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Un equipo español descubre azúcar en el espacio interestelar: «Este ingrediente clave se sintetiza en nebulosas primigenias»

La receta para que tú y yo estemos hoy aquí necesitó un toque de dulzura muy concreto, pero los científicos llevaban décadas sin entender exactamente cómo se pudo cocinar en la Tierra primitiva. Hablamos de los azúcares esenciales que forman la columna vertebral del ADN y el ARN, un misterio que la química prebiótica tradicional no conseguía resolver porque en los laboratorios de simulación siempre aparecían en cantidades demasiado pequeñas. (Sí, nosotros también pensábamos que la respuesta se encontraba en el fondo de algún océano prehistórico).

La gran sorpresa es que la respuesta no estaba abajo, sino arriba, flotando en el vacío cósmico a miles de años luz de distancia. Un equipo internacional de astrofísicos coliderado por investigadores españoles ha encontrado la pieza que faltaba en este rompecabezas al detectar, por primera vez en la historia, este tipo de moléculas directamente en el medio interestelar.

La revelación que cambia nuestra historia cósmica

El hallazgo histórico se ha publicado este lunes en la prestigiosa revista Nature Astronomy. El equipo liderado por la astrofísica Izaskun Jiménez-Serra, investigadora del Centro de Astrobiología (CAB-CSIC-INTA), ha conseguido identificar eritriulosa en una nube molecular gigante situada cerca del centro de nuestra galaxia. Para lograrlo, han utilizado la potencia de los radiotelescopios del Observatorio de Yebes, en Guadalajara, y del Pico Veleta, en Granada.

La eritriulosa es un azúcar de estructura compleja que cuenta con cuatro átomos de carbono. Hasta ahora, se habían detectado otros azúcares como la ribosa o la glucosa en el interior de meteoritos y asteroides que ya habían caído, pero nunca se había conseguido cazar la molécula directamente en la cuna del universo, donde aún se están formando los sistemas solares. Esto demuestra que los ingredientes clave se sintetizan mucho antes de la creación de los propios planetas.

Este descubrimiento cambia completamente las reglas del juego de la astroquímica. Como explica el coautor del trabajo Carlos Briones, la presencia de este azúcar en el espacio abre la puerta a que también haya ribosa en estas mismas nubes interestelares. La ribosa es el pilar fundamental para la creación de nucleótidos y sustenta la teoría del Mundo ARN, la hipótesis principal sobre cómo comenzó la vida en nuestro planeta.

Lluvia de millones de toneladas de azúcar espacial

Descubrir el azúcar en el espacio es fascinante, pero ¿cómo llegó exactamente hasta nosotros cuando la Tierra era solo una roca incandescente? La hipótesis más sólida de los investigadores sugiere que estos azúcares quedaron atrapados y congelados en el interior de asteroides y cometas durante la formación del Sistema Solar. Después, viajaron como pasajeros clave hasta impactar contra la Tierra primitiva.

Los cálculos realizados por el equipo de Jiménez-Serra son absolutamente abrumadores. Se estima que la cantidad de eritriulosa que podría haber caído sobre la superficie terrestre se encuentra entre los 0,5 y los 50 millones de toneladas. (Imagínate el cielo de nuestro joven planeta lloviendo literalmente pequeños terrones de azúcar prebiótico listos para activar la biología).

Esta brutal inyección de materia orgánica tuvo lugar hace entre 4.100 y 3.800 millones de años, coincidiendo con el gran bombardeo tardío de meteoritos. Al caer en las famosas charcas o lagunas de agua templada de las que ya hablaba Charles Darwin, estos compuestos reaccionaron en un medio acuoso para dar lugar a estructuras mucho más complejas y activar el origen de las primeras moléculas con capacidad de replicarse.

¿Está la vida mucho más distribuida por el universo?

Más allá de explicar nuestro propio origen, este descubrimiento tiene un impacto directo en la búsqueda de vida extraterrestre. Si los ingredientes básicos de la biología se cocinan de manera natural y temprana en las nebulosas interestelares, significa que la receta de la vida se puede estar repartiendo por cualquier otro sistema solar en formación. El cosmos está lleno de planetas que podrían estar recibiendo exactamente la misma lluvia dulce.

Aun así, la comunidad científica pide prudencia a la hora de extrapolar los datos. Expertos como el bioquímico César Menor Salván recuerdan que, aunque se trata de un trabajo de referencia extraordinario y muy sólido, no resuelve completamente el misterio de cómo se pasó de estas moléculas sencillas al complejo tejido del ADN actual. Se trata de un paso adelante gigantesco, pero el camino de la investigación aún es largo.

Lo que ya nadie puede negar es que los ladrillos con los que estamos construidos no son exclusivos de nuestro rincón del mundo, sino que forman parte del tejido del mismo universo. Tras este hito histórico de la ciencia española, podemos comenzar a mirar el cielo nocturno sabiendo con certeza que el espacio exterior es, como mínimo, un poco más dulce de lo que pensábamos.

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