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Albert Einstein, físico y Nobel: «La imaginación supera el conocimiento: este es finito, pero aquella rodea el mundo»

Vivimos en una era donde la información se multiplica a una velocidad vertiginosa. Creemos que saber más, acumular datos, es la clave de todo. Nos han educado así. (¿Y si nos equivocamos?).

Nuestra sociedad glorifica el conocimiento, el razonamiento lógico, la capacidad de analizar. Pero hay un secreto oculto que el científico más brillante de todos los tiempos intentó revelarnos. Un truco vital que, hoy, estamos a punto de perder.

El genio que se decía artista

Imaginemos a Albert Einstein. Pensemos en su inteligencia, en las fórmulas incomprensibles. La imagen del genio. Pero él, con toda la física de su tiempo en la cabeza, confesó algo que dejó helado a un periodista en 1929.

Aquella entrevista para el Saturday Evening Post esperaba grandes revelaciones científicas. En cambio, el Nobel habló de intuiciones. De corazonadas. De sentir que tenía razón sin saber por qué.

El periodista, intrigado, le preguntó si confiaba más en su imaginación que en su conocimiento. Y aquí llegó la frase que lo cambia todo. La verdadera revelación de su método.

Soy suficientemente artista como para servirme libremente de mi imaginación. La imaginación es más importante que el conocimiento, porque el conocimiento es limitado, mientras que la imaginación rodea el mundo.

Un físico de su talla, llamándose a sí mismo «artista». En el punto álgido de su fama mundial. No era una postura. Era la realidad detrás de su genio.

Cuando tenía solo dieciséis años y luchaba con los exámenes en Suiza, Einstein se hizo una pregunta que parecía absurda. Una pérdida de tiempo para cualquier profesor. Se imaginó a sí mismo corriendo al lado de un rayo de luz, a la misma velocidad y en la misma dirección.

¿Qué vería? ¿La luz quieta a su lado? (Una idea completamente loca, si lo pensamos bien). Este juego mental, esta pura fantasía de adolescente aburrido, fue la semilla. Diez años después, esa cuestión aparentemente inútil floreció en la Teoría de la Relatividad Especial. La imaginación abrió un camino que el conocimiento, por sí solo, nunca habría encontrado.

La frontera del saber

Debemos tener cuidado. La frase de Einstein no es una excusa para no estudiar. Él sabía una barbaridad. Había devorado a Maxwell, Mach y Poincaré. Y cuando las matemáticas se le quedaron cortas para la relatividad general, pidió ayuda a su amigo Marcel Grossmann. Su intuición no habría llegado a ningún lado sin este fundamento brutal.

Lo que nos dice es mucho más profundo. El conocimiento es lo que ya se ha descubierto. Por definición, tiene un límite, un final. La imaginación, en cambio, es la única herramienta capaz de asomarse a esa frontera. De preguntar qué habrá al otro lado. Sin ella, podemos saber muchísimo, pero nos quedaremos siempre en el mismo lugar.

Su contemporáneo Bertrand Russell, filósofo y pacifista, lo expresaba de manera similar. Defendía que «el secreto de la felicidad consiste en tener los intereses lo más amplios posible». Ambos hablaban de mirar más allá, no solo de saber más.

El verdadero coste de las pantallas

Piénsalo ahora mismo. ¿Cuándo fue la última vez que estuviste mirando el techo sin hacer nada? (De verdad, haz un pequeño esfuerzo de memoria). ¿Cuánto hace de eso? ¿Y cuándo se te ocurrió una idea brillante frente a una pantalla? Seguro que mucho más de lo que querrías admitir.

Las grandes ideas casi nunca llegan mientras trabajamos. Llegan en la ducha. Lavando platos. Caminando sin rumbo por la calle. La mente necesita momentos vacíos para divagar libremente. Para encontrar conexiones donde antes no había ninguna. Es un proceso orgánico que hemos olvidado.

El gran error? Hemos ido tapando con el móvil todos esos «huecos muertos». La cola del supermercado. El trayecto en metro. Los diez minutos antes de dormirse. Ya no queda ni un solo momento de aburrimiento al día. Y el aburrimiento, que tan mala fama tiene, era precisamente el terreno donde germinaba todo esto. Era la clave del desarrollo de nuestra imaginación.

La psicología tardó en tomarse en serio esta facultad. Durante décadas, la trató como una cosita menor. Cosa de niños. Pero hoy sabemos que el aburrimiento es fundamental. La empatía, por ejemplo, es un ejercicio imaginativo puro. Para sentir lo que le pasa a otro, tenemos que fabricar dentro de nosotros una versión de su experiencia. Quien no puede imaginar al otro, tampoco puede compadecerse. (Un detalle impactante, ¿verdad?).

Sabemos también que el cerebro distingue peor de lo que creíamos entre lo que se ha vivido y lo que se ha imaginado. Una frontera borrosa. Aquí se apoyan técnicas terapéuticas como las visualizaciones, utilizadas para tratar situaciones difíciles. Nuestra imaginación tiene un poder real, casi tangible.

El verdadero legado

Volvamos al hombre de la melena blanca. Einstein murió en 1955. Había pedido que incineraran sus restos y esparcieran las cenizas en un lugar desconocido. No quería que su tumba se convirtiera en un santuario. No lo consiguió del todo.

El patólogo que le hizo la autopsia le extrajo el cerebro antes de la incineración y se lo quedó. Ese órgano fue durante décadas de laboratorio en laboratorio. Troceado en frascos. Los investigadores buscaban en los tejidos la explicación de su genio. Nunca la encontraron. Y quizás es porque lo que buscaban no estaba allí. Estaba en aquel chico de dieciséis años que un día, aburrido en clase y mirando por la ventana, se preguntó qué se vería corriendo al lado de un rayo de luz. (Aquí hay un aprendizaje vital para todos nosotros).

¿Hemos perdido nuestra capacidad de soñar despiertos? ¿De dejar que la mente vague libremente?

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