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Ports clásicos duplicaban su tamaño con técnica defensiva

Durante siglos, hemos confiado en una imagen de los puertos antiguos que ahora sabemos que era incompleta. Pensábamos que lo habíamos entendido todo. Pero una revelación arqueológica puede cambiar nuestra comprensión de la historia y la economía del Mediterráneo.

Imagina que la historia que conocíamos fuera solo la mitad. Que la capacidad real de estos centros neurálgicos del comercio fuera mucho mayor de lo que nos habían hecho creer. Esto no es una hipótesis remota. Es una verdad oculta que comienza a aflorar.

Una investigación pionera, publicada recientemente en la prestigiosa revista Antiquity, ha cambiado la forma en que miramos estos lugares. Emmanuel Nantet, Matthieu Giaime y Michael Lazar son los arquitectos de esta nueva perspectiva. Han demostrado que los puertos de la antigüedad duplicaban su tamaño real.

Su ingeniosa técnica era simple pero brillante. No se limitaban a los muros o diques construidos. El puerto se extendía mucho más allá. Bahías cercanas, zonas de fondeo exteriores, e incluso tramos de costa abierta formaban parte del mismo sistema portuario. (Sí, nosotros también alucinamos con su visión)

La verdadera dimensión de los puertos

Este descubrimiento definitivo forma parte del proyecto SHIPs. Es un estudio a fondo, que se está llevando a cabo entre 2023 y 2028. El equipo mira el puerto desde el mar, y no desde tierra. Esto les permite reconstruir los espacios reales disponibles para los barcos. El dato es claro: un puerto aparentemente pequeño podía tener una capacidad mucho mayor.

Para un navegante antiguo, la dársena era una opción más. También podían fondear en una bahía protegida. Podían amarrar fuera del recinto principal. O simplemente acercarse a una costa donde varar la embarcación. El puerto se convertía así en un territorio acuático mucho más amplio y flexible. Esto era un truco vital para la economía de aquella época.

El puerto no terminaba donde acababa el dique. Se extendía mucho más allá, en espacios que ahora podemos desvelar.

Esta hipótesis ya se ha validado en varios escenarios. En Cesarea, en la actual Israel, el célebre puerto herodiano se extendía mucho más allá de la dársena monumental. Incorporando estos espacios exteriores, la estimación de barcos que podían utilizar el lugar cambia por completo.

Terracina, en Italia, muestra una complejidad añadida. Los sedimentos modificaban constantemente las zonas de fondeo. El puerto no era una fotografía inmóvil. Era un organismo vivo, en evolución constante. Un lugar útil hoy podía ser inservible mañana, y viceversa. Un auténtico reto para los arqueólogos.

Y Port-Vendres, en Francia, ofrece una pista diferente. La distribución de los naufragios y conjuntos arqueológicos revela una zona de fondeo muy importante fuera de lo que se consideraba el puerto formal. Es aquí donde la historia estaba oculta a plena vista. Las construcciones conservadas nos daban una imagen sesgada de la actividad marítima.

La tecnología desvela la verdad

Reconstruir la capacidad de un puerto antiguo es una tarea de precisión extrema. Los barcos necesitan profundidad, espacio para maniobrar y un lugar seguro para amarrar. Por eso, el proyecto combina arqueología con geología. Y, evidentemente, técnicas de prospección de última generación.

El calado de las embarcaciones es fundamental. Los investigadores reconstruyen la antigua columna de agua. Tienen en cuenta la sedimentación, las variaciones del nivel del mar y las operaciones de dragado. Así pueden comparar profundidades con las necesidades de los mercantes de cada época. Los sondeos sedimentarios incluso permiten localizar capas que identifican el antiguo fondo. Una auténtica solución para un problema ancestral.

También importa cómo se amarraban los barcos. Cuerdas, anillas y bolardos conservados nos dan información clave sobre las técnicas utilizadas. La documentación histórica más reciente sirve de referencia. Esto permite reconstruir posibles configuraciones de atraque. Cuanto más se conoce la disposición, más precisa es la estimación de la capacidad real de un fondeador.

La investigación utiliza herramientas como el lidar, el georradar, métodos electromagnéticos y tomografía de resistividad eléctrica. Bajo el agua, el instrumental cambia. En Port-Vendres se han combinado sonar de barrido lateral, perfilador de subsuelo y magnetómetro. Esto permite localizar anomalías invisibles, que luego se comprueban con inspecciones directas. Es la ciencia al servicio de la historia.

Estos descubrimientos no solo reescriben el mapa de los puertos, sino la comprensión del comercio que sostuvo todo un imperio.

Un nuevo mapa del comercio antiguo

El cambio es mucho más que metodológico. Podría afectar nuestra interpretación económica del Mediterráneo antiguo de forma definitiva. Si algunos puertos podían recibir muchos más barcos de los calculados, las comparaciones tradicionales entre enclaves necesitan una revisión urgente. (Y nosotros, lo celebramos)

Esto no significa que todos los puertos fueran gigantescos. Tampoco que las nuevas zonas identificadas estuvieran siempre ocupadas. La aportación del estudio es mucho más precisa. La capacidad potencial de un puerto no debe calcularse solo con la dársena construida. Hay que incorporar profundidad, calado, densidad de amarre y la extensión total de los espacios utilizables.

Los autores plantean estos factores como una base común para comparar puertos. Independientemente de su entorno, ahora tenemos una nueva medida. Los grandes diques romanos continúan siendo espectaculares. Pero quizás nos han condicionado demasiado la mirada. Porque son lo que mejor ha sobrevivido. Debemos mirar más allá de los diques, más allá de los muros.

Para recuperar el puerto que conocieron los marineros antiguos, debemos buscar también aquello que no dejó arquitectura monumental. El agua donde esperaban los barcos. El mar abierto. Una nueva dimensión. (La verdad, nos hace pensar cuántas cosas más hemos pasado por alto).

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