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Jericó: La ciudad más antigua y su secreto de dátiles

¿Imaginas un mar verde de palmeras exuberantes, cargadas de racimos dorados, en medio del desierto de Judea? Esta imagen no es un sueño. Es la realidad de hace más de dos milenios en Jericó, la ciudad habitada más antigua del mundo.

Pero hay un secreto: esta urbe milenaria no solo era famosa por sus muros, sino por un tesoro dulce que cautivó a emperadores y alimentó a rebeldes. Hablamos de lo que hizo de Jericó la capital de la delicia más codiciada de la Antigüedad.

Este fruto no era una simple golosina. Era un símbolo de estatus, una moneda de cambio e incluso una medicina. Algunos expertos bíblicos dicen que cuando se hablaba de «una tierra que mana leche y miel», se referían directamente a la miel de dátil.

La historia de los dátiles de Jericó es una proeza de ingeniería y supervivencia. A 400 metros bajo el nivel del mar, en uno de los lugares más áridos del planeta, floreció un vergel inolvidable. La clave? El agua y la astucia humana.

Las palmeras datileras son árboles extremadamente sedientos. Una sola puede consumir hasta 160.000 litros de agua al año. Para mantener decenas de miles de palmeras, los antiguos habitantes de Jericó aprovecharon fuentes naturales como el manantial de Eliseo.

@mr_baez

Así es entrar en Jericó, una ciudad milenaria y de las más antiguas que aún existe. Mencionada mucha veces en la Biblia y llena de anécdotas maravillosas. ✝️ #israeltiktok #recuerdos #tierrasanta #christiantiktok #israel #parati #semanasanta #jerico #yerikho

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Más tarde, durante el período asmoneo y el reinado de Herodes el Grande, se diseñó una red de acueductos. Estos canales llevaban el agua desde el Wadi Kelt directamente a los palacios de invierno y a las vastas fincas agrícolas. Un auténtico triunfo de la civilización sobre la dureza del desierto.

El prestigio de estos dátiles cruzó todas las fronteras conocidas. Historiadores de la talla de Plinio el Viejo o Flavio Josefo dejaron constancia de su calidad inigualable. Josefo, en el siglo I d.C., describió la región de Jericó como el lugar donde crecían «muchas palmeras datileras de excelente calidad».

Él destacaba su tamaño, su dulzura pegajosa y sus propiedades curativas. No era solo un capricho para la élite romana o la corte de Cleopatra. Era un auténtico superalimento.

Estos dátiles aportaban más de 3.000 calorías por kilo, con un 70% de carbohidratos (fructosa y glucosa). Además, eran ricos en potasio, magnesio, hierro y fibra. Una auténtica bomba de energía asimilable.

Su densidad nutricional y la capacidad de conservarse secos durante meses los convirtieron en la ración de supervivencia perfecta. Cuando los rebeldes judíos resistieron el asedio romano en la mítica fortaleza de Masada, sus almacenes estaban llenos de dátiles. Esto les permitió subsistir durante un tiempo prolongado en las condiciones más extremas.

La desaparición de un tesoro milenario

A pesar de toda su fama y su poder, el dátil de Judea sufrió un trágico destino. Tras guerras sucesivas, revueltas contra Roma, y cambios climáticos y políticos, las majestuosas plantaciones fueron desapareciendo poco a poco. Los ejércitos talaban los árboles para usarlos como material de asedio o, simplemente, para destruir la economía local.

Hacia el siglo XIV, bajo el dominio mameluco, la palmera datilera original de la región se consideraba prácticamente extinta. Cuando el rabino italiano Ovadiah de Bartenura visitó Jericó a finales del siglo XV, anotó con tristeza que ya no quedaba ni rastro de las famosas palmeras. El dulce tesoro de la Antigüedad parecía haberse perdido para siempre. Un error que no podemos permitirnos hoy en día.

El milagro de Matusalén: la resurrección científica

Pero la historia tiene giros inesperados. En el siglo XX, concretamente en la década de 1960, durante las excavaciones en la fortaleza de Masada, los arqueólogos encontraron una pequeña vasija de arcilla. En su interior, protegidas del paso del tiempo durante 2.000 años, descansaban unas semillas de dátil.

Las semillas permanecieron guardadas en un cajón durante 40 años. Después, un grupo de expertos decidió intentar hacer germinar algunas de estas semillas milenarias. Y, contra todo pronóstico, tras un cuidadoso proceso de hidratación y el uso de fertilizantes enzimáticos, una de las semillas brotó.

La llamaron Matusalén. Las pruebas de radiocarbono confirmaron que la semilla databa de entre el siglo I a.C. y el siglo I d.C. Hoy, Matusalén es un árbol de dátil robusto que crece en el Kibbutz Ketura, al sur de Israel.

A él se han unido otras palmeras germinadas a partir de semillas antiguas encontradas en Qumran, bautizadas con nombres como Ana, Judit y Boaz. Y, recientemente, estos árboles han dado sus primeros frutos. (Sí, nosotros también alucinamos con la solución a un misterio tan grande).

Los científicos que han tenido el privilegio de probarlos aseguran que son exquisitos, con un sabor que recuerda a la miel y un toque de nuez tostada. Una auténtica ventana al pasado, un regalo para nuestro paladar.

La próxima vez que veas un dátil, piensa en toda la historia que hay detrás. Un recordatorio de que la naturaleza, con un poco de ayuda humana, siempre puede resurgir. Una lección de vida que nos llega desde la ciudad más antigua del mundo, directamente a nuestra pantalla.

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