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El estadio de la Foixarda se reforma para impulsar el rugby en Barcelona

Los problemas del CE Europa en el estadio Nou Sardenya, que no cumple con los requisitos actuales de la federación española, no son aislados en Barcelona, una ciudad densamente poblada de equipos y deportistas pero con equipamientos envejecidos y escasos. Faltan pabellones y campos de fútbol en una ciudad donde la prioridad actual, allí donde hay suelo disponible, es construir viviendas, tal como ha reconocido públicamente el concejal de deportes, David Escudé. Más allá del fútbol, siempre más mediático que cualquier otro deporte, otras infraestructuras también están amenazadas de seguir el mismo vía crucis del Nou Sardenya. En el estadio de la Foixarda, epicentro del rugby en la ciudad, el ejecutivo de Jaume Collboni ha pactado con ERC una inversión de un millón de euros para adaptarlo y que cumpla finalmente con los requisitos que dicta su federación.

El equipamiento, ubicado en Montjuïc, acoge al Barcelona Universitari Club (BUC) –gestor del espacio– y al Gòtics R.C. El estadio ha estado prácticamente a oscuras durante una década y el Ayuntamiento ha iniciado justo antes de Navidad las obras para cambiar la infraestructura del alumbrado. Era una de las tareas más urgentes porque la pelota prácticamente deja de verse cuando cae el sol. “El problema es que las torres de luz son muy antiguas y no estaban homologadas y, por tanto, los operarios no podían subir a revisar los focos. Así hemos estado años, cada tres meses con luces fundidas”, detalla el gerente del BUC, Alejandro Estévez. La federación española de rugby les había amenazado con multas si no adaptaban las instalaciones –de propiedad municipal– y el club ha vivido con resignación como dos partidos de la selección catalana han tenido que cambiar de sede los últimos años por las carencias de la Foixarda. 

Campo Municipal de rugby La Foixarda, gestionado por el Club Universitari Barcelona | Jordi Play

La escasa iluminación ejemplifica los problemas de una instalación que lleva una década pidiendo adaptarse a los requisitos básicos para competir al más alto nivel. El BUC compite ahora en la tercera categoría estatal, pero ha diseñado un proyecto –mayoritariamente integrado por gente de la casa– pensado para llegar a las principales categorías y necesitaba una instalación a la altura. Otro de los cambios previstos el próximo año es la reconfiguración del terreno de juego; la Foixarda es el máximo exponente del rugby de Barcelona y no dispone de las medidas reglamentarias. Con los cambios, el terreno de juego pasará de 9.653 a 9.920 metros cuadrados. El Ayuntamiento también hará las porterías más grandes y cambiará el césped artificial, que ha llegado al final de su vida útil, por uno nuevo «diseñado específicamente para la práctica de rugby». Por otro lado, se aprovechará la ampliación del perímetro para crear dos canales nuevos para aumentar la capacidad de drenaje y para sustituir los cañones de riego existentes por aspersores emergentes. Estévez admite que no cambia la estructura principal del estadio, pero celebra que se apueste por acciones pequeñas que, todas juntas, adaptarán la instalación a los mínimos exigibles.

“Nos gustaría estar en primera en tres años, que hacemos el centenario, y no queremos que nos pase como al Europa. Es importante los cambios para que nada nos impida crecer”, remarca el directivo, contento con las mejoras que ha conseguido. Estévez pide, en todo caso, no perder de vista las otras carencias del estadio. «Faltan vestuarios y baños», comenta. La configuración de la Foixarda tampoco tiene en cuenta dos bases del rugby: que los equipos son muy grandes y que hasta los 16 años es mixto. «Chicos y chicas se cambian por separado y no tenemos espacio para todos», remarca el directivo. Hay espacio para construir y lo más fácil sería levantar un edificio anexo, pero el parque de Montjuïc está protegido y no se puede construir en él. Por tanto, el club ya sabe que solo podrá contar con la infraestructura existente. En este sentido, su apuesta sería trasladar las oficinas y el bar –situadas frente al campo– al único edificio que hay en el recinto, de dos plantas justo en la entrada. En estos momentos lo comparten con la brigada de mantenimiento de Montjuïc, que guarda allí las herramientas, y el archivo documental del Institut Barcelona Esport (IBE). Estévez no quiere dejar de compartirlo, pero visualiza una reorganización que permitiría generar un efecto dominó: trasladar las oficinas al edificio y ganar espacio para vestuarios donde ahora hay ordenadores. 

Alejandro Estévez ha atendido al Tot Barcelona en la Foixarda | Jordi Play

Hacer crecer el rugby en Barcelona

El gerente del club conversa con el Tot Barcelona un lunes por la tarde a escasos metros de un equipo de jóvenes irlandeses que disputa un amistoso contra el BUC en la Foixarda. Son una treintena de personas que han pasado la noche en un albergue del Prat de Llobregat. Estévez dice que estos encuentros entre equipos son habituales, lo que no deja de ser una nueva vía turística para Barcelona. La visita de un equipo extranjero a la Foixarda supone entre treinta y setenta personas que duermen y visitan Barcelona. «Si fuera solo por demanda quizás podríamos hacer sesenta encuentros como los de hoy, pero no tenemos la infraestructura ni el volumen de equipos para hacerlo tantas veces», explica el gerente del club.

El rugby es un deporte minoritario en Barcelona, pero tiene una demanda bastante alta en Europa, sobre todo en el país vecino de Francia. La final del campeonato francés del año 2010, que se disputó justamente en Barcelona, es el ejemplo más claro. El duelo entre el Toulon y el Racing 92 reunió a 99.000 espectadores en el Camp Nou y todavía es el partido con más seguidores de la historia de este deporte. Un antecedente que hace soñar a los inquilinos de la Foixarda ante la posibilidad de acoger en casa partidos internacionales de nivel que incrementen la afición por el deporte en Barcelona. “Tener el campo más amplio y con porterías reglamentarias nos ayudará a conseguirlo, evidentemente”, celebra Estévez. En estos momentos, un partido en la Foixarda puede reunir entradas muy dispares; según Estévez, entre 100 y 1.000 personas, dependiendo de la dimensión del partido. 

El rugby ha crecido sobre todo entre los niños | Jordi Play

En todo caso, y más allá de la capacidad de traer talento internacional a la ciudad, los 350 jugadores y jugadoras con ficha en el BUC demuestran que el rugby puede crecer. Para hacerse una idea, solo son la mitad de jugadores que equipos como el Sant Andreu y el Europa, que tienen unos 700 futbolistas en etapas formativas. En Barcelona y ciudades de los alrededores, también son importantes el Poblenou –que juega en la Mar Bella– y el Barça y la Santboiana, máximos exponentes. “La pandemia nos hizo daño y todos nos estancamos», remarca Estévez, que comenta al mismo tiempo «otra realidad» del rugby. «Esto no es como el fútbol, el rugby tiene pocos campos donde poder jugar y estructuras limitadas para acoger una gran demanda. Sería bonito crecer, pero siendo conscientes de que tampoco habría capacidad para crecer mucho más”, explica Estévez. En los últimos años, la afición por el rugby ha crecido sobre todo entre los niños y entre las mujeres en un deporte que continúa siendo mixto hasta los 16 años.

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