Hay rincones del mapa que parecen diseñados por un novelista romántico, pero que la mayoría de turistas pasan de largo. Nos hemos acostumbrado a buscar las postales de siempre, a hacer colas interminables en Carcasona o a colapsar las calles de Girona. Pero, ¿qué pasaría si te dijera que a un golpe de coche de la frontera existe una ciudad atravesada por canales de agua verde, puentes de piedra medievales y una obra de ingeniería que cambió la historia de Europa?
Este lugar existe, tiene sabor a vino de la tierra y es la cuna de una de las estrellas de la selección española de fútbol, Aymeric Laporte. Hablamos de Agen, una localidad que casi nadie sabe situar en el mapa pero que esconde un patrimonio capaz de dejar mudos a los viajeros más exigentes. (Y sí, nosotros también nos preguntamos cómo es posible que haya mantenido este perfil bajo durante tanto tiempo).
El secreto mejor guardado de Lot y Garona
Cuando pensamos en futbolistas de élite, nos vienen a la mente grandes metrópolis o lujosas urbanizaciones de costa. La historia de Aymeric Laporte, actual central del Al-Nassr, nace en un escenario completamente diferente. Agen, situada en la región de Nueva Aquitania, es una ciudad que late a otro ritmo. Aquí no hay prisas, solo el murmullo constante del agua y el olor de sus famosas ciruelas secas, un auténtico tesoro gastronómico que ha dado la vuelta al mundo.
Pasear por su casco histórico es hacer un viaje en el tiempo sin la distorsión del turismo de masas. Las calles estrechas están flanqueadas por casas de entramado de madera que parecen sostenerse por milagro desde el siglo XV. Es un tejido urbano orgánico, donde cada esquina revela un patio interior escondido o una pequeña plaza donde los vecinos toman el café de la mañana sin prisas. La sensación de descubrimiento es constante, algo casi imposible de encontrar hoy en día en las grandes capitales europeas.
Pero lo que realmente define la personalidad de esta ciudad es su relación íntima con el elemento líquido. Agen está partida por el río Garona, un gigante de agua que ha marcado el destino de sus habitantes desde la época romana. Pero no es el río lo que acapara todas las miradas, sino la arteria artificial que corre paralela a él: el célebre Canal lateral de la Garona.

El puente canal: un milagro que levita sobre el río
Es en este punto donde la historia se convierte en espectáculo visual. Si hay un monumento que justifica por sí solo una escapada a esta desconocida ciudad, este es su impresionante puente canal. Imagina una estructura de piedra de casi seiscientos metros de longitud, sostenida por veintitrés arcos monumentales. Ahora, imagina que por encima de este puente no pasan coches, ni trenes, sino barcos.
Esta obra maestra de la ingeniería del siglo XIX permite que el canal de navegación cruce literalmente por encima del río Garona. Es uno de los puentes canal más largos de toda Francia y un hito técnico que aún hoy deja a los visitantes con la boca abierta. Caminar por sus caminos de sirga, con el agua del canal a un lado y el abismo del río al otro, es una experiencia casi mística. (Sobre todo cuando ves aparecer una pequeña embarcación de motor navegando a la altura de las copas de los árboles).
La obra fue iniciada bajo la dirección del ingeniero Jean-Baptiste de Baudre y contó con la colaboración del mismo Jean-Baptiste de Lamarck en los estudios previos. Su construcción fue un reto titánico para la época, utilizando piedra blanca de las canteras de la región que hoy en día brilla con una tonalidad casi dorada cuando el sol comienza a ponerse sobre las aguas.
Un oasis para los amantes del ‘slow travel’
Más allá de la piedra y la ingeniería, lo que realmente atrapa de Agen es su atmósfera. El canal está bordeado por una vía verde infinita, un camino de asfalto perfecto cerrado al tráfico de vehículos donde los ciclistas y los caminantes son los únicos reyes. Es el paraíso del turismo fluvial, una modalidad que gana adeptos cada año y que permite alquilar pequeñas barcas sin licencia para recorrer el sur de Francia a la velocidad de un paseo.
Si optas por quedarte en tierra firme, la ciudad ofrece joyas culturales de primer orden. El Museo de Bellas Artes de Agen, ubicado en cuatro magníficos palacios renacentistas, custodia una colección impresionante que incluye obras de Francisco de Goya. Sí, has leído bien. En esta pequeña ciudad de provincias se pueden admirar obras maestras del genio aragonés sin tener que hacer las colas del Museo del Prado.
La gastronomía local es otro de los puntos fuertes de esta escapada. Estamos en la puerta de entrada del suroeste francés, una tierra donde la buena comida es una religión. Los mercados locales, como el de la Place des Laitiers, se llenan cada semana de quesos artesanos, pato en todas sus versiones y, por supuesto, los vinos de las denominaciones de origen vecinas como Buzet o Côtes du Marmandais. Precios honestos para una calidad que en París costaría el triple.
Cómo organizar tu escapada antes de que se ponga de moda
Llegar a Agen es mucho más fácil de lo que piensas. Si decides coger el coche desde Barcelona, el trayecto es de unas cuatro horas y media a través de paisajes que cambian progresivamente de la sequía mediterránea a los verdes intensos del prepirineo francés. También es posible llegar en tren de alta velocidad haciendo transbordo en Toulouse, una opción cómoda y sostenible para un fin de semana largo.
La mejor época para visitar la ciudad es durante la primavera o el comienzo del otoño, cuando las temperaturas son suaves y los plátanos de sombra que bordean el canal tienen colores espectaculares. En verano, la ciudad se llena de vida con el festival de la ciruela y numerosos conciertos al aire libre junto al río, aunque el termómetro puede subir con ganas.
En un mundo donde viajar a menudo se ha convertido en una lista de tareas pendientes para hacerse la foto de Instagram, destinos como Agen nos reconcilian con el placer del viaje original. Un lugar donde no hay presión por verlo todo, donde el mejor plan es, simplemente, sentarse a la orilla del canal a ver pasar el agua. ¿Quieres un consejo? Reserva tu alojamiento antes de que el resto de mortales descubran este secreto de la Nueva Aquitania.
