El tramo de la rambla de Cataluña ubicado entre la Gran Vía y la calle de la Diputación es uno de los más peculiares del emblemático paseo barcelonés. Solo en el lado Llobregat, encontramos una serie de edificios de un marcado estilo ecléctico, todos obra de arquitectos diferentes, pero con unos patrones hasta cierto punto similares. La mayoría de estas construcciones datan de finales del siglo XIX y principios del XX y son una respuesta a la implementación del Ensanche proyectado en 1860 por Ildefons Cerdà, que definía por primera vez la trama urbana de esta zona de la ciudad que históricamente había quedado fuera de las murallas. Hasta entonces, aquí había principalmente campos y el recorrido de la línea de tren de Martorell, que discurría a cielo abierto desde la esquina entre la rambla de Cataluña y la ronda de la Universidad hasta la altura de la actual calle del Consejo de Cien. También pasaba por allí la riera de en Malla, un arroyo que se decidió cubrir y que comunicaba con el trazado actual de la Rambla.
Con la transformación urbanística, desembarcan los primeros inversores, que ven en los terrenos una oportunidad para construir sus casas. La primera de las fincas que se erigió en este tramo de la recién estrenada rambla de Cataluña fue la del número 29, justo en la esquina con la calle de la Diputación. El promotor fue Agustí Malla Iglesias, quien en 1883 pidió permiso a través de su apoderado para levantar un primer edificio de viviendas. No tardaría mucho tiempo en que otra persona se interesara por esta parte de la ciudad en expansión.
El 10 de diciembre de 1890, Margarida Blanch i Romaní compró a la Compañía de Ferrocarriles de Tarragona a Barcelona y Francia dos de los solares por donde años atrás pasaba la línea férrea de Martorell. La mujer pasaría desde entonces a ser la titular y, solo dos años después de adquirirlos, pediría permiso para levantar en uno de ellos una finca, encargo que terminó en manos del arquitecto Antoni Serra Pujals. En cuanto al otro, lo vendería poco después a Climent Asols Bovets, quien en 1900 encargó al arquitecto Francesc de Paula Villar Carmona la construcción de la finca actualmente bautizada erróneamente como Casa Climent Arola y ubicada en el número 27 de la rambla de Cataluña.

El sentido común nos diría que este primer inmueble que Blanch mandó construir a la altura del actual número 25 de la rambla de Cataluña debería llevar su nombre. Nada más lejos de la realidad. A pesar de ser una de las primeras propietarias que apostó por este tramo inicial del paseo, la mujer no tiene ninguna finca bautizada en su honor. En la fachada del magnífico edificio ecléctico que se alza en el número 25, se colocó durante la Olimpíada Cultural que precedió a los Juegos Olímpicos de 1992 una placa municipal donde aún hoy se puede leer Casa Pratjusà, en referencia a Sebastià Martori Pratjusà. ¿Quién era este hombre? ¿Por qué aparece su nombre si la titular del terreno era Blanch? Una investigación de la historiadora del arte Beli Artigas, autora del blog Criticart, permitió dar respuesta a estas preguntas durante una de las presentaciones del libro Historias de Barcelona (Viena Edicions, 2026), obra del periodista David Martínez, conocido en redes por el mismo nombre que da título a su debut literario.

Dos matrimonios y una promotora encubierta
Primero de todo, debemos adentrarnos un poco más en la figura de Blanch. Gracias a la investigación de Artigas sabemos que esta mujer se casó muy joven con un primo hermano materno suyo de la familia de los Gurri Romaní. Su marido murió poco después y la pareja no había tenido ningún hijo en común. No tenemos más detalles sobre su ascendencia, aunque los apellidos Blanch y Romaní aparecen vinculados a un dramaturgo –Josep Blanch i Romaní– que estrenó dos obras costumbristas en el Teatro Romea: Un bon partit (mayo de 1895) y Una mosca vironera (febrero de 1897). En todo caso, sí sabemos con certeza que años más tarde se volvió a casar con un personaje que ya hemos mencionado antes. Sebastià Martori Pratjusà fue el segundo marido de Blanch. El hombre tenía una hija de un matrimonio anterior, Rosa Martori Bosch, que a su vez era la esposa del arquitecto Francesc de Paula Villar Carmona, quien construiría la casa contigua a la promovida por nuestra protagonista.

Así pues, Martori Pratjusà quedó sobre el papel como impulsor del edificio ubicado en el número 25 de la rambla de Cataluña porque actuaba como apoderado de su esposa ante el Ayuntamiento de Barcelona. De hecho, el hombre ni siquiera terminó sus días viviendo en la finca que lleva su nombre, ya que murió el 14 de enero de 1907 en el número 273 de la calle de Mallorca. Su hija moriría en 1924, dos años antes que su marido, sin descendencia, dado que el hijo que tuvo con el arquitecto murió muy joven, tal como se recoge en su esquela, donde aparece el nombre de la abuela política. En cuanto a Blanch, sabemos que sobrevivió a su segundo marido porque heredó unos terrenos coronados por una masía y ubicados en el municipio gerundense de Celrà.
Sobre el constructor del inmueble conocido como Casa Pratjusà, protegido como bien cultural de interés local (BCIL), tenemos constancia de que esta fue su gran segunda obra después del Palacete Casades, una finca unifamiliar promovida en 1881 por el empresario textil Carles de Casades i Còdols en el sector norte de la Dreta de l’Eixample que actualmente acoge la sede del Ilustre Colegio de la Abogacía de Barcelona (ICAB). Más allá de compartir el mismo nivel de protección patrimonial, ambas construcciones tienen un estilo común sobrio y ecléctico, alejado de la ruptura que supuso el modernismo. Volviendo a la casa protagonista de este artículo, tanto Artigas como Martínez defienden que Blanch merece su reconocimiento por el granito de arena que aportó al patrimonio de la capital catalana e instan al Ayuntamiento a tomar nota para modificar al menos la placa que hay en la fachada del edificio. Veremos si pronto la Casa Pratjusà -que solo toma el segundo apellido del segundo marido de la mujer- pasa a llamarse Casa Blanch, un nombre que sin duda le vendría mejor.

