Chahine lleva dos meses viviendo en la calle número 2 de la Zona Franca. Este joven argelino de ascendencia tunecina dejó su país natal hace ya unos años en busca de una vida mejor. Después de pasar por París y Mallorca, llegó a Barcelona con la intención de encontrar un trabajo estable que le permitiera traer a Europa a su esposa y su hija pequeña. Tiene 25 años y se graduó en Derecho Público en Argel. «Es muy difícil prosperar. Si no tienes papeles, no tienes trabajo. Solo quiero trabajar para ayudar a mi familia», explica en una conversación con TOT Barcelona. Se refugia del frío y de la lluvia gracias a una tienda de campaña. Apenas cabe un colchón, una manta y su maleta. Comparte un rincón de parterre con tres compatriotas argelinos y son uno de los múltiples núcleos que conforman el macroasentamiento de personas sin hogar que se ha instalado en esta parte del polígono barcelonés.
Este lunes al mediodía, el ambiente era de calma en el campamento. Al detectar la presencia de los medios de comunicación, un grupo de los inquilinos que conversaba tranquilamente en círculo se acerca a saludar. «Aquí somos como una familia. Siempre que veo a alguien durmiendo en la calle por el centro le digo que hay esta opción», decía uno. Todos asentían y coincidían en apuntar que es la mejor opción que tienen sobre la mesa. «No podemos ir a un albergue ni alquilar. ¿Dónde quieren que vayamos? ¿A la plaza de Cataluña? Aquí no molestamos, estamos tranquilos», se lamentaba Oualid. Este joven también argelino lleva un año instalado con su tienda de campaña en este espacio de la Zona Franca. «He vivido en Francia, otros han vivido en Alemania… Incluso tenemos un compañero de Gaza. Ninguno de nosotros había vivido nunca en la calle hasta que llegamos aquí», asegura. Está estudiando castellano, pero aún no ha encontrado un trabajo que le permita alquilar ni siquiera una habitación. «Solo pido a la gente que se ponga en mi lugar. No tenemos a dónde ir y aquí al menos no te roban las cosas mientras estás fuera buscándote la vida», dice.

La gran mayoría de los integrantes del asentamiento son usuarios del Centro de Primera Acogida Zona Franca, que se encuentra a escasos metros de las tiendas, en la calle número 60. Allí les dan comida y ropa y también les permiten ducharse una vez por semana. «Antes me duchaba todos los días, pero aquí tengo que estar cinco días sin hacerlo. No es fácil», reconoce Chahine, plenamente consciente de la precariedad de su situación. El joven hace de intérprete de algunos de sus compañeros. Muchos tienen estudios superiores en sus países de origen que no han podido homologar y casi todos hablan más de dos idiomas. Entre los acampados hay magrebíes, egipcios, palestinos, dominicanos, colombianos… Medio globo terráqueo tiene representación y muchos tienen la bandera izada junto a su tienda. Ocupan un espacio de unos 400 metros aproximadamente entre dos rotondas y se agrupan en pequeños núcleos, cada uno separado por unos cuantos metros de distancia. Un grueso de los inquilinos trabaja recogiendo chatarra. Aunque insisten en que se esfuerzan por mantener el espacio limpio, en el suelo hay bastante basura y reconocen que tienen que convivir con la presencia de ratas, con el problema de salubridad que esto conlleva.

El padrón o la regularización, salidas para el callejón sin salida
En uno de los extremos del asentamiento, Luis ordenaba sus cosas este lunes mientras escuchaba la radio. «Llevo dos años aquí. Antes había estado durmiendo en el aeropuerto, pero me hablaron del centro de acogida y con unos compañeros decidimos quedarnos cerca de las duchas. Al principio solo éramos ocho tiendas y ahora ya debemos ser cerca de 200», explica. Este hombre peruano es uno de los veteranos del campamento de la Zona Franca y sabe que tarde o temprano tendrá que abandonar el trozo de parterre que ha sido su casa todo este tiempo. «Viendo antecedentes como el de Badalona… En ese caso tampoco les consiguieron ninguna solución o alternativa. Si no quieres que se lleven tus cosas, mejor irse antes», afirma. En su caso, tras dos años de espera, en los próximos meses conseguirá el empadronamiento, un trámite que espera le permita acceder finalmente a un trabajo legal para poder ahorrar y alquilar una habitación.
«Soy licenciado en administración de empresas en Perú, pero aquí, sin un permiso de trabajo, no puedo dedicarme a ello. En estos tres años he trabajado en la construcción y haciendo trabajos de fuerza. Siempre me han pagado una miseria o me han acabado estafando», lamenta, esperando que al conseguir el NIE pueda alcanzar los derechos mínimos para poder prosperar y ganar algo de dinero para alquilar algo. El empadronamiento o la regularización planteada por el gobierno español parecen ser las únicas vías que tienen a su alcance los acampados para poder reintegrarse en la sociedad y abandonar esta precariedad. «No podemos salir de esta realidad sin eso. Solo quiero trabajar y confío en que se nos ayudará y saldremos adelante», asiente Chahine, que se muestra optimista a pesar de todo. Este macroasentamiento no es el único que encontramos en el polígono de la capital catalana. En una antigua nave industrial abandonada, ubicada en la vecina calle número 62, también residen en condiciones precarias decenas de personas, tal como informó Betevé a mediados del pasado mes de noviembre. Solo hay que dar una vuelta por la zona para comprobar que, en muchos de los márgenes de la carretera donde crecen el césped y las malas hierbas, se han instalado pequeños grupos de tiendas.

Petición de desalojo del PP
Es necesario recordar que el grupo municipal del PP hace tiempo que pone sobre la mesa la problemática derivada de este asentamiento. Lo llevaron hace unos meses a la Comisión de Seguridad, donde el consistorio se comprometió a tomar cartas en el asunto. Justo hace unos días volvieron a pedir formalmente al ejecutivo liderado por Jaume Collboni que desalojara el asentamiento de la calle número 2, aunque la gran mayoría de los afectados no tienen una alternativa de vivienda. En un comunicado, aseguran que este campamento «crece sin control» y que su presencia ha generado a lo largo de los años problemas de convivencia con vecinos y trabajadores del polígono. «Barcelona no puede permitirse que se perpetúen asentamientos ilegales en diferentes puntos de la ciudad que afectan a quienes malviven allí, especialmente a los menores, y a los vecinos», señala la formación.

