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La increíble historia de Ramsés II, el faraón que voló a París con pasaporte y honores de Estado

Parece un guion de Hollywood, pero es historia real y documentada. Imagínate la situación: uno de los gobernantes más poderosos de la antigüedad, el gran Ramsés II, volando en un avión militar hacia Europa con un documento de identidad oficial en el bolsillo (o mejor dicho, entre sus vendas). Sí, has leído bien. El faraón tuvo que «tramitar» su propio pasaporte casi tres milenios después de su muerte.

Este viaje insólito no fue un capricho turístico ni una excentricidad diplomática. Fue una operación de rescate de emergencia de una importancia científica crucial. Corría el año 1976 y el cuerpo de quien gobernó el Egipto del siglo XIII a.C. se estaba desintegrando a marchas forzadas en el Museo de El Cairo. ¿El motivo? Una invasión silenciosa de hongos que amenazaba con destruir para siempre una de las reliquias más valiosas de la humanidad.

La burocracia no perdona ni a los dioses egipcios

La decisión de trasladar a Ramsés II a París para recibir un tratamiento de choque fue inmediata, pero se topó con un muro inesperado: la implacable burocracia francesa. Las leyes de inmigración de la época eran muy claras y extremadamente rígidas. Cualquier persona que entrara en territorio francés, viva o muerta, debía portar un documento de identidad válido para evitar problemas legales.

Este trámite, que hoy nos parece casi una broma de mal gusto, tenía una explicación legal muy seria. En Egipto existía un temor real de que, una vez que la momia saliera del país, pudiera ser retenida o confiscada por reclamaciones legales en el extranjero. Con el pasaporte oficial, Ramsés II viajaba bajo la protección del estado egipcio como ciudadano pleno derecho, garantizando su regreso seguro a su tierra natal.

Recibida con honores de Estado en el aeropuerto de París

El 26 de septiembre de 1976, el avión de las fuerzas aéreas francesas que transportaba los restos del faraón aterrizó en el aeropuerto de Le Bourget, cerca de París. Lo que ocurrió en la pista de aterrizaje dejó a todos boquiabiertos. Ramsés II no fue recibido como una simple mercancía arqueológica o una pieza de museo.

El protocolo francés exigió que se le rindieran honores militares correspondientes a un jefe de Estado en visita oficial. Una alfombra roja, la guardia de honor militar y ministros del gobierno francés recibieron el féretro con la solemnidad que merecía el gran monarca de la dinastía XIX. (Sí, nosotros también habríamos querido ver la cara de los soldados presentando armas ante una caja de madera).

Este despliegue de respeto institucional no hacía más que subrayar la importancia histórica del personaje. Ramsés II no era un rey cualquiera; fue el gran constructor de templos como Abu Simbel y el gobernante que llevó a Egipto a una edad de oro militar y cultural. Su presencia en Europa era un evento histórico sin precedentes.

La batalla científica contra los hongos asesinos

Una vez superados los honores y la burocracia, comenzó el verdadero trabajo. La momia fue trasladada inmediatamente a un laboratorio especial del Museo del Hombre en París. Allí, un equipo multidisciplinario de científicos franceses y egipcios esperaba con impaciencia para examinar el cuerpo y encontrar el remedio a su degradación.

El análisis reveló que el cuerpo del faraón estaba sufriendo el ataque de más de ochenta tipos diferentes de hongos y bacterias. El aire húmedo y poco controlado del museo de El Cairo había creado el caldo de cultivo perfecto para estos microorganismos destructores. La momia se estaba pudriendo literalmente desde el interior, amenazando con deshacer el trabajo de momificación de hace 3.000 años.

Este tratamiento no solo salvó la momia de la destrucción, sino que permitió realizar un estudio anatómico detallado del faraón. Los resultados fueron fascinantes: se descubrió que Ramsés II medía aproximadamente 1,73 metros de altura (una altura considerable para la época), que era pelirrojo y que padecía una grave artritis que le debía causar terribles dolores durante sus últimos años de vida.

El regreso del rey a su hogar

Después de meses de tratamiento intensivo y de una restauración minuciosa, el faraón fue declarado oficialmente «curado». La operación de rescate había sido un éxito rotundo gracias a la colaboración internacional y a la ciencia más avanzada del momento.

En 1977, Ramsés II volvió a tomar un avión, esta vez de regreso a casa. Su regreso al Museo de El Cairo se hizo bajo unas condiciones de seguridad ambiental extremadamente estrictas para evitar que la historia se repitiera. Hoy en día, descansa en una vitrina especial con atmósfera controlada de nitrógeno, libre de cualquier amenaza biológica.

La historia de este viaje nos recuerda que, a veces, la realidad supera con creces la ficción. ¿Quién le habría dicho al autoproclamado «rey de reyes» que, miles de años después de su muerte, tendría que pedir permiso a una república europea para cruzar el cielo? Un capítulo dorado y divertido de la arqueología moderna que demuestra que ni los faraones se salvan de las leyes de los viajeros.

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