Muchos de los usuarios habituales de la autovía A-2 se habrán percatado de su existencia. A la altura de Martorell (Baix Llobregat), en uno de los márgenes de la carretera, aparece un gran coloso de piedra rojiza de aspecto desangelado. Si nos detuviéramos a observar la panorámica que nos ofrece este tramo de asfalto, que se eleva una decena de metros del suelo, comprobaríamos que se trata de un conjunto de varios edificios industriales con una iglesia ubicada en uno de los extremos. Son los últimos vestigios de Can Bros, una colonia textil que se remonta a principios del siglo XIX y que se disputa con la de Can Rosal (Berga) el honor de ser la más antigua de Cataluña. Al margen de este título honorífico, solo hay que echar un vistazo al recinto para confirmar que los años de esplendor de las instalaciones fabriles hace tiempo que pasaron. Desde que la actividad industrial cesó en los setenta, el espacio sufre una profunda degradación. Esto se ve reflejado claramente en el número de habitantes de las casitas que se construyeron alrededor de las fábricas, que pasó de rozar el millar en su punto más álgido a situarse actualmente por debajo de los cincuenta.

Pasearse hoy en día por este barrio es hacer un viaje en el tiempo. Rodeado por polígonos industriales más modernos, este núcleo de población ha quedado aislado, conectado al resto de Martorell por una carretera por donde circula una línea de autobús, el único transporte público que tienen a su alcance los vecinos. Avanzando por la calle principal de Can Bros, encontramos a ambos lados una fila de casas de planta baja y primer piso. La ropa tendida en los balcones y el estado de las fachadas indican que forman parte de los últimos domicilios habitados de la antigua colonia.

La vía se ensancha en el punto donde se alza un imponente edificio de estilo neoclásico. Aunque las paredes parecen acusar el paso del tiempo, el inmueble presenta en general un buen estado de conservación, sobre todo si nos fijamos en los frescos sobre un fondo azul que presiden la galería porticada de la planta superior. Una placa la fachada señala que se trata de la conocida como Torre Elies, bautizada en honor a su propietario y primer impulsor de la actividad industrial en el lugar, el empresario barcelonés Miquel Elies (Sant Pau de la Guàrdia, 1766 – Barcelona, 1841). Elies -o Elías, tal como figura en varios documentos de la época- es el protagonista de esta historia y el responsable de la vinculación de este recinto con la capital catalana.

Fortuna, un testamento discutido y la revolución industrial
Elies nació en el seno de una familia de la comarca de Anoia dedicada a la actividad agrícola. Como era el hijo pequeño de la segunda mujer de su padre, tuvo que buscar fortuna fuera del negocio familiar y después de hacer las Américas, se instala como comerciante en Barcelona. Gracias a una investigación del investigador Jordi Armengol Martí para la Biblioteca de Catalunya, sabemos que su habilidad para las finanzas lo convirtió en uno de los principales importadores de paño de la ciudad, gestionando varias sociedades mercantiles y llegando a poseer varias propiedades en Ciutat Vella. Entre estas había una tienda ubicada en la calle Ample donde se podían contratar sus servicios como fabricante de papel, pero también se podían encontrar artículos tan diversos como aceitunas en salmuera de Sevilla, pasas de Málaga, algodón, cueros, cacao u aceite procedente de Túnez. Elies se casaría en 1791 a los 24 años con Paula Llucià, hija de un empresario papelero y con quien no tendría descendencia. Tras una primera experiencia explotando un molino en Gelida (Alt Penedès), a principios del siglo XIX, el comerciante barcelonés pone la mirada por primera vez en los terrenos de Can Bros, propiedad de la misma familia desde 1666.

Los titulares de las parcelas eran entonces el matrimonio formado por Salvador Roca y Vicenta Bros, heredera de la saga. Ambos habían decidido invertir el capital familiar en la construcción de una presa, una acequia y unos molinos harineros. Con las obras en marcha, una riada del Llobregat arrasó con la estructura erigida hasta el momento. Ahogados por la hipoteca y las deudas, pidieron ayuda para continuar con el proyecto. Es en este punto donde aparece Elies, que llega a un acuerdo con la pareja para sacar adelante la construcción de la presa avanzando el dinero y haciéndose de paso con uno de los terrenos como garantía de devolución. A lo largo de los siguientes años, el empresario barcelonés instaló en sus dominios un molino harinero, otro papelero y una fábrica de paños. También se edificaron varias casas pequeñas, donde vivían tanto los operarios de los negocios como jornaleros que explotaban las tierras contiguas al recinto, y la conocida como Torre Elies. Aunque vivía buena parte del tiempo en Barcelona, primero en un domicilio ubicado en la calle de la Mercè y luego en el número 7 de la calle de los Escudellers, el comerciante también pasaba largas temporadas en esta mansión de Can Bros.

La trayectoria de Elies en este lugar estuvo marcada por numerosos litigios judiciales con el matrimonio Roca – Bros, que consideraban que se habían visto perjudicados en las transacciones con el empresario. El comerciante ganó la disputa y pudo continuar con su actividad industrial hasta su muerte el 17 de enero de 1841, a la edad de 74 años. La mayoría de sus bienes y propiedades fueron a parar a su sobrina, pero una rama de su familia impugnó el testamento argumentando que la firma de Elies estaba falsificada. El proceso no se resolvió hasta cuatro años más tarde, cuando se dio por válida la última voluntad del difunto. En el camino, la heredera del empresario también murió y la explotación de Can Bros quedó en manos de dos otros sobrinos. Tal como se explica en un artículo de Inés Dal Maschio y Josep Padró para el Centre d’Estudis Comarcals del Baix Llobregat, estos descendientes son los que terminaron vendiendo los terrenos alrededor de 1852 a Ramon Castells, quien convirtió las instalaciones en una verdadera colonia industrial, erigiendo muchos de los edificios aún supervivientes.

El negocio textil pasaría años más tarde a manos de la familia Catarineu -sobrinos de Castells- que mantendría la fábrica operativa hasta 1913, cuando la viuda del último propietario vende el conjunto a los empresarios Antoni Fontdevila Prat y Manuel Torres. De esta época es la iglesia de San Juan Bautista, que aún se conserva en el barrio. La actividad continuaría hasta 1967, cuando cerraría definitivamente la fábrica, como también hicieron muchas otras en todo el territorio catalán como Can Rosal o Can Sedó debido a la crisis que sufría el sector. Los pisos que habían acogido a los trabajadores acabaron abandonados y el recinto se vendió al industrial Salvador Gabarró, que instala una de las sedes de la compañía Hidroeléctrica del Cadí para producir energía eléctrica aprovechando el paso del río. Desde 1991, el plan de ordenación urbanística de Martorell establece que Can Bros es una zona residencial, de modo que la actividad industrial hace más de tres décadas que ha quedado apartada. El conjunto también está protegido como bien cultural de interés local (BCIL).

Retazos de un pasado que se desmorona
Casi dos siglos después de su muerte, la trayectoria de Elies continúa presente en Can Bros. Él está enterrado junto con su esposa y dos de sus sobrinos en la pequeña capilla que se hizo construir anexa a la Torre Elies, dedicada a la Inmaculada y consagrada en 1832. El edificio religioso está coronado por un reloj que aún funciona, aunque arrastra unos minutos de retraso.

Desde el templo llegamos a la plaza del Llobregat, actual punto neurálgico del barrio, donde hay una fuente y un conjunto de cuatro casitas aún habitadas. Aquí se celebra una vez al año un festival de cerveza artesana, prácticamente uno de los pocos eventos que tienen lugar en Can Bros.

Una valla parte en este lugar el núcleo de población en dos. Al otro lado de la barrera, se alzan como grandes esqueletos de piedra desnudos los inmuebles que acogieron las fábricas. Parte de la fachada lateral ha adquirido un tono negro carbón, como si hubiera sido víctima de un incendio y aún fueran visibles los efectos del humo. Los ventanales tienen la mayoría de los cristales rotos y dotan al conjunto de una cierta aura de decorado de cine de terror. De hecho, a mediados de 2011 se rodó en este escenario el film XP3D, el primer largometraje del género rodado en tres dimensiones en el Estado. La película dirigida por Sergi Vizcaíno causó gran expectación entre los martorellenses, sobre todo entre los más jóvenes, por la presencia de actores como Amaia Salamanca, Úrsula Corberó o Maxi Iglesias.

Frente a las industrias aún se preserva la estructura de las construcciones donde residían los trabajadores de las fábricas, una serie de edificaciones erigidas en el eje que conforman las antiguas calles de Antoni Fontdevila Prat y de Sant Ramon, en honor a los últimos propietarios de la colonia. El perímetro de los domicilios está cerrado por rejas colocadas por el Ayuntamiento de Martorell por riesgo de derrumbe. A pie de calle, se puede ver cómo algunos techos han cedido y cómo los inmuebles presentan un avanzado estado de degradación por falta de mantenimiento.

Si seguimos el camino hasta el final, encontramos la iglesia, completamente tapiada y sellada con candados. A través del ojo de la cerradura se puede ver el interior del templo, que no aparenta estar muy afectado por el paso del tiempo. Los múltiples agujeros que presentan las ventanas y los rosetones parecen indicar lo contrario.

Al lado de la parroquia, hay una especie de masía bautizada como Can Catarineu, bautizada con el apellido de la familia que impulsó la actividad de Can Bros hasta principios del siglo XX. También está tapiada y una grieta de dimensiones considerables recorre de arriba a abajo buena parte de la fachada. Por ahora, no hay un proyecto sobre la mesa en firme para recuperar esta parte del patrimonio catalán.


