Durante más de un siglo, los arqueólogos se han hecho la misma pregunta frente a las misteriosas estelas guerreras del suroeste de la península ibérica. Estas imponentes losas de piedra, talladas con armas, escudos y figuras humanas, aparecían casi siempre de manera accidental. Eran como gigantes mudos en medio del campo, sin que nadie pudiera determinar su contexto arqueológico real.
¿Eran simples losas funerarias, monumentos sagrados o hitos para marcar territorios? (Sí, el debate científico ha estado encendido durante décadas y no había manera de ponerse de acuerdo). La falta de un yacimiento intacto hacía imposible resolver el enigma, hasta que un hallazgo casual en Cañaveral de León (Huelva) lo ha cambiado absolutamente todo.
El milagro arqueológico de Las Capellanías
El descubrimiento fortuito de una estela diademada en el año 2018 fue el motor de un ambicioso proyecto internacional. En esta investigación colaboran codo a codo las universidades de Sevilla, Huelva, Durham, Gotemburgo y Southampton. Entre los años 2022 y 2023, los equipos programaron varias campañas de excavación que han ofrecido unos resultados espectaculares, publicados recientemente en la prestigiosa revista científica Antiquity.
El yacimiento de Las Capellanías no ocultaba una, sino tres estelas grabadas. Y lo mejor de todo es que no estaban solas. En las inmediaciones se han encontrado 18 estructuras funerarias, un camino milenario y un relato de mestizaje cultural que se extiende durante más de 1.500 años. Los arqueólogos han conseguido excavar completamente ocho de estas estructuras, encontrando tres prácticamente intactas, mientras que el resto mostraba señales de haber sido saqueadas en el pasado.
La gran revelación del proyecto es que las tres estelas de Las Capellanías están alineadas de forma milimétrica con un antiguo camino que atraviesa el yacimiento. Este trazado coincide casi exactamente con el itinerario que el geógrafo Al-Idrisi describió en el siglo XII para conectar Sevilla y Badajoz.
La doble función: señales de tránsito y tumbas
Gracias a esta disposición, Las Capellanías resuelve un debate centenario. Las estelas ibéricas cumplían una doble función fundamental. Por un lado, marcaban claramente el lugar de las tumbas y, por otro, servían como hitos de señalización en las rutas de paso más transitadas de la Edad del Bronce y del Hierro. Eran auténticos carteles de piedra que guiaban a los viajeros y definían el control del territorio.
En el corazón de esta necrópolis, los investigadores han recuperado casi dos kilos y medio de huesos cremados. Estos restos pertenecen a un mínimo de 14 individuos. La mayoría de las tumbas eran individuales, pero algunas estructuras funcionaron de manera colectiva, llegando a alojar los cuerpos de hasta seis personas.
Los análisis químicos de isótopos de carbono han dejado a los científicos boquiabiertos (y aquí viene un dato fascinante que demuestra cómo estaba de conectado el mundo antiguo). Varios de los individuos enterrados en la sierra de Huelva mostraban una dieta con un consumo habitual de pescado marino, a pesar de que el mar más cercano se encuentra a más de 100 kilómetros de distancia.
Un catálogo de la primera globalización
La arquitectura de la necrópolis refleja una evolución técnica apasionante. Las tumbas más antiguas son cistas de la Edad del Bronce, consistentes en fosas rectangulares recubiertas con losas de pizarra. Las más recientes, de la Edad del Hierro, son pequeñas fosas rodeadas de lajas horizontales y cubiertas por un túmulo de piedras. Finalmente, un tercer grupo mezcla ambas técnicas en estructuras compuestas.
Pero el verdadero tesoro de este yacimiento se encuentra en sus ajuares funerarios. Entre las cenizas se ha localizado una urna de tipo «Cruz del Negro», una tipología cerámica hecha a torno que los fenicios introdujeron en la península en el siglo IX a. C.. Esta pieza convive directamente con vasijas hechas a mano de tradición local, conocidas como tipo Chardón, propias del Bronce Final.
La metalurgia recuperada confirma esta sorprendente hibridación cultural. Los arqueólogos han desenterrado un pendiente de plata, una fíbula de doble resorte y una hebilla de cinturón de clara tradición tartésica. En otra tumba se encontró un cuchillo de hierro de tipo falcata y un juego de cuidado personal hecho de bronce con un estilete y dos cuchillos decorados con finas incisiones. También se han recuperado cuentas de vidrio y un colgante de cornalina en forma de lágrima sin casi paralelos en toda la península.
Esta necrópolis no solo nos ayuda a entender por fin el misterio de las estelas de piedra, sino que nos demuestra que nuestros antepasados de la Edad del Bronce ya viajaban, comerciaban y compartían tradiciones a lo largo de rutas que continuaron activas durante milenios. ¿Quién nos habría dicho que aquellas piedras clavadas en la tierra eran, en realidad, las primeras señalizaciones de nuestras autopistas históricas?


