Bares y restaurantes históricos de Barcelona, catalogados o no, pero con muchas décadas de vida, están en riesgo de “supervivencia” por una normativa obsoleta, según alerta ERC. La palabra “supervivencia” la pone Judit Giménez, la propietaria de la Bodega la Palma, junto con Albert Rial. La bodega centenaria tiene abierto desde hace cinco años, en plena pandemia, un expediente que es como una espada de Damocles que impide a los titulares enfocar el futuro con garantías. La situación de la Bodega la Palma, situada en el corazón del barrio Gótico, no es única. Hace unos días, el TOT Barcelona explicaba que el distrito de Sants-Montjuïc dictó una orden de precinto de la Bodegueta de Cal Pep de Sants (de 1927) por no tener el local adecuado a la normativa. Después de siete u ocho inspecciones en tres años y multas por valor de 4.000 euros, el establecimiento se ha salvado, pero se ha quedado sin cocina.

El problema de fondo es que la normativa actual trata a todos los locales por igual y no hace distinción entre los bares que acaban de abrir de los negocios emblemáticos o singulares. Por ejemplo, Verónica Puig, propietaria de la Bodegueta de Cal Pep con Gustavo González, expresa que han tenido que retirar todos los elementos de la cocina. Solo les han dejado un microondas y una plancha de 3.000 vatios y deben preparar los platos en la barra. “Estamos en un vacío legal”. Los propietarios de la bodega están dispuestos a hacer un proyecto para adecuar el espacio a la normativa, pero quieren garantías y consideran que los establecimientos emblemáticos deben tener un marco legal especial. «Todos los locales nuevos deben garantizar la accesibilidad a las personas de movilidad reducida y estar insonorizados. El nuestro es de hace un siglo. Hacer todo esto puede suponer perder parte del patrimonio de la bodega«, valora Puig.

El Ayuntamiento aprobó adecuar las licencias
En abril del 2025, el Ayuntamiento de Barcelona aprobó por unanimidad que se permitiera adecuar las licencias de actividad económica de los locales de restauración emblemáticos o singulares, ya que “forman parte del patrimonio tangible e intangible de la ciudad, con el objetivo de mantener su esencia y garantizar su continuidad y el relevo generacional”. Lo hizo a instancias de ERC. Pero un año después poco ha cambiado. El concejal de ERC Jordi Coronas aboga por que se haga una suspensión cautelar de los expedientes abiertos mientras se hace una normativa nueva o se modifica la actual. Coronas recuerda que ahora el marco legal está muy lejos de cuando estos locales comenzaron la actividad hace décadas. Los republicanos dicen que están intentando hacer un listado de los locales afectados en la ciudad, pero avanzan que son muchos. Según el grupo municipal que preside Elisenda Alamany, hay negocios que han recibido multas o les han hecho advertencias de cese de actividad.
La teniente de alcaldía responsable del área de Comercio, Raquel Gil, no aceptó en la comisión de Economía y Hacienda de marzo la suspensión de los expedientes planteada por ERC. Se excusó en el hecho de que los técnicos dicen que no es posible en este caso. En cambio, el gobierno destaca que se ha iniciado un grupo de trabajo para estudiar la situación de estos locales y ha encargado una serie de informes para ayudar a encontrar una solución. El ejecutivo socialista también está mirando si la nueva ley de Comercio aprobada por el Parlamento de Cataluña, que pone más énfasis en la protección de los locales emblemáticos, les da más instrumentos. Gil admite que la solución no será rápida. «No es un tema sencillo». Mientras tanto, asegura, los distritos acompañan a los negocios, a los que se les ha abierto un expediente por las «disonancias» entre lo que dice la normativa y lo que hacen, para que no acaben teniendo consecuencias graves y tengan que cerrar.

La Bodega la Palma, un expediente abierto desde hace cinco años
El periplo de la Bodega la Palma comenzó en 2021. “Desde entonces tenemos un expediente abierto”, comenta Judit Giménez. El Ayuntamiento les dijo que no tenían permiso de cocina. La antigua propietaria nació en la Palma de Sant Just, 7 (donde está la bodega) y el primer traspaso documentado del local es de 1909, desvela Albert Rial. En la Bodega la Palma siempre se han servido comidas y bebidas. El consistorio, entonces con Ada Colau al frente, les dijo que hicieran un estudio histórico del establecimiento para arreglar la situación. «Nos dijeron que sería lento, pero que se arreglaría». Han pasado cinco años y el expediente continúa abierto. “La supervivencia se hace muy difícil. La bodega está en riesgo”, afirma Giménez. “El nuestro es un problema administrativo y técnico”, aclara Rial. En opinión de los propietarios de la Bodega la Palma, se necesita una “acción política” y hacer una nueva normativa. “Debe haber voluntad política para que los locales emblemáticos puedan continuar”.
La Bodega la Palma colabora con la restauración de otros dos establecimientos emblemáticos, la librería Sant Jordi (en la calle de Ferran, 41), y en el Espai Quera (también librería en la calle de Petritxol, 2). «Eran dos locales sin una garantía de continuidad porque la actividad no era rentable. Con capital únicamente privado se han recuperado y han reabierto con una actividad complementaria de restauración llevada desde la bodega. La Bodega la Palma quiere estar muy vinculada a proyectos de este tipo, de recuperar locales históricos y darles una nueva vida», subraya Giménez.

Falta cobertura jurídica, dice El Roure
En la Vila de Gràcia, El Roure es un local con ciento treinta y siete años de historia. Fuentes del establecimiento sostienen que a los locales con décadas de vida o centenarios de Barcelona les “falta cobertura jurídica”. El Roure, como ha hecho la Bodega la Palma, ha elaborado un estudio histórico del bar que les ha permitido documentar que en 1936 El Roble -nombre oficial, aunque desde siempre en Gràcia se le ha conocido como El Roure- ya existía y en 1943 el negocio se traspasó de José Borràs Rovira a Ramón Gassió Cunillera. Desde el establecimiento creen que, además de proteger los espacios arquitectónicamente, se debería preservar «lo intangible, el ambiente o la actividad». Los locales emblemáticos forman parte del paisaje urbano de Barcelona y, como en el caso del Roure, ofrecen platillos de cocina de proximidad y mercado. “Se debe posibilitar que la actividad tenga futuro con seguridad jurídica”.

