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La crisis de identidad del patrimonio barcelonés
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¿Qué es patrimonio? La enciclopedia catalana lo define en términos generales como un «conjunto de bienes, valores y créditos que posee una persona o una institución». Si añadimos la palabra cultural detrás, la descripción se amplía a los «testimonios que forman la herencia cultural de la sociedad, como las tradiciones, las costumbres, el arte, el lenguaje, el entorno o el paisaje». Ahora bien, la que nos interesa para este artículo es la que hace referencia al patrimonio arquitectónico, que engloba el «conjunto de edificios, monumentos, núcleos históricos y elementos construidos que tienen un valor histórico, artístico, urbanístico o etnológico y que se deben proteger para las generaciones futuras». En ciudades como Barcelona, este concepto ha permitido a lo largo de los años blindar el núcleo antiguo, edificios singulares como la Casa Batlló o el Hospital de Sant Pau, recintos como el Park Güell y la Escola Industrial o zonas como el Eixample, donde se deben respetar ciertos criterios para poder erigir nuevas construcciones. Bajo este paraguas de protección patrimonial, se han salvado de la piqueta muchos inmuebles extraordinarios, pero probablemente se han perdido aún más.

Aprovechando que la ciudad defiende este año la Capitalidad Mundial de la Arquitectura y acogió hace unos meses el Congreso Mundial de Arquitectos, la Federación de Asociaciones Vecinales de Barcelona (FAVB) ha organizado en el Centre Cívic Pati Llimona la exposición Paisatges Perduts, que visibiliza la pérdida de patrimonio -no solo puramente arquitectónico, sino también de espacios y entornos- que la capital catalana ha sufrido en las últimas décadas. Lo hace a partir de fotografías que muestran el antes y el después de ciertos lugares donde se ha actuado urbanísticamente. La muestra también propone unos paseos comentados por diferentes barrios los fines de semana y una serie de debates alrededor de la temática. La última de estas mesas redondas tuvo lugar el miércoles por la tarde y llevaba por título ¿Qué proponen los políticos?. Participaron la arquitecta jefe del Ayuntamiento, Maria Buhigas; los concejales municipales Eva Baró (ERC) y Pau Gonzàlez (BComú); y el consejero del distrito de Ciutat Vella Óscar Zayas (PP). La conversación moderada por el presidente de la FAVB, Miquel Borràs, giró en torno a la crisis de identidad que sufre el patrimonio barcelonés y en la necesidad de redefinir el concepto para determinar qué es susceptible de ser protegido y qué no.

La falacia del valor

«Estamos en un momento en que lo que entendemos por patrimonio no está en cuestión, pero sí en revisión. El tablero de trabajo es una ciudad construida, consolidada, y cada vez que intervenimos nos preguntamos qué debemos hacer con lo que construimos», apuntaba en su primera intervención Buhigas, que acudió al debate en sustitución de la primera teniente de alcaldía, Laia Bonet. La arquitecta asegura que hay una tendencia al mantenimiento de los inmuebles existentes y explicaba que desde el consistorio se está haciendo una auditoría del estado de conservación de todos los elementos patrimoniales que son de propiedad municipal, un paso previo esencial para poder asignarles un presupuesto. Sobre la situación actual del patrimonio en la ciudad, considera que el escenario no es alarmante. «Creo que hay una conciencia importante, pero debemos entender que poner valor patrimonial significa elegir. Si todo tiene valor, nada lo tiene«, argumentaba.

Antiguo edificio de la aduana de la estación de Francia, en riesgo de desaparecer en las próximas semanas porque no está protegido / Jordi Play

El diagnóstico sobre el contexto actual no lo compartía Baró. «Creemos que hay bastante margen de mejora con las políticas del Ayuntamiento, sobre todo en cuanto al concepto. La protección del patrimonio debe ir mucho más allá de lo que siempre se había entendido y de los espacios físicos un poco aislados del resto […] Se vincula muchísimo con la identidad de los barrios, con la idea de conjunto. Los usos o las redes de relaciones que se dan en un lugar o entorno también tienen un valor», reflexionaba. La concejala republicana hacía un llamado a abrir la mirada y no quedarse encajonados en una definición académica de lo que se puede o no proteger. «Si creemos que la rehabilitación debe ir antes que la sustitución, debemos poner los recursos, reforzar los equipos y aprovechar todas las herramientas que la administración ofrece», decía. A su vez, Gonzàlez lamentaba que el ejecutivo no siempre haya sido lo suficientemente consciente y cuidadoso con la riqueza patrimonial barcelonesa, pero ve un rayo de esperanza en la mayor sensibilidad y concienciación vecinal sobre su patrimonio.

esgrafiado
Un detalle del esgrafiado de la fachada del edificio de Núñez y Navarro en la calle de Rogent, en enero / Jordi Play

«Creo que una revisión del concepto es necesaria. Durante muchos años, el patrimonio han sido piezas concretas impulsadas por unas élites […] Barcelona no se entiende sin el Palau Güell ni el Hospital de Sant Pau, pero tampoco sin los grandes bloques de ladrillos o las barracas del Carmel«, afirmaba el concejal, subrayando también la importancia de los usos que damos a estos elementos protegidos. Por su parte, Zayas reconocía la importancia de conservar la singularidad de la capital catalana, pero siempre siguiendo unos criterios que no la conviertan en un «museo«. «Preservar la ciudad no es fosilizarla […] No todo es protegible. Así estamos devaluando el concepto de preservación«, indicaba. El popular invitaba al consistorio a establecer unas condiciones claras para que los particulares que tienen la responsabilidad de cuidar de este patrimonio entiendan las reglas del juego y tildaba de situación «inadmisible» el atasco con nuevas licencias de obra o de reforma que hay en distritos como el Eixample debido a los estrictos reglamentos de protección.

La Casa dels Gossos, una finca centenaria ubicada en el número 36 de la calle de Bolívar afectada por el proyecto polémico de la rambla verde de Vallcarca / Jordi Play

¿Reglas que encorsetan?

La segunda ronda de intervenciones se centró en la capacidad de intervención de las administraciones en esta preservación del patrimonio. Buhigas remarcó un aspecto clave como es tener suficientes recursos, admitiendo que ha habido en los últimos años bajas sensibles en el organigrama de la Dirección de Patrimonio y el Instituto Municipal de Paisaje Urbano (IMPU) que complican la respuesta del consistorio ante los diferentes retos y problemas. La arquitecta también incidió en la necesidad de no caer en la ley muerta, «aquella que no tenemos capacidad de hacer cumplir», y en el lastre que supone en muchos casos el Plan General Metropolitano (PGM) de 1976. «Debemos poder explicar a la gente por qué una cosa tiene un valor. Al catálogo de Patrimonio le falta el alzado, dibujar los elementos. Muchos han tenido intervenciones y nos interesa que todo sea mucho más comprensible y clarificar procedimientos […] Me encantaría que hubiéramos superado el PGM, pero hay muchos territorios y tejidos urbanos que tienen unas características que no se tuvieron en cuenta por la época que era«, aseveraba.

Colònia Castells. Les Corts.
Uno de los callejones de la desaparecida Colònia Castells, en el Camp de la Creu de les Corts / Jordi Play

Ante las justificaciones municipales, Baró recordaba que hace tres años que se arrastra esta falta de personal e insistía en que hay que pasar a la acción con políticas también a corto plazo: «Las auditorías por sí no sirven para proteger nada. No caigamos en la parálisis por sobreanálisis, que la ciudad no se nos escape […] Debemos establecer prioridades, actuar con lo que es inminente, que está en riesgo«. En la misma línea se pronunciaba Gonzàlez, que apremia al consistorio a tomar cartas en el asunto para detener la especulación urbanística y una «tendencia excesiva al derribo«. «La inacción es el peor de los escenarios, si es necesario se busca una nueva hoja de ruta. ¿Qué hacemos? Desplegar medidas de gobierno, recuperar la mesa ciudadana de patrimonio, poner bonificaciones fiscales para el mantenimiento de estos elementos por parte de los privados…», planteaba.

Las máquinas ya trabajan en el derribo de la estación de mercancías de la Sagrera / A.R.
Las máquinas trabajando en el derribo de la estación de mercancías de la Sagrera / A.R.

El concejal de BComú aprovechaba para celebrar el atasco de licencias en el Eixample denunciado por el PP. «Es el único distrito que tiene una ordenanza de rehabilitación y mejora específica, un filtro técnico que participa de la concreción de los diferentes proyectos de reforma integral y derribo. Bienvenido sea este tiempo extra si eso nos permite evitar ciertas cosas«, remataba. La respuesta de Zayas era prácticamente automática: «Es injustificable». El consejero popular cerraba su segundo turno de palabra con un alegato a favor de las demoliciones y reformas como símbolo en muchos casos de evolución del municipio y en contra del estancamiento urbanístico. «Todas las ciudades han destruido su pasado. Es un fenómeno que siempre ha ocurrido, no es nuevo ni cosa de la especulación ni de las élites […] ¿Qué se conserva y cómo? ¿Qué usos se le dará? Debemos detectar qué es protegible y qué no», concluía.

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