Son animales preciosos, de un verde brillante que evoca a la natura. Y además, ni ladran ni rugen, cantan. Y encima, a diferencia del largo listado de animales que hay en el Zoo de al lado, estos se pueden ver gratuitamente. Las cotorras se han apoderado del parque de la Ciutadella para la alegría de unos turistas que se distraen dándolas de comer. Son las cuatro y media de un jueves cualquiera justo ante el Parlamento de Cataluña. El sol radiante que los turistas le piden a Barcelona está donde tiene que estar y el canto de las cotorras se convierte en un efecto llamada. En aquella esquina les espera –ellos no lo sabían cuando han salido del hotel– un chico con una bolsa de pipas. Ha comprado un kilo por solo tres euros. Está satisfecho. En conversación con el TOT Barcelona, explica que hace poco que está en Barcelona, que no tiene papeles y se busca la vida en la Ciutadella. Él es quien reparte las pipas, pide la voluntad y critica a las cigüeñas que asusten a su elenco.
El alimentador dice que de 15 a 18 horas es cuando más turistas van, y repite, como quienes se ha aprendido de memoria dos frases para el examen oral, que las cotorras cantan –quizás incluso demasiado– porque «tienen hambre». En el que dura la conversación, los turistas se han ido agrupando. Estaremos hablando de unas veinte personas que a aquella hora de la tarde reparten pipas y aprovechan para hacerse una fotografía más bien nada original. A pocos metros, un perro persigue feliz de la vida a dos patos que huyen por la Ciutadella y el caos, que llega a la esquina, exalta a unas cotorras que a la vez asustan los turistas. Y bien, así avanzan las horas de una tarde cualquiera. Las cotorras grandes hacen espectáculo. Las más pequeñas también, hacen el que ven, justo delante del Parlamento.

La escena del parque de la Ciutadella no es ninguna adaptación de la película
Lo que sí que tienen en común la paloma y la cotorra es que ambas aves viven sin muchos depredadores. En el caso de la cotorra, además, se añade el hecho de que es resistente a muchas enfermedades. Senar explica, por ejemplo, que los mosquitos pican las cotorras y, en cambio, «no hay una sola cotorra con malaria». «Si son animales bastante inmunes, sin depredadores y los humanos les damos de comer, la cotorra se acaba convirtiendo en invasora, con todo el que esto comporta», concluye el experto, que pide activar medidas de concienciación para frenar la tendencia.
Una gran molestia y dos grandes peligros
Senar explica que el aumento de la cotorra genera desde peligros quizás más banales, como un aumento de ruidos molestos provocados por su canto –que sufre sobre todo quién tiene nidos cerca de casa– hasta elementos que ponen en riesgo el ecosistema barcelonés. Es importante remarcar que la cotorra es una especie que vive en familia. Esto quiere decir que crean nidos bastante grandes con ramas que arrancan de otros árboles. Estos nidos, desgrana el experto, pueden llegar a tener hasta 10.000 ramas del alrededor, lo cual indica que la cotorra «echa a perder los árboles que rodean el nido». Además, el peso de estos nidos, que puede llegar a los 100 kilos, puede generar «muchos destrozos» y un «gasto económico» si caen al suelo. El jefe de investigación del Museo de Ciencias Naturales cifra en unos 200.000 euros anuales el coste de las cotorras para la ciudad.

Por otro lado, la cotorra, como especie invasora que es, desequilibra el ecosistema. Este animal come flores, semillas y frutos que, pues, dejan de estar para las especies autóctonas. «Si en un parque hay 400 cotorras, imagínate, pueden dejar sin flores todo un árbol. En Barcelona hay más de 6.000 cotorras, que comen toneladas de comida que tendría que estar para otras especies», insiste Senar. Eso sí, el experto niega que todo ello sea un problema «exclusivamente metropolitano». La cotorra ya ocupa todo Barcelona y, a diferencia de las palomas, su autonomía es muy grande. «La población se está extendiendo por todo Cataluña, sobre todo por la costa. Algunas salen de Barcelona y echan a perder las cosechas del Llobregat», concluye.
Germán Domínguez es campesino a Santo Boi. Detalla que la cotorra es una de las tres especies que les incomoda, no tanto como el jabalí, eso sí. El campesino explica que «les encanta» la dulzura y que arrasan las cosechas de melocotón. Con la verdura no tienen tantos problemas, aunque «los gusta picarlas cuando son reciente plantadas». Domínguez, que atiende el TOT como portavoz de Unió de Pagesos, mantiene que por ahora la situación está «bastante controlada» en la zona gracias a las batidas que los permite hacer la Generalitat para controlar las plagas. «Antes que nada, la Generalitat tiene que confirmar si hay daños suficientes y, si los hay, te dan los permisos. Los controles los hacen unas asociaciones de cazadores que rebajan la población. Cuando actúan se nota, estamos unos días tranquilos», explica el campesino. Eso sí, el santboiano cree que estas medidas son efectivas los primeros días, cuando cogen las cotorras desprevenidas, pero que después se desplazan y echan a perder la cosecha «de un compañero». Domínguez calcula que tan solo pasan unos quince días entre que reducen considerablemente la plaga y vuelven a llegar aves de Barcelona.

Nadie se está ocupando a fondo
A pesar de la preocupación que se desprende entre los expertos y los campesinos, las administraciones se lavan las manos. Preguntado por el TOT Barcelona, desde el Ayuntamiento argumentan que el control de las especies invasoras «son competencia de la Generalitat». En cambio, fuentes del Departamento de Acción Climática consultadas por este diario afirman que tienen la cotorra catalogada como especie invasora, pero que no tienen ningún mecanismo activado para controlar la sobrepoblación. Además, destacan que es una especie «que está muy urbanizada» y, por lo tanto, podría entrar como «problema de salud pública», competencia del Ayuntamiento.
Por otro lado, desde el consistorio insisten que no tienen competencias para gestionar las especies invasoras, pero apuntan que, siguiendo los pasos de los jabalíes o las palomas, tienen en marcha «campañas de sensibilización ciudadana» sobre todo encaradas a «no dar de comer». Desde este lado de Sant Jaume también remarcan que si los técnicos de Parques y Jardines detectan o reciben un aviso ciudadano por un nido «peligroso» activan un protocolo «con una empresa especializada» que actúa «con todas las garantías».
