El Cuadrado de Oro fue uno de los éxitos mayores de la Olimpiada Cultural que acompañó a los JJOO de Barcelona de 1992. Se trataba de una exposición en la que se reivindicaba el papel de la burguesía catalana en el embellecimiento de la ciudad, resituando el modernismo como una bandera del patrimonio de nuestro hogar. Concretamente, ponía la mirada en aquellas fachadas de autor de la Derecha y la Antigua Izquierda del Eixample que durante años se habían dejado degradar. La muestra supuso un cambio de paradigma: por primera vez el barcelonés medio asumía que aquella arquitectura era motivo de orgullo y un símbolo identitario. Este reencuentro con la obra de Lluís Domènech i Montaner, Enric Sagnier, Josep Puig i Cadafalch y, sobre todo, Antoni Gaudí tendría con los años una derivada en cierta manera perversa. Con los Juegos Olímpicos y gracias a personajes como el historiador del arte Robert Hughes, que dedicó un libro a aquella primavera arquitectónica plasmada sobre la cuadrícula de Ildefons Cerdà, la capital catalana se ponía definitivamente en el mapa cultural internacional. Conseguía así una proyección que atraería turistas y capital extranjero, dos de los factores que explican la mayoría de los males que padece hoy día la ciudad.
Este vínculo entre el redescubrimiento modernista y el boom turístico es uno de los temas que analiza en su última obra el filólogo y escritor Jordi Amat (Barcelona, 1978). Él es el artífice de Les batalles de Barcelona. Imaginaris culturals d’una ciutat en disputa (1975-2025) (Edicions 62), un ensayo interesantísimo sobre las trincheras administrativas y ciudadanas en las cuales se ha decidido el rumbo de la capital catalana en el último medio siglo. Nos encontramos con el autor en la librería-café Laie, uno de los lugares predilectos entre los periodistas y un establecimiento que se encuentra muy cerca de la delegación barcelonesa de El País, diario donde escribe y coordina el suplemento cultural Babelia. Aunque el Cuadrado de Oro es uno de los pilares sobre los cuales pivota este análisis, la portada del libro la componen dos fotografías de dos puntos a unos cuantos kilómetros de distancia del territorio delimitado por el imaginario de esta exposición. La superior data de febrero de 1976, es de Pilar Aymerich y muestra una manifestación sindicalista en la calle de Ferran. La inferior es de enero de 2025, lleva la firma de Josep Lago y retrata una de las concentraciones a las puertas de la Casa Orsola, en la intersección entre las calles Calabria y del Consell de Cent.
Dos Barcelonas separadas por cinco décadas.
Son dos protestas muy paradigmáticas del momento en que se producen. La primera es obrera, de CCOO. Es aquellos meses entre la muerte de Franco y la designación de Adolfo Suárez como presidente del gobierno, uno de los momentos que hubo más combatividad en las calles de la España del siglo XX. Aquellas caras de fervor me parecen muy significativas. Detrás se ven dos comercios emblemáticos de la calle de Ferran, profanados en los últimos años por la transformación de Barcelona en un escenario para que disfruten los turistas y los barceloneses dejen de sentirse que forman parte de ella. Es una manifestación típicamente de época aquella y la de la Casa Orsola también lo es.
¿Qué tienen de diferente?
La segunda no es una manifestación de la lucha obrera, sino que es de ciudadanos. No están airados, sino que más bien muestran la angustia por la vivienda como un problema que afecta a la clase media, al barcelonés del Eixample que no es propietario.
Situémonos en la primera escena. En el libro hablas del efecto cultural de la Transición, que fue diferente en Cataluña que en el resto del Estado.
Hay un concepto útil en los estudios de este tipo que es la Cultura de la Transición del periodista Guillem Martínez. Él la entiende como un dispositivo que anula la crítica de los setenta para imponer el consenso del felipismo. No niego que esto se produjera, pero no le veo los elementos críticos que él detecta en el uso del concepto. Creo que los problemas democráticos encuentran su mejor solución en el consenso y, por tanto, hago un juicio positivo. Lo entiendo como la construcción de una ciudadanía y de un país homologable a los de nuestro entorno, con sus defectos, pero mayoritariamente con virtudes viniendo de donde veníamos. La cultura jugó un papel en la consolidación de esta evolución y, en el caso catalán, su equivalente es la normalización. Es una idea que tiene varios padres, pero quien la acaba articulando institucionalmente es la Generalitat de Jordi Pujol haciendo una apuesta explícita por la recatalanización del país después del franquismo con las políticas relativas a la lengua.
¿Y a escala local?
Revisé cuál había sido el proyecto democrático de las instituciones municipales, cómo se había transformado la realidad y cuál era el discurso cultural que lo sostenía. Me pareció que no tenemos integrado como tal el hecho de que también hubiera una normalización de la ciudad liderada por los ayuntamientos democráticos a partir de 1979, que se trataba de hacer la ciudad más habitable.
Como decía el alcalde Narcís Serra, humanizar la metrópoli.
Exacto. Para asumir que este era el reto se deben tener presentes cuáles eran las condiciones urbanas de buena parte de aquella Barcelona, que desde los sesenta habían pensado técnicos e intelectuales. [Esta transformación] Se pudo hacer porque había un planteamiento democratizador de las ciudades tanto desde el Ayuntamiento como las asociaciones de vecinos, que aprovecharon el momento del arranque de la democracia para hacer mucho trabajo pendiente y tener una normalización también de la ciudad en estos términos.
Hubo voces bastante críticas con este proceso. Es el caso del profesor y escritor Félix de Azúa, que en mayo de 1982 publicaba el artículo Barcelona es el Titanic.
Hay un momento durante el franquismo que Barcelona tiene una vida cultural autónoma, moderna y democratizadora que no se podía producir en Madrid. Esto es fruto de la anomalía de la dictadura, de una represión continuada y de la imposibilidad de que la ciudad fuera en términos culturales lo que era con la modernidad: la capital de la cultura catalana. Madrid es la capital del franquismo y de una cultura mayoritariamente retrógrada. En la Transición, hay un cambio cultural en la función de las dos ciudades. Hay una ansiedad de modernidad muy fuerte en Madrid, con una inversión pública y privada considerable. Los ministerios de cultura apuestan para que el referente de la estética de la modernidad sea allí y no en otro lugar, construyendo una capital de estado de una enorme potencia con el Prado o el Reina Sofía.
¿Y Barcelona se quedó atrás?
Lo que tenía que pasar en Barcelona es que este cambio entroncara con la catalanidad. Esto implicaba que aquella anomalía de la modernidad fruto de las circunstancias se modificara y pasara a ser algo muy raro: ser la capital de una cultura nacional y a la vez una ciudad de referencia de otra cultura nacional, la española, con vasos comunicantes. Barcelona es híbrida en este sentido y eso la hace singular y atractiva, con todos los problemas que implica esta colisión de sistemas culturales […] Lo que de Azúa no quería aceptar es que el mundo del cual él formaba parte era anómalo. El triunfo económico de la capital es uno de los motivos del desasosiego catalán y barcelonés de las últimas décadas y, sin esta apuesta del Estado no corregida, no me explico ni el Procés ni la sensación de decadencia que se produce durante los gobiernos de Ada Colau.

El barcelonés sí que encontró motivos para reivindicarse con la exposición del Cuadrado de Oro.
Creo que para los barceloneses aquello fue el descubrimiento de un patrimonio, de una burguesía ilustrada catalana, pero esencialmente barcelonesa. No hay un discurso nacional fuerte asociado a la exposición. Lo que es interesante de la exposición es que es una reivindicación de la intervención de las élites económicas en el envejecimiento de la ciudad que tiene lugar en paralelo a la transformación olímpica de la ciudad. Y todo con una catalanidad abierta, urbana y no conflictiva. Sí que hay una dimensión del modernismo que es muy crítica, pero no es la que se pone en valor con el Cuadrado de Oro. Los que construyeron aquellas casas eran burgueses.
Los Güell, los Milà…
Sí, es un compromiso de clase en el envejecimiento de la ciudad. Los ricos construiremos los nuevos palacios y los haremos bonitos. De eso hago un juicio positivo en cuanto a la imagen de la ciudad. Aquello es un subidón de orgullo. Con el modernismo fuimos capaces de hacer una intervención modernizadora de la ciudad, que la hizo más bella, y que además será la marca definitoria que enviaremos al mundo cuando podamos cambiar una proyección global que entonces era escasa. En belleza estética, creo que es equiparable a la parábola de la flecha encendida de Antonio Rebollo. Es entonces cuando Gaudí se convierte en el centro de la imagen internacional de la ciudad.
Solo unos años después, la Fundación Tàpies acogería la exposición La ciudad de la gente, que mostraba la realidad de los barrios de la periferia, fuera de este Cuadrado de Oro. ¿Cómo encajan estas dos Barcelonas?
La virtud y la intuición interesante del entonces director Manuel Borja-Villel fueron: hemos asumido el legado del modernismo burgués como nuestra principal señal de identidad urbana. Esta es la tradición que ha reformado la ciudad y la ha hecho democrática. Pero, fruto de aquel éxito, la crítica al modelo se ha disuelto y esto es un problema para la calidad democrática. ¿Qué pasa cuando un consenso no es regenerado? Creo que Borja-Villel fue pionero en la introducción postolímpica de esta disensión. Nos dice desde un edificio emblemático como el de la Fundación Tàpies: mirad estos paisajes y estas caras.
Un retrato de la ciudad que quedó fuera de los márgenes olímpicos.
Lo que nos enseña es la Barcelona donde había problemas que no habían sido corregidos y que el modelo de éxito impedía ver que seguían enquistados. La exposición me parece muy significativa como embrión de una crítica que se irá concretando y que de alguna manera acabará confluyendo con el discurso antisistema, que tiene como punto de referencia el entrampado del Foro de las Culturas […] Digamos que la flecha de Rebollo, cuando pasa por el pebetero, al cabo de los años acaba incendiando algunas conciencias sobre el modelo de ciudad. Como en la Villa Olímpica, que aquella transformación que se había vivido con orgullo, cuando cae el velo la ciudadanía se da cuenta de que lo que hay es una inmobiliaria que está haciendo una operación urbanística.
Hablas de fracaso del Foro de las Culturas. En el libro citas una reflexión del antropólogo Manuel Delgado, sobre la hipocresía de abrazar la diversidad solo de cara a la galería.
Una de las cosas sobre las más que he aprendido haciendo el libro es la diferencia de percepción de la realidad de cuando Pasqual Maragall lanza la idea y de lo que acaba pasando en 2004. El año 1996, todavía con el orgullo de pertenencia de lo que ha sido el éxito olímpico, se dice: haremos un Foro de las Culturas desde donde plantearemos formas de resolución de los grandes conflictos del mundo y lo haremos nosotros. Es de una megalomanía delirante. Esto que en 1996 es una ilusión, se revela como una farsa. Esto Delgado lo ve muy bien. Tú que te presentas al mundo como el paradigma de la resolución de los problemas, cuando vengan los inmigrantes los meterás en un CIE. El problema del Foro es que, tal como habían advertido algunos de sus críticos, se acaba revelando como una gran impostura. Detrás de una paleta de colores sobre la tolerancia de la globalización, se acaba viendo la cara oscura de esta.
¿Se quería replicar la fórmula de éxito de los Juegos Olímpicos para justificar una nueva intervención urbanística, entonces?
Sí. La idea de Maragall era ha quedado una parte de la ciudad pendiente de ser reformada y no tendremos nunca el capital suficiente para hacerlo si no encontramos un pretexto. Con los JJOO nos ha funcionado y el Besós necesita esta intervención para completar la gran obra de reconciliación de la ciudad con el litoral.
No puedo evitar encontrar paralelismos con la Copa América.
Ostras sí, pero yo fui un par de veces al Foro. No diría que con ilusión, pero con un cierto interés por saber qué pasaba. La Copa América fue vista siempre como un juego de ricos subvencionado por las instituciones en el que los barceloneses no estábamos convocados. Y hay una cosa que habla de la ingenuidad institucional con la que se abordó la organización de la cita: este engaño ya se había producido en Valencia. Nuestros gobernantes y todos nos dejamos tomar el pelo. Sobre todo porque había calado este discurso de la decadencia de la Barcelona, como si ya no hubiera posibilidad de decir que no a otra cosa. Pero finalmente fue un juego de ricos, que organizaron los ricos, para que participaran los ricos. Toda la promesa de invitación a la ciudadanía fue desatendida o vista como algo autista por lo cual creo que nadie sintió ningún interés. Los barceloneses se frustraron con el Foro. La Copa América les ha dado igual.

¿Quizás ahora estamos más prevenidos?
El año 2004 no se percibía como chivo expiatorio de nuestros malestares ni al turista ni al expat. En cambio, ahora sí y esto era una cosa para los extranjeros ricos. Si hay esta incomodidad de los barceloneses, porque los que hacen subir el precio de los alquileres y de los pisos son esta gente que viene aquí cobrando mucho dinero, y las instituciones se ponen a trabajar y sufragar una parte de esto… ¿Qué se puede hacer para que la gente esté descontenta con la promoción económica de la ciudad? La Copa América.
El aterrizaje de la competición de vela se ha producido con Jaume Collboni en la alcaldía, pero el acuerdo se cerró aún bajo el mandato de Colau. En un capítulo del libro hablas del impacto que supuso para Convergencia la derrota electoral de 2015.
La victoria de Colau es una cola de la crisis económica y del problema de la vivienda. Es la creación de un liderazgo cívico que sintonizaba con una preocupación muy extendida y que tuvo capacidad de interpelar a miles de personas como también pasó en otras ciudades españolas. Hay una tensión muy difícil de resolver entre ciudad global y cultura nacional. La imagen de ciudad abierta con vocación de captar talento que proyectamos y que genera fascinación en todo el mundo no es la de una ciudad donde la catalanidad es dominante. Esto es un problema para la pervivencia de la cultura catalana porque sin Barcelona lo tiene muy complicado.
¿Es esto lo que le falta al independentismo?
A mí me sorprendió que, en el balance de reflexiones que se hicieron en el Procés, Barcelona no fuera un objeto de reflexión sostenido. Que alguien no se planteara cómo esta capital global ejercería de capital de Cataluña y cómo la transformación demográfica de la ciudad intervendría en el Procés. Cómo el país podía quedarse sin cabeza. Poco después de que Xavier Trias perdiera la alcaldía, recuerdo una discusión con él y su entorno sobre si había sido una campaña más o menos independentista. Este debate ha estado presente en la elección de Colau en su segundo mandato y, sobre todo en la de Collboni, cuando fue explícito que las élites locales y el Estado decidieron que no hubiera un alcalde independentista. Aquí hay una pregunta muy complicada: ¿puede ser Cataluña independiente si Barcelona no es catalana?
Una pregunta difícil de responder.
Es incontestable, pero me parece pertinente. Uno de los malestares de la ciudad es esta sensación de pérdida de la catalanidad, que tiene su mejor expresión en el resultado de la encuesta de usos lingüísticos. ¿Qué pasa cuando el catalán tiene una presencia tan decreciente? Esto nos obliga a entender quiénes son los barceloneses. Lo descubres cuando llevas a tu niño a jugar a fútbol y vas a los barrios. Ves gente que es muy diferente de la que vive en el Eixample. Hay una transformación en la identidad de la ciudad que no está siendo identificada, analizada y articulada políticamente para que la catalanidad sea el factor nuclear. Vivimos un momento de disolución de la identidad catalana de la ciudad.
También vivimos en la ciudad que ha tomado El 47 como bandera de su pasado obrero.
El de Manuel Vital me parece un mito útil. Es el mundo sin el cual no se hubiera producido la democratización de Barcelona. La película es políticamente sutil en algunas cosas, pero que un barraquista conecte con el catolicismo progre de la monja, con quien se acaba casando; que eso sea lo que le hace hablar en catalán y que, fruto de su compromiso social, se mejoren las condiciones de vida de un barrio dejado de la Virgen María… Lo tiene todo y no es tramposo. Nos ha interpelado porque este hombre reúne unos atributos que entendemos que son necesarios para el presente. Tienen que ver con una incorporación no conflictiva a una catalanidad muy abierta y con una conciencia de que el conflicto, en muchas circunstancias, es el único mecanismo a través del cual las instituciones cambian las cosas.
Vital era uno de los rostros de la exposición La ciudad de la gente de la Fundación Tàpies.
Sí, pero nadie le hizo ningún caso entonces. ¿Por qué al cabo de 30 años se convierte de repente en un mito democrático? Porque responde a las necesidades de un momento en que la ciudad se siente desposeída del lugar donde vive e identifica a alguien que, siendo un desposeído, encontró los mecanismos para que ciudad y ciudadanía pudieran reconciliarse. Esto es lo que le da esta potencia que la película explica muy bien.
La segunda de las fotografías de la portada demuestra que la capacidad de movilización existe. ¿Quizás nos faltan referentes actuales?
Si lo comparas con otros momentos de la historia de la ciudad, no estamos en un momento de mucha efervescencia en la protesta, pero sí de mucha constatación del problema. Las manifestaciones pro-vivienda no son tampoco masivas. Sí que los episodios de desahucios movilizan a un sector concienciado que pone el cuerpo… No tenía esta intención en el libro, pero el profesor de instituto que quieren desahuciar de la Casa Orsola es un Manolo Vital.
Cuéntemelo.
No es que él ejerciera esta función, pero, en una ciudad democrática, la figura del profesor que resiste después de que lo demanden porque un fondo quiere hacer alquiler de temporada encarna los valores que necesitamos para el momento. Su caso fue útil y es un ejemplo excepcional de una fórmula de solución que se ajusta a nuestras posibilidades, pero que también asumimos que no se puede hacer en todas partes. Es esta idea de en el Eixample no. Dotémonos de un símbolo que genere la protesta suficiente para que se escuche una queja que ya no es solo de los pobres sino de una clase media con sueldos bajos que no le permiten vivir en la ciudad en la que trabajan.
Tuvo éxito.
Sí […] Me parece muy significativo que esta protesta la viviéramos como propia gente como yo. Si las ciudades tienen que ser un baluarte democrático frente a la regresión que vivimos esto pasa fundamentalmente porque los problemas que son propios de la ciudad sean abordados en términos democráticos. Si la exclusión de la vivienda se convierte en normal en la clase media, esta sentirá que el sistema no responde a sus demandas básicas. Por lo tanto, la lucha por la vivienda es una lucha por el futuro de la democracia que se produce en las ciudades.
¿Es la batalla de Barcelona?
Es la principal.
¿Las administraciones son lo suficientemente sensibles en este sentido?
Es un problema muy difícil de resolver, pero los políticos deben tomar conciencia de que, si no lo afrontan, pierden. Tienen todos los incentivos del mundo y diría que tanto el alcalde como el presidente de la Generalitat saben que, si la ciudadanía no percibe que esto ha comenzado a cambiar, serán fuertemente penalizados electoralmente. Aunque sea solo por un cálculo electoral, ya me parece una buena noticia. Instalarse en el pesimismo sobre la incapacidad de la política para resolver los problemas nos aboca a la antipolítica y eso es un desastre.
Es optimista.
No nos podemos permitir ser pesimistas y menos ahora. Si no hay una alianza democrática, el sistema se va al garete. El nuevo alcalde de Nueva York no habría ganado si no hubiera tenido un discurso claro sobre la vivienda…
¿Barcelona sigue siendo de los barceloneses?
Ha dejado de serlo en parte. Esto ha pasado en Barcelona y en otras ciudades donde el neoliberalismo extrae rentas en la inversión de los fondos a través del capital inmobiliario. No es fácil de revertir, pero si la ciudad deja de ser de los barceloneses, dejaría de ser Barcelona. Y esto a nadie le interesa que pase.


