar al otro

Ahora bien, no se trata de olvidarnos de nuestras propias necesidades constantemente. «Esto no significa que una persona empática deba estar siempre cediendo», aclara Leticia Martín Enjuto. De hecho, es imprescindible diferenciar entre ser considerado y olvidarse de quiénes somos y qué necesitamos. Cuidar de los demás no debería implicar dejar de cuidarnos a nosotras mismas. La empatía saludable también permite decir «ahora no puedo» cuando realmente no podemos. Porque, al final, una empatía que nos agota, no es sostenible para nadie (y eso lo sabemos todas muy bien).

Estos pequeños gestos, estas decisiones de la micro cotidianeidad, son un barómetro de nuestro entorno. Son el reflejo de una sociedad que, a pesar de todo, aún valora la conexión y el apoyo mutuo. Y ante el ritmo frenético y el individualismo galopante, quizás es hora de reivindicar el poder viral de un simple «pasa tú» en la cola. ¿Nos atrevemos a volverlos a poner de moda?

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