Junts todavía no tiene candidato claro para las municipales de 2027 en Barcelona. Y cuando parecía que la elección estaría entre dos nombres, han surgido como setas otros candidatos, que prometen convertir el proceso en un camino mucho más complejo de lo que parecía hace apenas unos días. A lo sumo, la formación independentista hará público su cabeza de cartel el domingo 21 de junio, cuando finalice el proceso de elección, que todo apunta serán unas primarias con más de dos papeletas. A Jordi Martí Galbis, el único que ha hecho un anuncio oficial, se le suma el abogado Jaume Alonso-Cuevillas, pero también abren la puerta el exconseller Jaume Giró y la diputada Glòria Freixa. El ganador o ganadora será más que un candidato, porque acabará marcando la hoja de ruta y la estrategia de pactos de un partido que, en los últimos tres años, en Barcelona se ha movido entre el pacto inicial con ERC y la aritmética variable con Collboni, pasando por el «que os bombin a todos» de Xavier Trias.
De hecho, la salida de Xavier Trias no solo dejó huérfana a una parte del electorado moderado y municipalista del espacio postconvergente, sino también una manera de relacionarse con el PSC. Representaba una cultura política basada en los puentes personales, la negociación y la idea de gobernabilidad. Sin él, Junts oscila entre mantener aquella tradición pragmática o acentuar un perfil más duro e ideológico, más alineado con la dirección nacional del partido. De aquí a un mes, los independentistas ya tendrán candidato y habrá pistas sobre la hoja de ruta.
Los despachos del Ayuntamiento de Barcelona continúan instalados en una aparente contradicción tres años después de la toma de posesión del alcalde Jaume Collboni. El PSC gobierna con una minoría muy débil, pero al mismo tiempo ha conseguido sacar adelante algunas de las cuestiones más sensibles del mandato sin grandes sobresaltos y con aritmética variable. Una parte de la explicación es la relación que el PSC ha ido construyendo con Junts desde las elecciones municipales de 2023. Una relación marcada, primero, por la tentación de un acuerdo estable con Xavier Trias, que habría dado mayoría absoluta -a pesar de la desconfianza derivada de la investidura del candidato del PSC y el ‘que os bombin a todos’-, y después, por un entendimiento pragmático en determinados asuntos de ciudad tanto con Trias como con Martí Galbis como líderes del grupo municipal independentista.
El punto de partida es mayo de 2023. Xavier Trias ganó las elecciones, y durante unos días, parecía plausible una especie de sociovergencia municipal. Había sectores económicos e institucionales que veían con buenos ojos un acuerdo entre PSC y Junts que dejara atrás los dos mandatos de Ada Colau. Trias mantenía una relación fluida con el mundo empresarial, con antiguos cuadros socialistas y con una parte del establishment barcelonés que consideraba que Barcelona necesitaba menos ideología y más gestión. De repente, aquella posibilidad quedó al margen cuando, a pesar de las reticencias internas de un sector de ERC, Xavier Trias y Ernest Maragall se sentaron a negociar un acuerdo de un centenar de puntos para gobernar Barcelona.
Pero aquel pacto murió con la tercera operación de Estado contra el independentismo en Barcelona. Desde los despachos de Madrid, el PSOE y el PP cerraron un acuerdo para investir a Collboni, que rápidamente tuvo el entusiasmo de Barcelona en Comú. Colau dijo que así impedía un gobierno de derechas -de Xavier Trias-, pero pactando con la derecha más a la derecha del Ayuntamiento, el PP. La operación dejó una herida evidente dentro de Junts, pero, paradójicamente, tampoco condujo a una oposición de bloqueo total. Después del choque inicial, los de Trias comenzaron a practicar una oposición selectiva, muy crítica en el terreno simbólico y nacional, pero abierta a acuerdos puntuales en cuestiones de ciudad. Y ERC, progresivamente se fue acercando al PSC, hasta cerrar un pacto de gobierno que no ha entrado en vigor por las guerras internas dentro de la casa de los republicanos, pero que se han materializado en una alianza de facto.

Trias y Collboni, más sintonía aparente
Una de las grandes diferencias entre la primera etapa del mandato y la situación actual es precisamente el papel de Xavier Trias. El exalcalde representaba una cultura política mucho más compatible con el PSC que otros sectores de Junts. Mantenía una relación personal fluida con dirigentes socialistas y compartía con Collboni una determinada visión sobre Barcelona en términos de gestión, economía e institucionalidad. De hecho, ya al inicio del mandato, Collboni buscaba explícitamente el entendimiento con Trias para reformar la ordenanza de civismo. El alcalde jugaba la carta de que tanto el PSC como Junts compartían el diagnóstico de que Barcelona había entrado en una etapa de desorden en el espacio público, degradación de algunas zonas y fatiga ciudadana con determinadas dinámicas asociadas a los años de Barcelona en Comú. De hecho, ambos se habían presentado a las urnas como los únicos capaces de poner fin a la Barcelona de Ada Colau.
Pero la salida progresiva de Trias -se retiró en julio de 2024- y el protagonismo creciente de Jordi Martí Galbis han introducido más distancia política y más necesidad de marcar perfil propio. Aun así, Junts no ha abandonado del todo aquella tradición pragmática y municipalista que Trias representaba. Y a la espera de conocer el candidato definitivo de Junts en 2027, habrá que ver qué rol toman los independentistas respecto al PSC.
La ordenanza de civismo: el gran pacto PSC-Junts
La reforma de la ordenanza de civismo ha sido probablemente el mejor ejemplo de esta aproximación entre PSC y Junts. Los de Martí Galbis terminaron avalando el endurecimiento de una normativa que hacía años que los socialistas reclamaban actualizar. Y aunque ERC también ha avalado la normativa y ha conseguido descriminalizar a los sin hogar, el hecho es que el discurso sobre la convivencia, el control del espacio público, los grafitis, las botellones o la necesidad de reforzar la autoridad municipal sitúan en este aspecto a Junts mucho más cerca del PSC que lo estaba Barcelona en Comú en el mandato anterior o ERC actualmente. Ahora bien, a pesar de la fotografía potente, Junts ha intentado desvincular este acuerdo de cualquier idea de pacto estable con Collboni, insistiendo en que responde simplemente a su propio programa político.
El plan de usos de Ciutat Vella, acuerdo sin ERC
Junts también ha terminado facilitando el nuevo plan de usos de Ciutat Vella, una pieza clave del ejecutivo del PSC. El gobierno Collboni ha redactado una normativa más restrictiva, con la voluntad de limitar actividades que generan saturación y ordenar mejor los bajos comerciales del distrito. Históricamente, Junts había sido muy crítica con muchas de las limitaciones urbanísticas impulsadas por los gobiernos de Colau, especialmente cuando afectaban la actividad económica. Pero, al mismo tiempo, comparte con el PSC una preocupación creciente por la degradación de algunas zonas, la presión turística en determinados barrios. El voto a favor de los de Jordi Martí Galbis reafirma un patrón que hace tiempo que se dibuja: no existe una alianza entre socialistas y juntistas, pero sí una mayoría transversal en cuestiones vinculadas a seguridad, civismo, orden urbano y gestión económica de la ciudad. Y ERC, al margen de esta fotografía.

Las coincidencias entre los dos espacios son cada vez más visibles en determinados debates municipales. Tanto el PSC como Junts comparten una crítica bastante constante al modelo de ciudad de Barcelona en Comú y defienden una Barcelona más orientada a la gestión y a la actividad económica. También coinciden en la necesidad de reforzar la autoridad municipal, actuar contra la degradación del espacio público y transmitir una imagen de ciudad más ordenada y competitiva. Esta sintonía no es solo ideológica; también es cultural. Los dos espacios comparten una determinada tradición de gobierno de la ciudad basada en el pragmatismo, las relaciones con los actores económicos y la voluntad de evitar grandes confrontaciones simbólicas en el ámbito municipal.
Otro ejemplo reciente de este entendimiento puntual entre PSC y Junts ha sido el desbloqueo del proyecto para recuperar el Club Capitol de la Rambla. El gobierno Collboni logró sacar adelante la operación con el apoyo de Junts, en una votación que el PSC presentó como una apuesta por reactivar un espacio emblemático de la vida cultural barcelonesa. Más allá del contenido del proyecto, el acuerdo volvió a evidenciar que, cuando se trata de grandes operaciones urbanísticas, equipamientos o cuestiones vinculadas a la proyección de ciudad, socialistas y postconvergentes continúan encontrando puntos de complicidad política.
El fracaso de la reforma del 30%, el límite del entendimiento
Pero hay ámbitos donde la relación entre PSC y Junts también ha evidenciado límites muy claros. El caso más significativo ha sido el fracaso de la reforma de la reserva del 30% de vivienda protegida. Collboni necesitaba el apoyo de Junts para modificar una de las medidas estrella de la etapa Colau, pero las negociaciones terminaron rompiéndose entre reproches mutuos. Junts acusaba al gobierno socialista de no querer cambiar de verdad el modelo y de mantener intacta la filosofía de Ada Colau, mientras que el PSC reprochaba a los independentistas haber abandonado una oportunidad para desbloquear promociones y reactivar el sector. El desenlace demostró que, a pesar de las coincidencias en seguridad o modelo urbano, la vivienda sigue siendo un terreno mucho más difícil para un entendimiento estable entre las dos formaciones.

Aún así, una flor no hace verano. Los desacuerdos continúan siendo profundos en cuestiones estructurales. Además de la vivienda, también hay diferencias importantes en fiscalidad, en la relación con el gobierno español, en el modelo turístico o, evidentemente, en la cuestión nacional. Junts apuesta por mantener un perfil claramente diferenciado del PSC para no alimentar la idea de un apoyo estable a Collboni, y al mismo tiempo, marcar distancias con la estrategia de ERC. Por eso, la relación continúa moviéndose en una ambigüedad calculada: confrontación política en los grandes relatos y pragmatismo en determinadas votaciones clave.
Y probablemente, es en este tablero de juego donde Collboni se siente más cómodo: gobernando sin socios fijos, pero con suficiente habilidad para convertir cada gran votación en una geometría variable.

