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Alberto Pizarro, barman: «La caída del consumo de alcohol se explica por el retraso en la edad para ir al bar»

Los números no mienten y la evidencia es abrumadora: los jóvenes están abandonando el consumo de alcohol a un ritmo que nadie habría predicho. Los datos del Ministerio de Sanidad son una señal de alerta que nos obligan a mirar de cerca qué está ocurriendo con las nuevas generaciones. Es una caída que transforma por completo el paisaje del ocio nocturno y los hábitos sociales que conocíamos.

Pero, ¿qué hay realmente detrás de este cambio tan radical? La solución, o al menos la clave para entenderlo, nos la da uno de los grandes expertos de nuestro país. Según Alberto Pizarro, reconocido barman y responsable de Bobby Gin en Barcelona, la realidad es mucho más compleja que una simple moda o una decisión consciente de no beber.

Lo que estamos viendo es un secreto a voces: el porcentaje de jóvenes de entre 15 y 24 años que consume alcohol habitualmente se ha desplomado de un alarmante 43,8% en 2006 a un escaso 17,9% en 2023. Esto representa una caída de casi el 60%, y esta tendencia también se refleja en el consumo semanal de la población en general, pasando del 48,4% al 31,1% en el mismo período. Una transformación social que nos afecta de lleno.

Estas cifras no solo afectan nuestro día a día, sino también directamente a la industria de la hostelería y nuestro bolsillo, con años de descensos en las ventas de bebidas alcohólicas. Pero lo que Pizarro nos revela es un cambio mucho más profundo: la edad en la que los jóvenes comienzan a ir al bar se está retrasando significativamente, y esto lo revoluciona todo.

La situación no es que los bares estén llenos de gente que no toma bebidas alcohólicas de alta graduación, sino que «hay gente que ha dejado de ir a un bar y está retrasando la edad de ir a ese bar». (Sí, nosotros también tuvimos que releerlo para procesar esta perspectiva tan aguda).

Los nuevos hábitos que cambian el consumo de alcohol

Este giro no es solo una cuestión de gustos, sino que responde a un cúmulo de factores interconectados. Alberto Pizarro subraya que la caída del consumo de alcohol se enmarca en una caída del consumo de ocio en general, directamente relacionada con las circunstancias vitales y la presión sobre nuestra economía. Si nuestro bolsillo sufre, lo primero que se recorta es el ocio.

Pero no todo es una cuestión económica; también hay un cambio en las prioridades y en los hábitos de ocio. El fenómeno del «tardeo», por ejemplo, no es solo un simple cambio de horario, sino que implica una socialización más tranquila. Una música más relajada y un ambiente menos frenético invitan a un consumo más sosegado y a conversaciones más profundas, muy diferente de lo que tradicionalmente buscábamos en la noche.

Lo que estamos observando es una pluralidad de elementos que interactúan. La decisión de salir no es ajena a lo que tenemos previsto hacer al día siguiente, y esto afecta la manera en que nos relacionamos con el consumo. Es un cambio cultural que nos interpela como sociedad y que los negocios deben aprender a anticipar para no quedarse atrás.

La clave no es solo ofrecer bebidas sin alcohol, sino entender que el mundo del bar sin alcohol es mucho más complejo de lo que parece a primera vista. No es lo mismo un bebedor habitual que puntualmente no consume que alguien que nunca lo hace; sus necesidades y su socialización son totalmente diferentes.

Más allá del 0,0: el auge de las bebidas funcionales

La industria no se ha quedado de brazos cruzados y ha reaccionado con una avalancha de versiones 0.0 de nuestros productos preferidos. Pero la tendencia va mucho más allá del simple hecho de eliminar el alcohol. Según Pizarro, cada vez está más de moda consumir bebidas que cumplen una función específica en el cuerpo, como la simple hidratación o el aporte nutricional. Es un cambio imprescindible en la coctelería.

Hablamos de incorporar el mundo del té y las infusiones a la coctelera sin alcohol, ofreciendo una experiencia de sabor y bienestar. No es que el gin-tonic clásico o el whisky de malta dejen de estar de moda, sino que «cada vez está más de moda introducir en la coctelería ingredientes funcionales«. Esto abre un abanico de posibilidades creativas y saludables que hasta hace poco eran impensables en un bar.

El reto es inmenso, ya que lanzar una nueva categoría requiere tiempo de validación y ajuste. Las regulaciones actuales hacen que la comunicación con el cliente sea más difícil que nunca, alargando el proceso de aceptación. No obstante, esta adaptación es crucial para no perder el tren de una demanda creciente y de unos consumidores cada vez más conscientes y exigentes con lo que beben.

El «truco» definitivo para esquivar la resaca (y otros mitos del bar)

Hablemos de un tema que nos ha preocupado a todas alguna vez: el «garrafón». Alberto Pizarro desmonta este mito urbano que tanto ha circulado por discotecas y bares. Afirma que el «garrafón» como tal, es decir, introducir un destilado de baja calidad o tóxico en una botella de marca reconocida, es un delito y es mucho menos prevalente de lo que la gente atribuye. Las mismas marcas tienen departamentos especializados para perseguirlo, por nuestra propia seguridad.

El error que a menudo cometemos es confundir el «garrafón» con el uso de marcas de menor prestigio que se cobran a un precio elevado, sin un engaño intencionado con botellas falsas. Es decir, se nos dispensa un destilado de baja calidad sin necesidad de falsificación. Esto es una cuestión de precio y valor, no de un delito contra la salud, aunque nuestro ahorro se pueda resentir.

Y si lo que buscamos es el truco definitivo para tener la menor resaca posible, la respuesta de Pizarro es sorprendentemente sencilla: la moderación. Un consumo responsable implica entender que cada una de nosotras debe definir su «moderación» en función de sus actividades y responsabilidades al día siguiente. No es lo mismo una noche antes de un maratón que un domingo con la familia.

Además de la moderación, hay otro elemento oculto que todo el mundo debería tener en cuenta: el agua. «¿Qué debería pedir siempre? Pues agua. Agua para combinar con la bebida alcohólica». Un consejo imprescindible para disfrutar del ocio sin sufrir las consecuencias del día después.

¿Y qué pasa con la temida mezcla de bebidas energéticas con alcohol? Pizarro tiene una visión pragmática: «Con moderación todo está bien». Para ciertos contextos, como una discoteca de Ibiza, puede ser la bebida más adecuada. Pero si hablamos de sabores y mezclas exquisitas, «no es la mejor combinación». Es como la sal: un poco adereza la comida, pero mucha puede ser peligrosa. Al final, es la demanda la que genera la oferta, y hay quien busca esa energía extra que un simple café ya ofrece.

La forma en que nos relacionamos con el alcohol y el ocio está en constante evolución, influida por nuestra salud, nuestro bolsillo y nuestras expectativas. Estamos ante un cambio de paradigma que exige a la industria y a nosotros, como consumidoras, una adaptación y una comprensión más profundas. ¿Estamos preparadas para esta nueva era del consumo?

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