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La barrera del 5%, el purgatorio electoral de Barcelona

Barcelona es una plaza hostil para comenzar aventuras electorales o para partidos en crisis. La capital del país levanta una barrera implacable en las elecciones municipales: cerca de 30.000 votos aproximadamente, la cifra que en 2023 marcó el corte del 5% de los votos válidos -con una participación del 60%- necesarios para entrar en el consistorio. La CUP, consolidada en el Parlamento y en muchos municipios del país, revivió la pesadilla de 2019 y se quedó sin representación a pesar de haber obtenido 25.213 papeletas (3,79%). También Valents y Cs, que pretendían mantener el efecto Manuel Valls, acabaron perdiendo los 6 concejales que habían sumado, con solo 15.000 votos (2,13%) y 7.234 (1,09%) respectivamente.

Las expectativas en las urnas para los partidos que ahora no tienen representación, o que intentan el asalto al consistorio por primera vez, son bajas. Cuatro grandes partidos se reparten prácticamente todo el pastel (Junts, PSC, Barcelona en Comú y ERC), y las migajas van a parar a partidos de implantación fuerte en el Estado y menor en Cataluña, como PP y VOX. En estas circunstancias, obtener unos 30.000 votos en un contexto de mucha fragmentaciónse presentaron 24 candidaturas– y mucha oferta de siglas es una heroicidad. Sin contar, además, que los partidos sin representación quedan fuera de las grandes coberturas mediáticas y son residuales en los espacios de propaganda electoral gratuitos. De cara a mayo de 2027, a Aliança Catalana, que aún no tiene candidato, se sumarán la candidatura ciudadana que impulsa Santiago Espot, pero también previsiblemente listas como el PACMA, Escons en Blanc o el Partit Cannàbic. También podría volver a intentarlo Barcelona Ets Tu (1,08% de los votos) o alguna fórmula vinculada a Alhora (antes Primàries). Pero a un año y pico de las elecciones, el barómetro municipal del Ayuntamiento de Barcelona solo registra una hipotética entrada al consistorio del partido islamófobo de Sílvia Orriols, pero no de otras formaciones ahora sin representación pero con implantación potente en Cataluña, como la CUP.

Cesc Roca, el taxista que va fitxar la CUP per a les eleccions municip
Cesc Roca, el taxista que fichó la CUP para las elecciones municipales. / @CUPBarcelona

La zona muerta del sistema: entre el 3% y el 5%

Esta nota de corte del 5% para los partidos es común en todos los ayuntamientos. Pero es en la capital donde los efectos son más devastadores para los partidos considerados no sistémicos. Las elecciones municipales de 2019 son el caso más claro para entender los efectos del 5% como puerta de entrada de opciones políticas nuevas. Aquel año, dos candidaturas con capacidad de movilización real quedaron fuera del consistorio: la CUP, con un 3,89% de los votos (29.335 votos) y Primàries Barcelona, impulsada por Jordi Graupera, con un 3,74% (28.230 votos). En términos absolutos, esto se traduce en casi 60.000 votos. En términos institucionales, el resultado es cero concejales y ninguna capacidad de incidencia directa. Es la zona muerta del sistema: el espacio entre el 3% y el 5%, donde hay votos, pero no poder.

En aquellas elecciones, la participación muy alta, un 66%, jugó aún más en contra de las formaciones políticas más pequeñas. No se trata de una anomalía puntual, sino de un patrón estructural del sistema electoral en una ciudad de gran dimensión. Una barrera legal que empuja a los partidos a una concentración de voto extraordinaria en un contexto de gran fragmentación política. Y aquí cobra sentido el llamado al voto útil que hacen los grandes partidos para tratar de absorber al votante de formaciones pequeñas o que quieren poner un pie en las instituciones.

Fuera de la capital, el 5% también hace estragos en grandes ciudades del país. En Tarragona, en 2023 la CUP perdió sus dos concejales a pesar de obtener el 5,04% de los votos, que fueron a parar a En Comú Podem, con el 6,15% de los votos. En Lleida, los Comuns obtuvieron un concejal con el 5,01% de los votos, y los anticapitalistas también se quedaron fuera con el 4,58% y solo 200 votos de diferencia. Y en Girona, la extrema derecha de VOX consiguió un concejal con el 5,07% de los votos. En cambio, se quedó fuera del consistorio gerundense la candidatura Ara Girona-Ara PL, con el 4,60% de los votos (unos 150 votos menos que VOX), una propuesta que recogía el entorno del PDeCAT y el PNC.

El petó protocol·lari i fred d'Ada Colau i Manuel Valls després de
Ada Colau fue investida alcaldesa en 2019 gracias a Manuel Valls, que irrumpía por primera vez en el consistorio / Jordi Play

El 2023: una gran purga política en Barcelona

En este agujero del sistema no solo han caído proyectos independentistas o de izquierdas alternativas. Ni tampoco es una dinámica exclusiva de grandes ciudades. Es un mecanismo transversal que ha operado históricamente sobre todo tipo de candidaturas minoritarias: desde plataformas municipalistas hasta partidos sectoriales -PACMA, Partit Cannàbic o Escons en Blanc, entre otros- o emergentes. Muchos de estos proyectos consiguen una cierta visibilidad e incluso una base electoral respetable, pero se quedan atrapados en este umbral intermedio que no permite dar el salto definitivo a los ayuntamientos.

Si 2019 fue un jarro de agua fría para la CUP y Primàries, muy cerca de los 30.000 sufragios, las elecciones de 2023 reforzaron esta realidad y fueron una verdadera purga de siglas. Solo seis fuerzas de las 24 que se presentaban superaron el 5% y obtuvieron representación. Vox lo hizo con un 5,7% y dos concejales. Pero la CUP, Cs y Valents cayeron en este agujero. Una diferencia de pocos miles de votos puede significar pasar de la irrelevancia institucional a tener presencia en el plenario. La consecuencia es que Barcelona funciona como un sistema relativamente cerrado: a pesar de la aparente pluralidad, el número de fuerzas con representación se mantiene estable y limitado. Entrar no depende solo de tener apoyo social, sino de alcanzar una masa crítica muy elevada en muy poco tiempo. Esto explica por qué opciones emergentes pueden crecer en municipios pequeños o medianos, donde el costo de entrada es mucho menor, pero cuando ponen un pie en la capital se convierte en una odisea.

Eva Parera, líder de Valents
Eva Parera, líder de Valents que se quedó sin representación en el Ayuntamiento en 2023

A las puertas de 2027, cualquier proyecto que aspire a entrar en el consistorio de Barcelona sabe que no es suficiente existir políticamente. Ni el dinero ni la propaganda electoral garantizan superar, casi de un solo salto, esta barrera del 5% que establece la ley electoral en los municipios. Es un auténtico purgatorio electoral. Un espacio donde se acumulan proyectos, votos y expectativas que no se traducen en representación. Y que explica, en buena medida, por qué la política municipal barcelonesa tiende a estabilizarse alrededor de un número reducido de actores, a pesar de la aparición recurrente de nuevas candidaturas.

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