El secreto se había mantenido hasta el pasado verano. Las obras de ampliación de la red de agua freática que se estaban realizando en la calle del Consell de Cent, entre el paseo de Sant Joan y la calle de la Independència, hicieron aflorar unas escaleras que se adentraban en el subsuelo a la altura de esta última vía. La estructura era de piedra y estaba flanqueada por paredes de ladrillo de color terroso. Los primeros indicios ya indicaban que se trataba de un refugio antiaéreo de la Guerra Civil, de modo que el Servicio de Arqueología de Barcelona y la empresa Global Mediterránea-Geomática tomaron las riendas de la intervención para terminar de excavar en este lugar, ubicado frente al número 605 de la calle del Consell de Cent. El resultado fue el descubrimiento de una de las entradas al recinto subterráneo, que se encontraba en un aparente gran estado de conservación. Los buenos presagios de estas primeras inspecciones de los arqueólogos toparon con un obstáculo que no esperaban: la galería principal del búnker había sido totalmente cortada.

Según ha podido saber el TOT Barcelona, solo se conserva del refugio un tramo muy pequeño -que incluye el acceso por las escaleras- porque el resto se destruyó con la construcción del aparcamiento de la finca que se erige en los números 605 y 607 de la misma calle. Se trata de un bloque de pisos de ocho plantas construido en los ochenta que tiene un garaje con casi una treintena de plazas, algunas de las cuales ocupan el trazado del antiguo búnker. Lo más probable es que los operarios destruyeran el espacio durante las obras para edificar el inmueble, sin dejar constancia de esta destrucción patrimonial. De hecho, el hallazgo de la entrada ya fue toda una sorpresa para los vecinos y comerciantes del barrio, que desconocían que en este lugar había habido un refugio antiaéreo. Basándonos en los documentos de Defensa Pasiva recopilados por el Archivo Municipal Contemporáneo de Barcelona (AMCB), su ubicación encaja con dos que hasta ahora nunca habían sido localizados: el 313 (en algunos documentos aparece referenciado como 331) y el 445. De estos solo se tenía constancia gracias al listado de recintos antiaéreos que data del 16 de julio de 1938 y que fue publicado en el Atlas de los Refugios de la Guerra Civil española en Barcelona.

Teniendo en cuenta que las escaleras avanzan en dirección a la calle de la Independència y que el búnker tenía hasta tres accesos revestidos, la opción más plausible es que se tratara del número 313. Se trataba de un espacio subterráneo en forma de galería que se extendía bajo la calle de la Independència, entre las calles del Consell de Cent y de Aragón. El búnker tenía una capacidad para 720 personas, había sido financiado con subvenciones públicas y contaba con tres bocas revestidas y con escalones. Presentaba una longitud de 200 metros lineales, revestidos en 135 metros a una profundidad de 10 metros, y tenía un ancho de galería de 1,50 metro y una altura de 2 metros, ocupando una superficie total de 300 metros cuadrados. Que este tramo localizado esté cortado abruptamente por el aparcamiento hace que no se considere viable su apertura al público y que no tenga «interés para ser visitable», según apuntan desde el Instituto de Cultura de Barcelona (ICUB). No obstante, esto no descarta que, si en un futuro se encuentra alguna de las otras dos entradas del refugio, se pueda acceder a un tramo más bien conservado que sí se pueda habilitar. En todo caso, después de un estudio a fondo del yacimiento, se ha optado por tapiar las escaleras, haciendo un pozo de registro para poder acceder «exclusivamente por razones técnicas».

Recorrido por los 17 metros de galería
Las tareas de los arqueólogos comenzaron con el avistamiento del primer tramo de escaleras. Según figura en el informe de la intervención al que ha tenido acceso este medio, se vació de tierra y escombros el hueco hasta que apareció claramente una escalinata flanqueada por dos muros de ladrillo y mortero de cal y acabada con una bóveda de cañón. Había siete peldaños hasta llegar a un primer rellano y catorce hasta llegar a un segundo, donde los técnicos toparon con un muro de tapia que sellaba la galería. Se apuntaló la zona para comprobar si el búnker tenía continuidad más allá. Las pruebas resultaron positivas, de modo que se derribó la estructura para poder continuar con el recorrido.

Una vez vacío de escombros el espacio, apareció a partir del segundo rellano un segmento de galería que avanzaba en dirección norte serpenteando, una estrategia que pretendía minimizar el efecto de las ondas expansivas y de la proyección de metralla. Las paredes tenían un revestimiento de mortero de cal y contaban con barandillas de hierro a ambos lados. Seis peldaños más comunicaban con un pasillo recto con las paredes también revestidas de ladrillo y mortero. En el techo, aún se podían ver las marcas de pico que dejaron sobre la roca sus constructores. Este tramo de galería daba a un segundo muro de tapia. A diferencia del primero, este estaba construido con ladrillos y cemento contemporáneos.

Tras diferentes comprobaciones, se pudo determinar que este tapiado coincidía con el límite del edificio erigido justo por encima de este tramo del refugio. Las indagaciones de los arqueólogos y el testimonio de algunos de los vecinos veteranos del inmueble en cuestión confirmaron que durante los trabajos de construcción del aparcamiento se encontró y cortó el búnker. En total, el tramo localizado y que avanza haciendo zigzag hasta el garaje son más de 17 metros de recorrido que salvan un desnivel de seis metros.

Durante la intervención, se encontraron pocos objetos cerámicos, pero muchos metálicos, como varias latas de conservas que habrían consumido las personas que se refugiaron durante los diferentes episodios de bombardeos que sufrió la ciudad. También aparecieron un casquillo de rifle y una granada de fragmentación que no detonó, pero que por dentro estaba vacía.

Demoliciones en marcha y posible uso provisional de los solares
El desenlace de los trabajos arqueológicos ha desvanecido la posibilidad de integrar el búnker en el proyecto de reforma de la fachada norte de la plaza de las Glòries. Desde la Asociación de Vecinos del Clot se había planteado habilitar el refugio para hacerlo visitable para la ciudadanía, manteniendo un pedazo de la historia del barrio dentro del nuevo parque verde que se abrirá en la zona. Sin embargo, su estado hace descartar esta opción. No ocurre lo mismo con el búnker encontrado a escasos metros de la antigua estación de mercancías de la Sagrera, un espacio privado bastante singular que daba servicio a la infraestructura y que se encuentra en un gran estado de conservación. Volviendo al caso que nos ocupa, se da la circunstancia de que justo el pasado mes de noviembre comenzó la demolición de las tres manzanas de casas de la calle del Consell de Cent, entre Independència y Castillejos, que deben permitir ganar cerca de 26.400 metros cuadrados de zona verde. En total, hay afectadas unos ochenta edificios erigidos en torno a los antiguos Encants Vells, donde vivían medio centenar de familias que han tenido que ser realojadas o indemnizadas. La mayoría van a tierra y solo se conservarán cuatro enteras y dos más parcialmente.
Los años de impasse desde que se afectó oficialmente los inmuebles hasta el inicio de los trabajos han dejado los edificios con un aspecto decadente, como si el tiempo se hubiera detenido, contribuyendo a la degradación de la zona. De rebote, esto también ha supuesto que buena parte de los testimonios o descendientes que podían aportar luz a la historia del refugio descubierto hayan tenido que abandonar sus hogares o los locales y comercios que regentaban. Ahora, sin embargo, parece que las obras toman impulso y deberían culminarse antes del próximo mayo. El presupuesto total de los trabajos es de casi 2,3 millones de euros y antes de la demolición de cada una de las fincas se deberán haber retirado cerca de 444 metros cuadrados de fibrocemento repartidos en una superficie total de más de 10.400 metros cuadrados.

Desde la asociación vecinal celebran que las tareas ya estén en marcha, pero muestran una cierta preocupación por el momento también de impasse que habrá entre la finalización de las demoliciones y el inicio de las obras del parque. En el mejor de los casos, los trabajos arrancarían a finales de este mandato, dejando un buen puñado de meses como mínimo con los solares sin actividad. Con el objetivo de evitar que se puedan crear asentamientos de barracas como los que han proliferado en torno a la antigua estación de mercancías y en otros puntos de la Sagrera, la entidad se plantea la posibilidad de explorar con el Ayuntamiento un uso temporal para los espacios. Eso sí, siempre que este no implique ningún tipo de retraso en cuanto al calendario previsto. «La prioridad es que se haga el parque definitivo. Tampoco querríamos un uso provisional con mucha inversión que al final acabara alargando en el tiempo el proyecto final», subrayan.


