Año 1927. En la Gran Vía de las Cortes Catalanas, 272-282, un hombre inaugura uno de los edificios más grandes de la ciudad. Levantado con criterios arquitectónicos y de construcción bastante modernos, inspirados en los grandes edificios de Estados Unidos de la época, la Casa de la Concepción se convirtió en un palacio obrero. Una finca de 7.019 m² de superficie y 82 m de fachada, con 240 pisos, once plantas y seis pasillos interiores, un bloque monumental que llegó a ser el edificio residencial más alto de la ciudad, pero con la particularidad de estar ubicado en un barrio periférico y habitado por personas humildes. Un ejemplo fascinante de arquitectura residencial multitudinaria en Barcelona, que fue conocido popularmente como Cal Drapaire. ¿Por qué?
Pisos para obreros, pero con confort
Pau Fornt Valls, nacido en 1869 en Sant Pere de Riudebitlles (Alt Penedès), llegó a Barcelona de joven y hizo fortuna con un oficio que pocos lo preveían. Comenzó como trapero, un comerciante de quincalla, ropa vieja y materiales reciclados, un trabajo que implicaba recorrer barrios con un carro recogiendo objetos que otros descartaban. Esta experiencia le permitió ver oportunidades donde la mayoría solo veía periferia. Dedicó una parte importante de sus ganancias a construir viviendas para trabajadores humildes -los obreros de la fábrica de Can Batlló, básicamente-, pero con un nivel de confort superior. Si muchos bloques populares eran sencillos, Cal Drapaire tenía ascensores, mármol blanco en las escaleras y detalles ornamentales influenciados por el Beaux-Arts parisino. Además, el edificio tenía servicios para que los vecinos tuvieran las necesidades básicas cubiertas sin necesidad de salir a la calle, con varios locales comerciales en los bajos: desde un consultorio médico hasta una escuela y tiendas de alimentación. En aquellos momentos, la Gran Vía y el barrio de la Font de la Guatlla eran un territorio de huertos, terrenos salvajes y espacios prácticamente abandonados.

El bloque, que fue realizado por el arquitecto Modest Féu i Fabra, pero que nunca quiso firmar, fue dedicado a su esposa, Concepció Brunet Miserachs, con imagen de la Virgen en la fachada. Pero el nombre que ha quedado en el imaginario popular es el de Cal Drapaire, en homenaje al hombre que dio una posibilidad de vida digna para trabajadores y familias modestas. Este edificio pone en perspectiva cómo la Barcelona industrial y obrera integró soluciones arquitectónicas y sociales de una manera creativa y, a veces, inesperada. No es solo una fachada monumental perdida al lado del tráfico, es un testimonio de la evolución urbana de la ciudad. Era, de hecho, una obra arquitectónica con ideología comunitaria, pero sin abandonar la individualidad de una vivienda cómoda, con balcones y bien comunicada, y sobre todo, construida con materiales de calidad.
Pau Forn llegó a ser concejal del Ayuntamiento de Barcelona, pero en 1935, cuando tenía 67 años, murió a manos de un escuadrón de la FAI al comenzar la Guerra Civil. Su recuerdo se mantiene aún hoy en este edificio, donde viven familias en un entorno que no tiene nada que ver con el de hace apenas un siglo.

