«Quiero saber de Antonio Daza, el pintor copista. Lo conozco, pero hace tiempo que no puedo localizarlo». El mensaje lo enviaba a mediados de julio Mai Padilla, una mujer natural de Jaén (Andalucía). Había leído por casualidad el reportaje que en TOT Barcelona habíamos dedicado al artista a principios del pasado noviembre y quería recuperar el contacto con él. Padilla era una de las pocas afortunadas que había podido ver de primera mano el verdadero museo que Daza (Valderrubio, Granada, 1943) había creado en su piso, ubicado en el número 7 de la calle Felipe de Paz, en el barrio de la Maternidad y Sant Ramon. El matrimonio Arnolfini (Jan Van Eyck), la Mona Lisa (Leonardo da Vinci), Chica en la ventana (Salvador Dalí) o Gaspar de Guzmán, conde-duque de Olivares, a caballo (Diego Velázquez) eran algunos de los muchos títulos reconocibles de factura brillante que se encontraban repartidos por casi todas las estancias del domicilio. Este vecino de las Corts había compaginado a lo largo de su vida la pasión por la pintura con trabajos de todo tipo, pero desde que se jubiló y quedó viudo, se había dedicado en cuerpo y alma al lienzo. Cuando lo visitamos, tenía a medias una reproducción de un detalle magnífico de Las Meninas de Velázquez, obra expuesta en el Museo del Prado de Madrid.

La falta de respuesta del pintor a los mensajes tanto de Padilla como del periodista que escribe estas líneas alimentaba los peores presagios. Al cabo de unas semanas, la mujer volvía a contactar con este medio para confirmar que Daza había muerto este verano a los 83 años. Fue a causa de un empeoramiento de salud repentino. Su funeral se celebró en el Tanatorio de Les Corts. Una de las personas que acudió fue José Guerrero, el otro vecino de la zona de 80 años que nos puso sobre la pista del artista barcelonés. Lo hizo presentándose a puerta fría en la redacción de TOT Barcelona con la voluntad de dar a conocer el gran talento de su amigo y cuñado. Cuando nos enteramos del fallecimiento, fue la primera persona con la que contactamos. «Fue muy de repente… Le tenía un gran aprecio«, lamentaba durante nuestra conversación el cicerone de esta historia. La muerte del pintor le había sorprendido en un estado especialmente delicado de salud y no había podido involucrarse mucho en su despedida y gestiones posteriores. Tampoco tenía contacto con los hijos del primer matrimonio de Daza, a quienes solo había visto durante el velatorio.

La incógnita y la asignatura pendiente
La imposibilidad de contactar con la familia directa del artista dibuja una gran duda sobre el futuro del museo que tenía en su piso de las Corts. El destino tanto de la vivienda en sí como de la cincuentena de obras que llenaban las paredes es una incógnita. En todo caso, parece difícil que el espacio se pueda mantener tal como estaba hasta ahora, como si fuera un mausoleo con más cuadros que muebles. «No sé qué harán con todo aquello», señalaba al ser preguntado por el tema Guerrero. La misma pregunta se la había hecho también Padilla. «Necesito contactar con alguien de su familia, que sepan lo importante que fue él para mí y poder entrar en su mini museo«, remarcaba la mujer, que se ofrecía a colaborar para «dar a conocer la obra de tal copista«. Ambos parecen coincidir en que sería una pena que se perdieran las piezas y no vieran la luz fuera del domicilio del número 7 de la calle Felipe de Paz. De hecho, el mismo Daza nos explicaba durante la visita a su museo particular del pasado noviembre que la idea de enseñar al mundo su arte le había pasado muchas veces por la cabeza. «He pensado en llevar las reproducciones a una galería o hacer una exposición al aire libre», aseguraba entonces el pintor. «Él siempre lo dice, pero nunca lo hace», le replicaba inmediatamente su cuñado.

Aunque no pudo cumplir en vida este propósito, el artista sí pudo explicar su historia y mostrar algunas de sus obras en la televisión. Fue a raíz de la publicación del reportaje, cuando los compañeros del programa Òrbita-B de Betevé se interesaron por el personaje y llevaron a Daza a sus estudios. La entrevista se emitió a finales de ese mismo noviembre.
Pinceladas de una vida
Resumir la vida de este vecino de las Corts en pocas líneas no es fácil. Daza dejó su Valderrubio natal con veinte años para buscarse la vida en Cataluña. Primero aterrizó en el Prat de Llobregat, donde tenía unos familiares, pero poco después dio el salto a Barcelona. Su primer trabajo en la capital catalana fue para el cine Rex, pintando a mano los carteles de la última película que había estrenado entonces el actor Kirk Douglas. De aquí pasó a una droguería y, buscando en los anuncios de la prensa, encontró el de un laboratorio de pinturas de l’Hospitalet de Llobregat. Durante esta etapa, se inscribió en la academia de Francisco Sainz de la Maza, un artista burgalés que daba clases a jóvenes aspirantes a pintores en el mismo espacio de la Casa Ramon Casas donde había tenido su taller Santiago Rusiñol. Gracias a su maestro, pudo hacerse con personajes del calibre del mismo Dalí, a quien conoció en una de las veladas que se hacían en el mítico restaurante La Puñalada, desaparecido en 1998.

Entonces, llegó la llamada al servicio militar con destino a Melilla. Pudo acortar el trance pagando un precio que arrastraría en la conciencia hasta el final de sus días: hacer un retrato de Franco para el teniente general de las tropas de África, Ramón Gotarredona. De regreso a la capital catalana, entró a trabajar en la empresa belga de papel pintado Balamundi, donde estuvo nueve años, escalando hasta la posición de director general. En aquella época, ya hacía un tiempo que se había casado más por conveniencia que por amor. Durante su etapa al frente de la filial de la compañía flamenca, conoció a la que se convertiría en su segunda esposa y gran amor de su vida, Lluïsa Carrillo, que trabajaba en una de las sedes de la firma. Cuando cerró la delegación catalana de Balamundi, fichó por Codecor, otra empresa del sector. Estuvo allí unos cuantos años y después montó su propia empresa con dos socios, Daica. La aventura duró una década, pero también terminó con el cierre y la suspensión de pagos.

Después de este revés, se decidió a emprender con su esposa y montaron una firma de ropa de mujer que llegó a tener dos sedes. Al cabo de unos años, decidió hacerse con una licencia de taxista, profesión que ejercería dos décadas hasta que se jubiló en 2013. A partir de este momento, pudo dedicarse plenamente a su gran pasión. Se montó un estudio en una de las habitaciones de su piso de las Corts y tomó en serio los encargos de retratos que le iban llegando, muchos de los cuales acababa regalando. Esta liberación profesional, sin embargo, coincidió con el diagnóstico de un cáncer a su esposa. Después de un tiempo con la enfermedad, acabaría muriendo a principios de 2019 a los 64 años. Desde entonces, Daza se había dedicado en cuerpo y alma a la pintura y así fue prácticamente hasta sus últimos días.

