Hay verdades que atraviesan los siglos como un puñal de doble filo. A veces, para entender lo que nos sucede hoy en día, no es necesario mirar las redes sociales ni los debates televisivos de última hora. Solo hay que abrir un libro de historia antigua y dejar que los clásicos nos pongan un espejo frente a la cara.
Esto es exactamente lo que ha ocurrido con el rescate de una frase que está corriendo como la pólvora por internet. Un diagnóstico demoledor que fue escrito hace más de dos mil siglos, pero que parece redactado esta misma mañana en una columna de opinión sobre nuestra sociedad. El autor de esta sentencia fue Pompeyo Trogo, uno de los historiadores más lúcidos del Imperio Romano.
Lo que dejó escrito este cronista no es una simple observación militar de la época. Es una radiografía psicológica tan precisa que da casi miedo. (Y sí, a nosotros también se nos ha puesto la piel de gallina al leerla por primera vez).
¿Quién era Pompeyo Trogo y por qué nos conocía tan bien?
Para ponernos en contexto, debemos viajar a la época del emperador Augusto. Pompeyo Trogo era un historiador galorromano que decidió documentar el mundo conocido. No era un funcionario cualquiera; su abuelo había luchado bajo las órdenes de Cneo Pompeyo Magno y su familia conocía perfectamente los secretos del poder de Roma.
Trogo no se mordía la lengua. En su obra magna, las Historias Filípicas, dedicó una atención muy especial a los habitantes de la península Ibérica, la Hispania que tantos dolores de cabeza dio a las legiones romanas durante décadas de conquista sangrienta.
Los romanos admiraban la resistencia de los pueblos ibéricos, pero también les temían. No entendían cómo un territorio tan rico y poblado por guerreros formidables no se había unido nunca para crear un imperio propio. La respuesta a este misterio de la antigüedad la encontró Trogo en una sola frase que ha sobrevivido al paso del tiempo.
La anatomía de un carácter indomable (y autodestructivo)
Analicemos la frase con frialdad porque no tiene pérdida. El cronista romano comienza alabando las virtudes físicas y mentales de nuestros antepasados. Habla de la resistencia extrema, de la capacidad de sufrir sin quejarse y de una valentía casi temeraria ante la muerte. Pero inmediatamente después, lanza el dardo envenenado.
La clave de todo reside en la necesidad de un enemigo común. Según la visión de Roma, los pueblos de la península solo eran capaces de colaborar y luchar juntos cuando tenían una amenaza externa gigantesca que ponía en peligro su existencia. En el momento en que esta amenaza desaparecía, la energía bélica no se diluía: se volvía hacia adentro.
Esta falta de cohesión interna fue, de hecho, la mejor arma de Roma. Los generales romanos aprendieron rápidamente que la mejor manera de someter la península no era el combate directo, sino el arte de la división interna. Solo había que pactar con una tribu para destruir a la vecina.
Una verdad incómoda que resuena en el presente
¿Por qué esta frase se ha convertido en un fenómeno viral ahora mismo? La respuesta es sencilla y un poco dolorosa. Cualquier ciudadano que observe el panorama político, social y territorial actual puede ver el reflejo de aquella descripción clásica.
Parece que necesitamos constantemente buscar un adversario al otro lado de la trinchera para sentirnos vivos. Si no hay una invasión extranjera o una gran catástrofe que nos obligue a unirnos, enseguida encontramos un motivo para dividirnos: la política, el fútbol, la lengua o la gestión de cualquier crisis cotidiana. El conflicto interno es nuestro deporte nacional desde hace milenios.
La historia nos demuestra que esta dinámica se ha repetido en bucle. Desde las guerras civiles de la antigüedad, pasando por las disputas de la edad media, hasta llegar a los conflictos más recientes de nuestra historia moderna. Parece que llevamos este gen de la discordia grabado en el ADN colectivo.
La lección que todavía no hemos aprendido
El peligro de no conocer la historia es que estamos condenados a repetirla. El texto de Pompeyo Trogo, que nos ha llegado resumido gracias a otro historiador posterior llamado Justino, es una advertencia muy seria sobre nuestras propias debilidades.
La fortaleza individual y el coraje no sirven de nada si la colectividad se destruye a sí misma desde el interior. La falta de unión y la incapacidad de encontrar consensos sin la necesidad de tener un enemigo a quien odiar es el verdadero talón de Aquiles que nos acompaña desde los tiempos en que vestíamos con pieles y luchábamos con falcatas.
La próxima vez que os encontréis en medio de una discusión estéril en las redes sociales o que veáis cómo se polariza vuestro entorno por cualquier tontería, recordad las palabras de este viejo romano. Quizás así nos demos cuenta de que el peor enemigo no viene de fuera, sino que lo llevamos dentro.



