El Siglo, Capitol, Sepu, Jorba, Preciados… Barcelona exportó el modelo francés de grandes almacenes durante todo el siglo XX. Algunos sobrevivieron muchos años, otros tuvieron finales trágicos. Pero todos forman parte del patrimonio comercial y sentimental de la ciudad. Ahora nos fijamos en uno de los almacenes, la Avenida de la Luz, una galería comercial subterránea de Barcelona. Estas galerías comerciales estuvieron abiertas entre el año 1940 y 1990 en el centro de Barcelona, en los pasillos subterráneos de los Ferrocarriles de la Generalitat. En concreto, bajo la calle Pelayo hasta la calle Vergara con Balmes. Este pasaje estaba construido desde 1929, porque era un túnel de servicio de la estación de FGC de plaza de Cataluña, pero al terminar las obras quedó olvidado.

fue Jaume Sabaté i Quixal, afín al régimen franquista, el empresario que decidió dar una segunda vida a este vestíbulo subterráneo de solo 175 metros de largo. Al terminar la Guerra Civil, la Avenida de la Luz abrió con 68 tiendas de todo tipo, incluso un cine, impulsado por Pere Balañá. Se había inspirado en unas galerías comerciales que había visto en París, y su idea era que se convirtieran en un atractivo turístico para la ciudad. Se instalaron tiendas de ropa de alta gama, joyerías, peluquerías, estancos y bares. A partir de los años sesenta, se diversificaron negocios, con la entrada de establecimientos como casas de apuestas del canódromo, churrerías, lavanderías, armerías e incluso una tienda de lápidas para tumbas y nichos.
Progresivamente, las galerías fueron perdiendo clientes y se degradaron. El cine pasó a ser una sala de porno y, como decía Loquillo en una canción con el título Avenida de la Luz, era un buen lugar para “acabar las borracheras”. El 21 de mayo de 1990 la galería comercial puso punto final a una aventura de medio siglo.
Y a pie de calle… otro gran almacén
Y si bajo tierra había vida comercial, también en la misma calle Pelayo. De hecho, en el año 1925 abrió sus puertas Almacenes El Águila en un edificio de 5 plantas coronado con un espectacular águila con las alas abiertas. Propiedad del abogado Pere Bosch i Labrús, era la continuación del negocio que había abierto en un lejano 1880 en la plaza de la Verónica, una sastrería. La apuesta por los almacenes era tan firme que el empresario abrió un taller anexo para confeccionar de primera mano la ropa que comercializaría. Pero El Águila tenía cerca un gigante con el que nunca podría competir, los almacenes Jorba. A finales de los años 50, el polémico empresario Julio Muñoz Ramonet compró los almacenes -también era propietario de El Siglo, y ambos sufrieron incendios- y poco a poco fue perdiendo fuerza, hasta que en los años sesenta cerraron.

