La primera vez que Jordi Clos Llombart (Barcelona, 1950) oyó hablar de Iny fue en el año 1991. En una subasta celebrada en Londres, el empresario hotelero adquirió una estela de falsa puerta, un elemento que encontramos en muchos entierros egipcios y que simula una entrada simbólica al más allá, a través de la cual el propietario de la tumba puede asomarse al mundo de los vivos y recibir ofrendas. La pieza databa del 2250 a.C., es decir, de hace cuatro mil años, cuando reinaba la llamada dinastía VI. Sus inscripciones hacían referencia a un personaje hasta entonces desconocido en el mundo de la egiptología. «La compré sin tener idea de quién era. En su momento, me atrajo mucho la estética de la pieza y la función que tenía como falsa puerta», explica. Entonces, Clos Llombart ya llevaba un tiempo recopilando objetos del Antiguo Egipto. Solo unos meses después de la adquisición de esta estela, presentaba en el Hotel Claris una setentena de piezas de su colección privada y poco después creaba la Fundació Arqueològica Clos, paso previo para la inauguración del primigenio Museo Egipcio de Barcelona, ubicado inicialmente en un pequeño local de la rambla de Cataluña.
Esta cronología es importante para entender de dónde viene el vínculo entre Iny, el propietario de la tumba donde estaba colocada la estela, y el fundador del equipamiento, situado desde el 2000 en el número 294 de la calle de Valencia. Desde el primer momento que la pieza llegó a manos del empresario barcelonés, todo hacía pensar que había pertenecido a una personalidad más o menos destacada de la antigüedad. «Hemos estado los últimos treinta años completando el rompecabezas para conocer su historia, comprando fragmentos de esta tumba que salían a subasta en diferentes ciudades del mundo como París, Londres, Nueva York o Tokio […] Estábamos atentos por si aparecía su rastro», reconoce. Una de las últimas piezas se detectó en la capital británica, en una licitación que a priori desconocía que el elemento en concurso formaba parte de este entierro. «Pensábamos que esto haría que saliera más barato, pero, cuando llegamos, la casa de subastas ya había averiguado la procedencia y había colocado un cartel indicando que este pertenecía a la tumba de Iny y que una parte la teníamos nosotros en Barcelona», relata a modo de anécdota Clos Llombart.

Entre los años 1991 y 2011, el Museo Egipcio logró hacerse con un total de seis fragmentos del entierro en cuatro licitaciones diferentes. En paralelo, se localizaron otras piezas conservadas en diferentes museos y colecciones privadas, de las cuales se pudieron hacer algunas réplicas que ayudaron a la interpretación de los textos y la reconstrucción de su biografía. Todas ellas estuvieron expuestas junto a la estela durante bastante tiempo en uno de los espacios principales del primer piso de las instalaciones. Recientemente, la instalación había desaparecido de este emplazamiento y se había trasladado a la planta subterránea para formar parte de una nueva exposición en la que la institución llevaba tiempo trabajando. Este martes se reveló oficialmente el secreto con la presentación de la exposición Iny, el explorador del faraón, que repasa la trayectoria del personaje y supone el estreno de la primera sala inmersiva del museo. Más allá del magnífico audiovisual que se proyecta en la vieja sala de lectura de la biblioteca y que pretende trasladar al visitante al Antiguo Egipto que conoció nuestro protagonista, la muestra incluye la recreación de la capilla funeraria antes ubicada en el primer piso y una selección de unas sesenta piezas que aportan contexto histórico y arqueológico a la biografía.

Una vida reconstruida al detalle
La producción inmersiva se sitúa alrededor del año 2250 a.C. y comienza en la tumba del personaje, de quien se piensa que fue enterrado a unos tres kilómetros al sur de la pirámide escalonada de Saqqara, la más antigua conservada. Este también fue el punto de partida que permitió al equipo del museo averiguar que Iny había sido un funcionario y explorador de la dinastía VI que había servido bajo las órdenes de tres faraones diferentes: Pepi I, Merenre I y Pepi II. Él realizó hasta seis expediciones marítimas diferentes hasta la zona del actual Líbano para llevar material y objetos de los que no disponían en la corte real, como perfumes, aceites, plomo o plata. «En la ciudad de Biblos, había un gran mercado que comerciaba con productos de la tierra y donde se podían encontrar desde maderas coníferas, que se utilizaban para la carpintería naval o las estructuras de las grandes construcciones, hasta resinas aromáticas. Era como una especie de hub de la época donde obtenías material de otras regiones más interiores», precisa Luis Manuel Gonzálvez, egiptólogo y conservador del equipamiento. Gracias a las inscripciones preservadas, sabemos que llegó a asumir responsabilidades religiosas, administrativas y militares, además de ejercer funciones directamente relacionadas con la organización de expediciones y la obtención de recursos. Entre los títulos y menciones -equivalentes a los títulos honorarios- que recibió encontramos los de «Amigo Único» del faraón, «Sacerdote Lector», «Portador del Sello de Dios en las Dos Grandes Barcas» y «Conductor de los exploradores».

Desde su capilla, el Ba -entendido como el espíritu- del protagonista nos hace un recorrido por algunos de los escenarios de su vida, como la ciudad amurallada de Memfis y la ribera del Nilo, desde donde zarpaban las expediciones que comandó. La reconstrucción evita la imagen más genérica del Antiguo Egipto, prestando atención a todos los detalles para configurar una visión lo más fidedigna posible. Se han estudiado indicios arqueológicos, relieves y pinturas de tumbas contemporáneas, escultura del Reino Antiguo y otras fuentes especializadas con el objetivo de recrear desde la geografía y el paisaje hasta la arquitectura, las embarcaciones, la vegetación, los personajes o las escenas de la vida cotidiana de hace cuatro mil años. «Ha sido un reto monumental y un trabajo interdisciplinario entre todos los equipos del museo […] Teníamos claro que el proyecto debía tener un fuerte compromiso con el conocimiento científico y la divulgación, que se debía utilizar la tecnología al servicio del patrimonio, poniendo al visitante en el centro», remarca Maixaixa Taulé, directora del Museo Egipcio de Barcelona. Taulé pone de ejemplos la recreación de la ciudad de Memfis, que se ubica en el audiovisual en una isla flanqueada por el río, tal como indican los últimos estudios académicos publicados al respecto, o los barcos de vela, que se recrean con la cabina del capitán elevada en el centro de la popa, un avance tecnológico que no estaba presente en la anterior dinastía y que permite centrar el timón y facilitar las maniobras.

¿Protagonistas para un nuevo inmersivo?
La pieza audiovisual que acompaña la exposición sobre Iny ha sido producida íntegramente por el equipamiento con la colaboración del estudio MAAT y las compañías At Your Service Production y 119 Media. Este es el primer contenido inmersivo del museo, pero parece que no será el último. «No queremos descuidar nuestro proyecto, sino buscar un lenguaje más contemporáneo para llegar a los futuros arqueólogos […] [Disponer de la sala] Es una oportunidad enorme», dice la directora de las instalaciones. Gonzálvez incluso se aventuraba a avanzar quién podría ser el próximo protagonista de la siguiente producción de la institución: Khuenptah y su madre Meritities, que tenía el cargo de supervisora del templo de culto funerario al faraón Keops. Ambos son los propietarios de otra estela de falsa puerta de la dinastía VI que se conserva en el número 294 de la calle de Valencia.


