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Hawái: un árbol plantado en 1825 para alimentar es hoy una plaga que eliminan con drones e insectos

Un árbol plantado con la mejor de las intenciones en el año 1825 en Hawái, destinado a alimentar una población en crecimiento, se ha transformado dos siglos después en una auténtica pesadilla ecológica. Esta historia es una lección sobre cómo decisiones aparentemente inocentes pueden tener consecuencias devastadoras a largo plazo para un ecosistema. Lo que comenzó como una solución para abastecer de fruta a los ciudadanos, hoy representa una de las mayores amenazas para la biodiversidad local.

Pero lo más impactante es la solución radical que han tenido que idear para frenarlo.

Hablamos del guayabo de fresa (Psidium cattleyanum), una especie originaria de Brasil que llegó al archipiélago con la promesa de ser un recurso alimentario. Hoy, casi doscientos años después, esta planta se ha convertido en una de las especies invasoras más agresivas de Hawái, arrasando con la vegetación nativa y alterando por completo el paisaje. Se estima que el guayabo ya ocupa la increíble cifra de 475,000 hectáreas de sus valiosos bosques.

Cuando una solución se convierte en una amenaza

La capacidad de este árbol para expandirse es casi viral, ocupando espacios donde la vegetación autóctona antes reinaba. Esta invasión puede cambiar la composición del bosque de manera definitiva, desplazando plantas únicas de los ecosistemas hawaianos. La organización Plant Pono ya lo ha calificado como una de las invasoras más agresivas que deben combatir.

El verdadero desafío radica en la orografía del terreno. Muchas de las áreas afectadas se encuentran en zonas montañosas y bosques densos, donde el acceso con personal y equipamiento es prácticamente imposible. Intentar combatir el guayabo de fresa directamente sobre el terreno con los métodos tradicionales puede ser una tarea lenta y muy costosa (nuestro bolsillo se resentiría), con equipos que deben moverse por zonas sin caminos.

Por eso, la solución secreta que han aprobado las autoridades hawaianas no es un pesticida, sino un diminuto insecto: el Tectococcus ovatus. Esta especie, también originaria de Brasil, tiene una característica única e imprescindible: se alimenta exclusivamente del guayabo de fresa. Su introducción controlada en el año 2012 fue un paso revolucionario en esta guerra ecológica, ya que provoca la formación de pequeñas agallas en las hojas del árbol, frenando su crecimiento.

Drones e insectos: el combo definitivo

Pero la auténtica innovación llega del cielo. Los investigadores han desarrollado un sistema que permite lanzar desde drones pequeñas bolitas que contienen este agente de control biológico, el Tectococcus ovatus. Esta tecnología no solo acelera el proceso, sino que abre las puertas a zonas inaccesibles, transformando la manera en que se aborda una plaga de esta magnitud.

Los resultados preliminares son espectaculares. En un ensayo que cubrió 129 árboles, el método terrestre requería unos 12 minutos por ejemplar, mientras que el dron solo necesitaba 2,8 minutos. Esto es una reducción de tiempo de aproximadamente un 77%, un ahorro de recursos que cambia por completo la ecuación a la hora de tratar miles de hectáreas. (Sí, nosotros también estamos alucinando con la cifra).

Nuestra estrategia no busca eliminar cada árbol uno a uno, sino usar la propia naturaleza y sus depredadores para restaurar el equilibrio ecológico de la zona. Es la diferencia entre una intervención puntual y una solución que se proyecta a largo plazo.

Además de la velocidad, la precisión de los drones es un elemento clave. Sistemas como el Kūhualūlū, que pueden transportar hasta 54 unidades de lanzamiento, han demostrado una tasa de éxito del 71,6% en comparación con el 68% de los helicópteros. Pero donde realmente los drones destacan es en la puntería: la distancia máxima respecto al objetivo fue de solo 2,83 metros, mientras que un helicóptero podía desviarse hasta 8,24 metros.

Esta diferencia de precisión es vital cuando el objetivo es cubrir extensiones enormes de bosque. Los expertos estiman que para tratar las 475,000 hectáreas infestadas se necesitarían unos 4,750 lanzamientos. Hacerlo con helicópteros implicaría 92,5 horas de vuelo, una cifra descomunal que los drones pueden reducir drásticamente, haciendo la tarea viable y menos costosa.

El futuro de los bosques hawaianos

Esta batalla aérea en Hawái no es un caso aislado, sino un ejemplo perfecto de cómo la tecnología moderna se alía con la biología para combatir las consecuencias de los errores del pasado. La gestión de especies invasoras, un problema global que afecta la biodiversidad y la economía de muchos países (el nuestro incluido), encuentra en estas estrategias una esperanza real. Es la combinación definitiva de ingenio humano y respeto por la naturaleza.

Los resultados a largo plazo ya hablan por sí solos. En una zona de prueba, después de inocular una colonia de Tectococcus ovatus en 2017, el 23,1% de los árboles ya presentaban agallas en 2021. Tres años más tarde, en 2024, este porcentaje había alcanzado un impresionante 100% de todos los guayabos de fresa de la zona. Este éxito demuestra el potencial oculto del control biológico bien aplicado.

La urgencia de la situación es innegable. La proliferación de este árbol amenaza con destruir ecosistemas enteros y poner en grave peligro especies autóctonas que no se encuentran en ningún otro lugar del mundo. La implementación rápida y a gran escala de estas nuevas herramientas, combinando drones e insectos especializados, es imprescindible para detener la plaga antes de que sea demasiado tarde.

Entender cómo una buena intención puede acabar en un desastre ecológico, y cómo la ciencia y la tecnología ahora nos ofrecen herramientas para revertirlo, es una información que cambia la perspectiva. Ahora sabes que, incluso contra plagas casi bicentenarias, hay una solución, y que el cielo es el nuevo campo de batalla.

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