Barcelona, otoño de 1975. La delicada salud de Franco hace tiempo que es vox populi. El Estado se encamina a un cambio de etapa obligado y las ansias de apertura después de casi cuatro décadas de franquismo se palpan en el ambiente. La muerte del dictador -oficialmente- el 20 de noviembre de ese mismo año marcará también el punto de partida honorífico de una verdadera marea contracultural que negará los límites de la censura hasta entonces impuesta por el régimen. Es el inicio de lo conocido como el destape. En la capital catalana, podríamos situar el centro de este seísmo cultural en la avenida del Paral·lel, concretamente en El Molino. Sus veladas prácticamente legendarias abandonaban la clandestinidad y se abrían a una ciudad que las abrazaba como símbolo de modernidad y de ruptura con la dictadura. Muchas personas pasaron aquellos años por las butacas del teatro barcelonés, pero pocas tuvieron el privilegio de ver qué pasaba entre bastidores. Una de ellas fue Jose Gonzalvo (Barcelona, 1949).
Este fotógrafo aficionado de 76 años retrató durante más de una década la noche barcelonesa siendo un testigo de primera mano de esta liberación sexual de la Transición y los inicios democráticos. Él acudía por encargo a salas como El Molino y discotecas como la Babieca (calle de València, 72), la Georgia (calle de Pelai, 58) o Las Vegas (calle d’Aribau, 230) armado normalmente con dos cuerpos de cámara y un objetivo. Accedía a los camerinos, hacía unas cuantas fotos del espectáculo y volvía a su casa, en el barrio del Camp del Clot de l’Arpa. Este acceso privilegiado entre bastidores le permitió conocer este mundo desde dentro, haciendo amistad con personajes de la noche y la farándula y compartiendo espacio con celebridades de la época como los artistas Amparo Moreno, Rudy Ventura y Johnson; el mago Selvin o los humoristas Manolito Royo y Eugenio, a quien fotografió en una actuación con su esposa, Conchita, en el Pub Km 0 en 1978. Sus imágenes se publicaban después en diarios como Mundo Diario o El Noticiero Universal.

Contable de día, fotógrafo de noche
El TOT Barcelona se encuentra con Gonzalvo en el bar del Centro Cultural La Farinera del Clot, casualmente el mismo lugar donde tres décadas atrás se casó con su esposa. Ahora ya no vive exactamente en el mismo barrio, pero sí que continúa residiendo en este límite administrativo entre los distritos de Sant Martí y Sant Andreu. Antes de instalarse en el cuadrante norte de la ciudad, había vivido con su familia en el corazón del Eixample. Su padre trabajaba en el mercado del Born cargando cajas y le ofrecieron encargarse de la portería del número 76 de la calle de Balmes. Estuvo allí 22 años y toda la familia vivió durante ese tiempo en la misma finca, en el piso reservado para el portero. «Todavía recuerdo ir a cambiar cromos en la esquina de Balmes con Aragó y cuando pasaba el tren por delante de casa. Mi madre siempre decía que si no lo veía pasar lloraba», apunta. Cuando el padre se jubiló en 1972, se trasladaron al Camp de l’Arpa del Clot, a un piso de la calle de la Muntanya. «Allí en el centro de Barcelona ya no se podía estar. Esto era como un pueblo, nos conocíamos todos, pero ahora ya no lo es tanto», reflexiona.

La afición por las cámaras le viene de su hermano mayor, que tenía montado un laboratorio fotográfico en el domicilio familiar. «Teníamos la ampliadora -máquina que se utiliza para hacer una impresión en grande de un negativo- en el lavabo de casa… Me gustaba mucho, yo iba a revelar los negativos y hacía el positivo», explica. La muerte del dictador lo tomó en plena veintena. Entonces ya trabajaba en la empresa de papel donde pasaría toda su vida laboral, primero como contable y después como informático. Iba a la oficina de ocho de la mañana a seis de la tarde. Llegaba a casa, descansaba unas horas y cenaba tarde. Pasadas las doce, salía de casa con su equipo fotográfico y ponía rumbo a la sala o el club que el diario de turno le había encargado. «Era una forma de publicidad encubierta. Así las discotecas podían anunciarse cada día», reconoce. La gran mayoría de los locales tenían entonces algún tipo de espectáculo programado. Era la forma que tenían los responsables para conseguir una licencia que les permitía abrir unas cuantas horas más.

Si todas las discotecas y salas tenían espectáculo, con la caída de la censura franquista, las vedettes y las picardías se hicieron las grandes protagonistas de estas actuaciones. «Sin destape no había mundo de la noche«, afirma Gonzalvo. Para el fotógrafo, estas veladas fueron el descubrimiento de un universo nuevo. «Los de mi edad no habíamos visto nada semejante hasta entonces. Era todo diferente y fue una ruptura importante», rememora. A pesar de pasarse más de una década retratando esta vida nocturna barcelonesa, nunca fue un gran consumidor de este tipo de ocio. «Creo que nunca he pagado por ir a una discoteca. Era un hobby, pero yo iba a trabajar», remarca. El dinero, sin embargo, tampoco era lo más importante. «Lo hacía porque me gustaba, no para ganar mucho. Si no perdía, ya me estaba bien», apunta. Estas escapadas nocturnas se alargaron hasta 1986. Un episodio en el trabajo -que ya ha quedado como anécdota- lo acabó convenciendo de dejarlo. «Un compañero me tiró una grapadora y me desperté de golpe. Me había dormido y pensé que esto no podía ser, que no podía continuar así», recuerda.

Una vida de imágenes en el bolsillo
A pesar de alejarse de la noche, Gonzalvo continuó ligado al mundo de la imagen. Lo hizo como uno de los fundadores de la Televisión del Clot, fundada en 1982 por la Asociación de Amigos de la Radio y la Televisión del Clot y absorbida a principios de los noventa por Barcelona Televisió (betevé). Con los años, el fotógrafo cambió sus inseparables cámaras -una Yashica y una Pentax- primero por una Canon, que le regalaron cuando se jubiló en 2008, y luego directamente por su teléfono móvil. Si antes tenía que guardar los negativos en cajas, ahora tiene acceso a buena parte de sus instantáneas en su bolsillo. No echa de menos las cámaras. «La verdad es que no. Pesaban mucho y el móvil no se me queda corto. Algunas fotos incluso quedan mejor así», asegura. Pone como ejemplo la visita que hizo el pasado octubre a la estación fantasma de Correus, ubicada entre las de Jaume I y Barceloneta de la actual línea L4 y abierta por primera vez en 53 años. «Con la cámara me habrían quedado muy oscuras y con el móvil eso no pasa», dice.
Su nueva obsesión es con el Google Maps, plataforma a la que ya ha contribuido compartiendo más de 36.000 imágenes. Sus instantáneas acumulan 617 millones de visitas de otros usuarios. El próximo reto es alcanzar el millar de vídeos subidos. «Tengo 600 y pocos… No le veo mucha gracia, pero veremos», confiesa. También actualiza periódicamente su perfil en la red social Flickr y comparte algunos vídeos en YouTube. Sobre el contenido de sus fotos, señala que sobre todo retrata tiendas y comercios, pero también paisajes. Preguntado por la última imagen que ha hecho, dibuja una sonrisa y muestra en la pantalla de su móvil la fachada principal de la Farinera del Clot, que ha capturado justo antes de nuestro encuentro. Un fotógrafo nunca deja de ser un fotógrafo.


