Nos han educado para creer que el Parkinson es, en su esencia, una enfermedad del temblor. Una imagen mental que, inevitablemente, nos lleva a pensar en un temblor incontrolable como señal definitiva de alarma. Pero, ¿qué pasaría si esta idea fuera un error, y las primeras señales del Parkinson fueran mucho más sutiles, incluso inofensivas, y aparecieran años antes que el más mínimo temblor? Esta perspectiva lo cambia todo, ¿verdad?
De hecho, antes de que cualquier movimiento se vea alterado, nuestro cuerpo ya envía señales de advertencia. Algunos de estos indicadores iniciales no tienen nada que ver con lo que asociamos al Parkinson, y pueden ser tan cotidianos como tener problemas para ir al baño. Sí, hablamos del estreñimiento o, incluso, de una urgencia urinaria persistente. La neuróloga Alexandra Pérez Soriano nos abre los ojos a una realidad que muchos desconocemos, desvelando un secreto que podría ser imprescindible para nuestra salud.
Pérez Soriano, una de las neurólogas más reputadas del país y especialista en trastornos del movimiento en Sinapsi Neurologia-UParkinson y la Fundació Clinic Barcelona-IDIBAPS, insiste en un punto crucial: el Parkinson es mucho más que una enfermedad motora. Es una condición neurodegenerativa que afecta al cuerpo de manera global, y sus primeras señales no motoras son, a menudo, las más silentes y, por ello mismo, las más desapercibidas.
La verdad es que el Parkinson es la segunda enfermedad neurodegenerativa más frecuente, justo después del Alzheimer. A pesar de su prevalencia, persiste una gran confusión sobre sus síntomas reales. Mucha gente sigue asociándolo exclusivamente al temblor, cuando en realidad, una persona puede padecer la enfermedad y no manifestarlo nunca, o al revés, tener temblor sin que esto derive en Parkinson. (Sí, nosotros también alucinamos con este dato).
Esta enfermedad tiene un componente multifactorial. El envejecimiento es el principal factor de riesgo conocido, actuando como un terreno biológico de mayor vulnerabilidad. Pero no está solo. Interviene también una predisposición genética, responsable de entre un 5 y un 10% de los casos con formas monogénicas, y hasta un 15% con antecedentes familiares. Además, factores ambientales como la exposición a pesticidas o disolventes industriales (como el tricloroetileno) también juegan un papel clave. Lo que queda claro es que el proceso biológico puede estar desarrollándose durante años antes de que aparezcan los primeros síntomas motores visibles.
Pero, ¿cuáles son exactamente esas «otras» señales que deberíamos conocer? Además del estreñimiento y la urgencia urinaria, la doctora Pérez Soriano destaca otros síntomas no motores que pueden aparecer incluso años antes del diagnóstico oficial. Estos incluyen una pérdida significativa del olfato y un trastorno de conducta del sueño REM, donde la persona habla o incluso da patadas mientras sueña, como si estuviera representando físicamente sus sueños.
Esta realidad nos obliga a replantearnos lo que sabemos sobre el Parkinson y a estar atentas a los pequeños cambios que nuestro cuerpo nos comunica. No es alarmismo, es información vital.
Una vez comienzan a manifestarse los síntomas motores, las pistas pueden ser más variadas de lo que pensamos. No siempre es el temblor en reposo. También puede ser una escritura que se hace cada vez más pequeña (micrografía), la pérdida del balanceo de un brazo al caminar, una mano más torpe de lo normal, una expresión facial menos marcada o la rigidez y dolor predominantemente en un lado del cuerpo. Para la doctora Pérez Soriano, el síntoma estrella del Parkinson es la lentitud del movimiento, conocida como bradicinesia. Actividades tan cotidianas como vestirse, abrocharse botones o cortar la comida se vuelven más lentas y costosas.
Además de estos, otros síntomas no motores incluyen la hipotensión, trastornos del sueño, dolor, ansiedad, depresión, apatía o una cierta lentitud para procesar la información. La suma de todos ellos pinta un panorama complejo que va mucho más allá de lo que comúnmente se imagina, y nos recuerda la importancia de una detección temprana para poder intervenir de manera más efectiva.
Nuestra estrategia para afrontar el envejecimiento
Aunque no podemos afirmar que un estilo de vida concreto «prevenga» el Parkinson, la doctora Pérez Soriano asegura que sí puede modificar parte del riesgo y, sobre todo, aumentar nuestra reserva física y cerebral. La actividad física regular es, de hecho, una de las herramientas terapéuticas no farmacológicas más importantes una vez diagnosticada la enfermedad, mejorando la movilidad, la fuerza y la calidad de vida.
Una dieta mediterránea equilibrada también se asocia con un menor riesgo, no solo por sus beneficios cardiovasculares, sino también porque favorece una microbiota intestinal más diversa, crucial para la función cerebral. Y no podemos olvidar la importancia del sueño de calidad y los ritmos circadianos regulares, ya que una mala calidad de sueño crónica puede favorecer los mecanismos implicados en la neurodegeneración.
Controlar otras enfermedades como la hipertensión, la diabetes, el colesterol o la obesidad es imprescindible. Pero, a menudo, olvidamos un elemento clave: mantenernos activas intelectualmente, con proyectos, relaciones sociales significativas y una vida plena de motivación. Esto quizás no se mide en un análisis, pero es fundamental para llegar a la vejez con la mayor reserva posible.
Avances y retos en la investigación del Parkinson
A pesar de que la levodopa, un fármaco utilizado desde hace más de 50 años, sigue siendo el tratamiento más eficaz para los síntomas motores, la manera de administrarlo ha evolucionado. Hoy en día disponemos de terapias avanzadas como bombas intestinales o sistemas de infusión subcutánea continua que permiten un suministro más constante y eficiente. La doctora Pérez Soriano destaca la precisión de la estimulación cerebral profunda (DBS) y los ultrasonidos focalizados de alta intensidad (HIFU/MRgFUS) como técnicas no invasivas que actúan con gran exactitud sobre estructuras cerebrales específicas.
La investigadora participa en el estudio STAT-ON, un pequeño dispositivo wearable que el paciente lleva en la cintura durante días. Mediante sensores de movimiento, recoge datos objetivos sobre la movilidad en el entorno habitual, detectando períodos ON y OFF, parámetros de la marcha y bradicinesia. Esta herramienta no sustituye al neurólogo, pero añade una información objetiva que puede agilizar el diagnóstico y el ajuste del tratamiento.
El gran reto, sin embargo, sigue siendo curar la enfermedad, o al menos, encontrar un tratamiento que frene de manera demostrable el proceso neurodegenerativo. Las terapias actuales mejoran mucho los síntomas y la calidad de vida, pero no hay ningún tratamiento aprobado que detenga el proceso biológico que causa la enfermedad. Y otra asignatura pendiente es el diagnóstico biológico preciso y cada vez más temprano, más allá de la valoración clínica, mediante biomarcadores que aún deben estandarizarse.
Envejecer es inevitable, pero desarrollar una enfermedad neurodegenerativa no lo es. Por eso, más que obsesionarnos con no envejecer, debemos apostar por llegar a la vejez con la mayor reserva posible: moverse, mantener el músculo, hacer ejercicio aeróbico y de fuerza, comer bien y todas las medidas de las que hemos hablado. Recuerda que hacerlo todo bien no garantiza que nunca enfermemos, ya que hay factores genéticos y ambientales que escapan de nuestro control. Pero aceptar el envejecimiento sin miedo y con una mirada proactiva es la mejor solución. ¿Qué hacemos hoy para construir nuestro «yo» del futuro?
