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Tres años del pacto españolista que convirtió Barcelona en una cuestión de Estado
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A las 16h del sábado 17 de junio de 2023, la historia del Ayuntamiento de Barcelona sumaba un momento político relevante. Un momento que se había decidido desde los despachos políticos de Madrid y que haría revivir en el Saló de Cent un capítulo vivido también en el año 2019. Barcelona en Comú, liderada por Ada Colau, desmentía los juramentos de días anteriores de que no investiría a Jaume Collboni, y anunciaba un frente españolista a tres bandas con la derecha del PP y el PSC para evitar que Barcelona tuviera un alcalde independentista. Hasta esa hora, una hora antes de que comenzara el pleno de investidura, el ganador de las elecciones, Xavier Trias, fruto de un pacto con la ERC de Ernest Maragall, debía recibir la vara de alcalde. Tres años después, ese episodio ha trascendido el debate estrictamente municipal y se ha convertido en uno de los grandes símbolos de la relación entre el Estado y el independentismo después del Procés.

Las elecciones del 28 de mayo de 2023 habían adquirido un carácter casi plebiscitario. Después de ocho años de gobiernos de Ada Colau, gran parte de la campaña se planteó como una confrontación directa entre dos modelos de ciudad y entre dos maneras de entender Barcelona. El candidato de Junts, el exalcalde Xavier Trias, logró capitalizar el desgaste de los comunes y se impuso en unas elecciones que muchos observadores interpretaron como un veredicto ciudadano sobre la etapa de Ada Colau. Pero como cuatro años atrás, Barcelona fue objeto de una operación política extraordinaria para impedir que una fuerza vinculada al independentismo gobernara la capital catalana.

Sesión de investidura de Jaume Collboni como alcalde de Barcelona. foto: Jordi Play
Sesión de investidura de Jaume Collboni como alcalde de Barcelona. foto: Jordi Play

La operación Valls, primer ensayo de la cuestión de Estado

Pero para entender el 2023 es necesario, de hecho, retroceder hasta el 2019. Ese año, el vencedor de las elecciones municipales fue Ernest Maragall. ERC lograba por primera vez imponerse en Barcelona y estaba a un paso de una alcaldía de gran valor simbólico. Pero la reacción fue inmediata. Manuel Valls, candidato impulsado por Ciutadans y convertido en referente del unionismo más militante en la ciudad, ofreció sus votos a Ada Colau -con la mediación activa del PSC- para evitar que el independentismo gobernara. Colau conservó la alcaldía de la mano de un primer frente españolista.

Aquel movimiento se presentó entonces como una decisión excepcional, justificada por las circunstancias políticas del momento, todavía marcadas por los efectos del 1 de Octubre y la tensión entre Cataluña y el Estado. Pero cuatro años después, cuando Trias ganó las elecciones, Barcelona asistió a una secuencia extraordinariamente similar. Y el argumento oficial del partido de Colau era detener a la derecha con un pacto con la derecha. La perversión Valls se repetía con la operación Collboni gestada desde la capital del Estado. Y pocos días después, la exalcaldesa reclamaba insistentemente entrar en el ejecutivo de Collboni con un tripartito con ERC.

El beso protocolario y frío de Ada Colau y Manuel Valls después de
El beso protocolario de Ada Colau y Manuel Valls después de la toma de posesión de la alcaldesa / Jordi Play

No hay discusión sobre la legitimidad democrática de los pactos, pero lo cierto es que Barcelona ha sido el escenario de operaciones políticas de alto nivel simbólico para el unionismo, que no se han reproducido en otras instituciones con la misma intensidad. La capital catalana es mucho más que el principal ayuntamiento del país, es la segunda ciudad del Estado, uno de sus motores económicos y una de las marcas urbanas más reconocidas internacionalmente. Gobernar Barcelona significa disponer de una plataforma institucional, mediática y simbólica de primer orden, que permite proyectar un relato sobre Cataluña hacia dentro y hacia fuera. Y aquí es donde se activan las alarmas y la vara de alcalde se convierte en una cuestión de Estado.

Tras el 1-O de 2017, una parte significativa de los poderes políticos y económicos españoles asumió que la desactivación del conflicto pasaba también por limitar la capacidad institucional del independentismo. En este contexto, la posibilidad de que Barcelona volviera a estar gobernada por una fuerza soberanista era percibida por muchos sectores como un contratiempo político de primer orden. Por todo ello, la investidura de Jaume Collboni fue mucho más allá de la política municipal, con una trama de contactos, conversaciones y presiones que trascendían el Ayuntamiento. La batalla no era solo por una alcaldía. Era también por una fotografía y por su significado político.

El relato de la «normalización» socialista, clave del pacto

En aquellos momentos, Pedro Sánchez y el PSC impulsaban el relato de la «normalización» de Cataluña. La confrontación institucional había dado paso a la negociación, los indultos ya se habían aprobado y el gobierno español trabajaba para reconstruir puentes con una parte del soberanismo. Una alcaldía de Trias en Barcelona habría enviado un mensaje diferente: que el independentismo continuaba manteniendo una fuerte capacidad de representación política en la principal ciudad del país. Y este relato lo compraron tanto PP como Barcelona en Comú. Detener el independentismo se convirtió en un bien superior a las diferencias en materia económica, social, territorial e institucional. Ahora bien, después de la investidura, esta alianza no ha tenido la más mínima traducción en los plenos, donde los tres partidos han ido por su cuenta y no han materializado el bloqueo al independentismo. De hecho, Junts y ERC también se han distanciado en estos tres años y no se ha visualizado en Barcelona ninguna alianza concreta en el eje nacional.

Trias y Maragall durante el pleno de investidura / Jordi Play
Trias y Maragall durante el pleno de investidura / Jordi Play

Y en el contexto catalán y español, tres años después de aquella operación en la capital, el PSC gobierna la Generalitat gracias a los votos de los Comuns y de ERC. Pedro Sánchez sigue gobernando España con una mayoría que incluye a Sumar, el PNB, Junts o ERC, según las votaciones, y todos ellos avaladores de la investidura del candidato socialista por delante del ganador de las elecciones, el PP. Barcelona, por tanto, es una excepción. Un indicador de que Barcelona se ha convertido en una pieza estratégica dentro de la política española, donde las fronteras ideológicas se pueden diluir si el objetivo es evitar que Barcelona pueda llegar a ser la capital institucional del independentismo.

Sea como sea, no parece que en 2027 se deba reproducir un escenario similar de “cordón sanitario” contra un alcalde independentista. Por un lado, porque hoy parece más difícil que Junts esté en condiciones de repetir la victoria de 2023 y de construir una mayoría alternativa, inmerso aún en el debate sobre el liderazgo y el proyecto para Barcelona. Por otro, porque ERC ha ido aproximándose progresivamente al PSC tanto en el Ayuntamiento como en la política catalana. De hecho, y a falta de un año para las elecciones, es más plausible política y aritméticamente un entendimiento postelectoral entre socialistas y republicanos que una reedición de un frente antiindependentista. Ahora bien, como se comprobó aquella tarde del 17 de junio de 2023, en política, casi todo es posible.

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