La soledad nos atrapa. Una sensación cada vez más presente en nuestras vidas, incluso en medio del bullicio de la ciudad.
Pero, ¿qué pasa cuando la soledad se convierte en la única compañía? Un pastor español ha lanzado una advertencia que no podemos ignorar.
Jesús Sola, desde Tortuera, un pequeño pueblo de Guadalajara, vive una realidad muy diferente. Él conoce la soledad en su estado más puro: acompañado solo por animales, campos abiertos y un horizonte sin fin.
Y es precisamente esta experiencia la que le ha dado una perspectiva única y sorprendente sobre sus límites. Su revelación nos toca de pleno (y nos hace reflexionar).
Sola lo compartió en el podcast «Morir de Éxito», en un episodio titulado «La vida que ya nadie quiere: pastor de ovejas en un pueblo vacío». Allí dijo la frase que nos debe hacer abrir los ojos.
A veces la soledad es buena. En exceso no porque te vuelves loco, pero es necesaria para encontrarse a uno mismo.
Una verdad incómoda que nos hace cuestionar todo lo que sabíamos sobre el hecho de estar solo. ¿No es la soledad un estado idílico para desconectar? Sí, pero tiene una fecha de caducidad que puede ser peligrosa para nuestra salud mental.
La verdad incómoda de la soledad extrema
Para Jesús, estar solo no siempre es estar aislado. De hecho, en dosis controladas, es un espacio esencial para poner orden a los pensamientos. Un lugar para observar nuestro entorno, pero también para reconectar con nuestro yo interior.
Una práctica casi imposible en la vida acelerada que llevamos hoy en día. (Nosotros también lo sentimos, el estrés nos devora).
Pero atención: el pastor no idealiza el campo. No se trata de una vida de película. Esta misma conversación nos reveló el lado oscuro de este estilo de vida.
Es una profesión exigente, que requiere dedicación de lunes a domingo. El ganado no entiende de fines de semana, ni de horarios de oficina. El trabajo continúa sin pausa, según las necesidades de los animales. Y esto, hoy en día, es un problema real para encontrar relevo.
“La gente joven no quiere este trabajo”, confesó Sola. Una afirmación que muchas veces hemos oído, pero que ahora cobra un nuevo sentido. Su frase es aún más contundente:
El pastor es un oficio duro.
Una jornada puede comenzar con la salida del sol y terminar con la puesta. Esto, sumado a las inversiones importantes, la incertidumbre económica y la imposibilidad de desconectar, hace que muchos huyan de esta realidad.
La libertad que vale un tesoro (pero con condiciones)
A pesar de todas las renuncias, Jesús tiene muy clara su elección de vida. Para él, la libertad que encuentra en la montaña compensa todo el sacrificio. De hecho, asegura que le costaría muchísimo trabajar encerrado en un lugar sin ventanas.
Utiliza una imagen impactante que nos hace pensar: vivir «sin poder ver el horizonte» le produciría una sensación similar a estar en una prisión. Aquí la soledad, en su justa medida, se convierte en sinónimo de libertad.
Un concepto que, en un mundo cada vez más conectado y cerrado, se valora más que nunca. (Es nuestro secreto para la salud mental).
Pero la reflexión de Sola va más allá del plano personal. También reivindica el papel fundamental de los rebaños en el cuidado del territorio. No es solo un beneficio para su alma, sino para toda la comunidad.
En el podcast, defendió que ovejas, cabras y vacas ayudan a consumir vegetación. Esto mantiene la montaña más limpia y, sobre todo, más despejada. Una acción imprescindible ante el riesgo creciente de incendios, que en los últimos años han devastado parte de nuestro país.
Nuestro derecho a la «buena» soledad
Su defensa del pastoreo, por tanto, no es solo personal. Es una cuestión de responsabilidad colectiva. Cree que mantener las explotaciones ganaderas vivas no solo preserva oficios antiguos. También ayuda a conservar los pueblos y los paisajes rurales. (Es un truco oculto para nuestra supervivencia).
Aquí es donde su reflexión sobre la soledad adquiere una dimensión aún más grande. Jesús no dice que sea buena siempre. Tampoco que todos deban buscarla. Su advertencia es clara y urgente: el exceso es peligroso.
Lo que defiende son aquellos momentos en los que no hay ruido alrededor. Instantes en los que uno puede escucharse a sí mismo. Una experiencia que, para alguien que pasa tantas horas siguiendo un rebaño por la montaña, es parte inseparable de su manera de vivir.
Su sabiduría rural es una guía para todos nosotros. Nos recuerda que la conexión con uno mismo es tan vital como la conexión con los demás. Hay que encontrar ese punto de equilibrio.
Pero, ¿hasta qué punto estamos dispuestos a encontrar nuestra propia «buena» soledad?
